CAMILLE CLAUDEL 1915: JULIETTE BINOCHE a la HOGUERA, por Francesc Mazón Camats

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Bruno Dumont escoge tres días en la vida de Camille Claudel, notoria escultora en la cincuentena, encerrada en un asilo psiquiátrico de Montdevergues cerca de Avignon por su familia (su madre). Lejos de Paris, de su fama, de su arte, de su vida bohemia y desordenada (discípula, modelo y amante de August Rodin) a causa del estallido de la guerra.

Encerrada, aislada por sus transtornos paranoicos, pero que en sus momentos de lucidez escribe a su familia, suplica a sus amigos, a sus médicos la dejen libre, le permitan volver a su estudio (según ella saqueado por emisarios de Rodin, a quien no ve desde hace veinte años). Solo tres días para mostrar al espectador (paciente) como el abandono, la soledad, el tedio y la nada van anulando la voluntad de esta mujer apasionada e inestable reduciéndola a una pasiva alienada de mirada perdida. Tan solo la anunciada visita de su hermano menor, el célebre poeta, dramaturgo y místico iluminado Paul Claudel le proporciona la esperanza de la posible libertad.

El ascético silencio del film, concede solo la palabra a estos dos ilustres extraviados (palabras recogidas de sus cartas y escritos) en la forma de cuatro o cinco monólogos, donde la belleza de la  forma presenta la terrible, insoportable verdad de su locura. Rodeados por el opresivo silencio, o los gritos, las risas de las pacientes- reclusas y las escasas y sigilosas voces de las monjas- cuidadoras (todas interpretadas por las propias pacientes, las enfermeras y los doctores del hospital  Saint-Rémy-de-Provence donde se rodó el film).

Film de un realismo extremo, una austeridad casi insoportable y prueba de fuego para una actriz superdotada, en la cima de sus recursos y su propio arte: Juliette Binoche. “La Binoche“ resiste sin ningún artificio, sin maquillaje, desmejorada, despojada de cualquier glamour, desde la primera secuencia donde la desnudez de su cuerpo, parece querer librarla para el resto del film de  falsas adherencias.

En primeros planos sostenidos, admiramos sus dos largos monólogos, donde un imperceptible travelling llegará a un close-up de su rostro casi desencajado, como una nueva Falconetti, en su particular martirio. A su alrededor sin dejarla nunca sola  el resto de pacientes nos parecen al principio figuras monstruosas y terribles, salidas de las pinturas negras de Goya (inspiradas según el director en los primitivos maestros flamencos) para lentamente humanizarse y ofrecernos la más cercana a Camille, una sonrisa profundamente humana.

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Dos ascensiones puntúan estos duros, poco accesibles viacrucis: el de Camille-Binoche junto a un pequeño, oscuro grupo de enfermas y monjas que conduce a la cumbre de una colina, desde donde contempla un paisaje hermoso y desolado. Donde ruge el Mistral y la soledad.

El otro de Paul Claudel (magnífico Jean-Luc Vicent, en su primer papel en el cine) donde acompañado por un monje de sonrisa permanente y beatífica, entre el budismo y la idiocia, siguen el pedregoso camino hacia un pequeño promontorio. Allí el discurso cada vez más exaltado del primero lo llevará a una revelación mística, frente las torres del monasterio, acompañados por el vuelo incesante de un moscardón.

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Algunas rupturas de tono relajan esta opresiva atmósfera, la cómica secuencia del ensayo de una obra de teatro “Don Juan” por enfermos desmemoriados  o la muy extraña secuencia del poeta escribiendo en su celda monástica, el torso desnudo (por lo visto Claudel acostumbraba a escribir así o bien totalmente desnudo) ejercitando un ritual onanista con sus músculos. Mi preferida es la maravillosa primera aparición del poeta, en un paisaje solitario, al anochecer, donde pronuncia de rodillas, su primera invocación, una secuencia casi mágica.

El plano final de Juliette- Claudel, sentada  de nuevo al tibio sol contemplando un paisaje que ya no veremos, nos lleva a una especie de disolución, de abandono en el vacío. Camille Claudel nunca saldrá de esta cárcel-sanatorio, donde morirá treinta años después y será enterrada en una anónima fosa común.

Los caminos de Dreyer y Bresson son insondables, como el silencio de Dios de Bergman. Es un film difícil pero fascinante y la mejor interpretación de una actriz única por su capacidad de riesgo.

Anímense solo dura 93 minutos.

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NOTA: Las fotografías insertadas en este post son propiedad de sus autores.

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