OTOÑO JAPONÉS: “Tokio Kazoku“ y “Soshite Chichi ni Naru“, por Francesc Mazón Camats

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Coinciden en cartel dos films japoneses: “Una familia de Tokio” y “De tal Padre, tal Hijo“, dos puntos de vista de un tema estrechamente vinculado a su ancestral cultura: la familia,  los lazos entre padres e hijos, la tradición y el progreso, lo viejo “Tokio Kazoku” de Yôji Yamada y lo nuevo “Soshite chichi ni Naru“ de Hirokazu Kore-eda.

Dos magníficos films, Espiga de Oro en Valladolid, el primero; Premio del Jurado en Cannes y del Público en Donostia, el segundo.

Vuelve a nuestras pantallas el cine de un país Japón, cuya industria fue durante casi todo el siglo XX, la más importante y poderosa  de Asia: Kurosawa, Mizoguchi y Ozu, fueron los primeros y únicos nombres que los cinéfilos  conocimos y admiramos. Kurosawa, el más popular, dinámico y cercano; Mizoguchi, refinado , exquisito narrador de un mundo fantástico quizás ya desvanecido y Yasujirô Ozu, magistral, el más humano y difícil en su majestuosa sencillez.

A partir de los años 80, llegaron otras cinematografías orientales: China, Corea del Sur, Taiwan o Honk-Kong que ocuparon su lugar, ahora ha vuelto Japón, aunque quizás, nunca se fue.

Yôji Yamada ( Osaka 1931 ), celebra sus 50 años como director, haciendo un Homenaje y una reflexión contemporánea al clásico “Tokio Monogatary” 1953  del maestro Ozu. Revisitar un clásico, consagrado por las diferentes encuestas cinéfilas mundiales, como una de las diez mejores películas de todos los tiempos, parece para el mundo occidental una osadía absurda, suicida, casi blasfema. Pero quizás, no es igual para el mundo oriental, donde el respeto a los antepasados, es el mayor homenaje.

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Yamada decide respetar al máximo la historia y contarla de nuevo, como haría un viejo narrador acercándola a el nuevo público, actualizando tan solo aquello que hoy no interesa y respetando la esencia, el alma de la historia: un matrimonio mayor decide visitar a sus hijos, que viven y trabajan (casi como esclavos) en Tokio. Estos no pueden  atenderlos como debieran y deciden colocarlos en un lujoso hotel de la ciudad, tan solo el menor Shuji (novedad de la actual versión, en la anterior había muerto en la guerra) y su novia Noriko (alma, aura en las dos versiones de la bondad y el sereno respeto a los mayores) actúan con el corazón, en realidad son dos jóvenes con trabajos precarios, dos posibles perdedores en un Japón actual en crisis profunda, de pisos minúsculos y atestados, de trabajos estresantes y vidas aparentemente vacías.

El director recoge el pesimismo de Ozu, que expresaba desde el misticismo Zen, su punto de vista sobre la deriva de su país en la posguerra nuclear, y la imposición de la cultura de los vencedores que suponía la perdida  de los lazos familiares y de las tradiciones. La serena tristeza de la nuera, viuda de guerra, era el único personaje en mantener su dignidad. Inolvidables Chishu Ryu (el Padre) y Setsuko Hara (Noriko, la nuera).

Dos secuencias magníficas de la actual versión, toda la que se desarrolla  en el hotel, especialmente el fragmento de los ancianos, sentados en el borde de la cama contemplando desde la ventana, la inmensa noria gigante y la reflexión del padre: “Te acuerdas cuando fuimos a ver en un cine de Hiroshima  aquella película titulada “El Tercer Hombre” y lo que decía desde lo alto de la noria su protagonista Orson Welles…”. Y el estupendo final, del funeral y la última comida familiar, en el tranquilo pueblecito al otro  lado de la bahía. Si con la versión de Ozu, yo estaba en el lugar de los hijos; ahora con la de Yamada, me siento ya en el melancólico lugar de los padres.

También de padres e hijos habla el film de Kore-eda (Tokio 1962). Estilísticamente  muy alejado del anterior, con una soberbia utilización de la luz, la planificación y la música (las variaciones de piano Goldberg sobre Bach, un piano que se convierte en el film en instrumento de sentimientos no expresados, y también de disciplina y tortura infantil). El director toma aquí una historia mil veces utilizada desde los clásicos hasta la actualidad, tanto en sus variantes dramáticas, como en las cómicas. De hecho el inicio me recordó poderosamente “La Vie est un long fleuve tranquille“ 1988 de Étienne Chatiliez, nada que ver.

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La anécdota de los recién nacidos cambiados en el hospital que crecerán en familias totalmente opuestas, es aquí solo el punto de partida de una historia mucho más profunda y dramática: la paternidad, los vínculos de aprendizaje, de convivencia y los de sangre; en el marco de un Japón, cada vez más dividido entre triunfadores sociales: el arquitecto protagonista que vive en un apartamento lujoso, con una sumisa  y anulada esposa. Padre y marido exigente y ausente que repite instintivamente el mismo modelo que recibió y que lo ha llevado a una negación de su capacidad para expresar y comunicar sus sentimientos.

Y al otro lado, el padre desmañado, electricista que trabaja y vive de su pequeña tienda, en un barrio modesto. Feliz y comunicativo padre de tres niños  que van a su aire. No hay aquí buenos o malos, culpables o víctimas, todos tienen sus razones, como en los films de Renoir. Incluso la teórica malvada del relato, la enfermera vengativa por su frustrada maternidad, tiene en una magnífica escena clave, hacia el final, la llave de su redención, cuando provoca inesperadamente en el protagonista, el click que abrirá la tempestad  intima de su mente y quizás su propia liberación. La manera como Kore-eda dirige a los niños, actores fantásticos en su naturalidad y también su complejidad. La sutilidad y el tempo  calmado para explicar los sentimientos callados, encuentran en dos magníficas secuencias  su mejor expresión: el picnic familiar en la orilla del rio y la conmovedora reacción de las dos madres y al final del film, el reencuentro entre padre e hijo en esos caminos que se bifurcan y se unen. Una maravilla de film, no se lo pierdan.

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NOTA: Las fotografías insertadas en este post son propiedad de sus autores.

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