LOS LIMONEROS (Dir. Eran Riklis), por Yolanda Aguas

LOS LIMONEROS, película que obtuvo el Premio del Público en la Berlinale de 2008, y que pudimos ver en la sección PERLAS – de otros festivales-  en la edición de ese mismo año del Festival de Cine de San Sebastián, es una clara muestra de cine político.

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Cine político que es al mismo tiempo un reflejo simbólico y realista, una metáfora sobre las barreras que lamentablemente seguimos levantando los seres humanos.  El drama universal de la intolerancia está reflejado aquí con una sencillez fluida, pero captando la atención del espectador que se identifica con la protagonista, una mujer valiente.   Es un film que encuentra inteligentes puntos de reflexión sobre un conflicto sobre el que parecía que se había escrito y filmado todo.   Como casi siempre, lo más importante y lo mejor surge de lo más profundo y auténtico.

El director de la película, ERAN RIKLIS, realizador israelí aunque educado en Estados Unidos, es autor de películas como “Final de copa” (1993), “Tentación” (2002) y la premiada “La novia siria” (2004).

La protagonista de esta película, Salma Zidane (una extraordinaria Hiam Abbass), es una viuda de unos cuarenta y cinco años residente en un pequeño pueblo palestino de Cisjordania.  Es propietaria de un campo de limoneros, y de pronto ve como el ministro de Defensa israelí se ha hecho construir una casa en la línea de demarcación que divide Israel de los territorios ocupados.  La propiedad del ministro bordea el único patrimonio y herencia de su familia de la mujer palestina: una parcela de limoneros.  El ejército israelí no tarda en declarar que los árboles ponen en peligro la seguridad del ministro y su familia y ordena que sean arrancados.

El hijo de Salma – que vive en Estados Unidos – y sus hijas están lejos, pero la viuda decida luchar por sus árboles.  De este modo emprende una guerra legal que la llevará hasta el Tribunal Supremo de Israel.  Contrata a un joven abogado palestino (Ali Suliman), que ha de desafiar a un auténtico ejército de abogados militares que cuentan además con el apoyo del Gobierno.   El letrado Ziad, de unos treinta y cuatro años, divorciado de una mujer rusa a la que conoció mientras estudiaba Derecho en Moscú, se enamora de Salma.   Sin embargo, su relación es complicada y peligrosa porque las viudas palestinas no pueden hacer lo que quieren, ni enamorarse, y menos aún de un hombre más joven que ellas.

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Dispuesta a seguir adelante en su propósito de salvar sus limoneros, y llena de coraje a pesar de las presiones que soporta de ambos lados –el israelí y el palestino -, se empeña en salvar los árboles que su padre plantó hace cincuenta años y que representan mucho más que una propiedad, son el símbolo de un dolor de generaciones y la propia dignidad de todo un pueblo.

En el otro lado del campo de limoneros, se encuentra Mira Navon (fantástica y correcta en su interpretación, Rona Lipaz-Michael) la esposa del ministro, que experimenta un despertar con ese conflicto.  Es la esposa perfecta de un político en ascenso, pero infeliz en su nueva, moderna y custodiada casa.  Es una mujer que se siente vacía y sola, que descubre con horror con el hombre con quién está casada.

Los limoneros constituyen la metáfora de dos pueblos y son el detonante de este drama compuesto de seres humanos con sus sufrimientos y sueños cotidianos, en una absurda confrontación.  Las dos mujeres, diferentes y parecidas al mismo tiempo, aunque nunca llegan a hablar entre ellas, parecen unidas en silencio y la comprensión de una misma causa.

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La película está realizada con un gusto exquisito, con hermosos planos (como al inicio cuando la mujer palestina corta enérgica y delicadamente –al mismo tiempo- los limones), o cuando pasea entre sus limoneros.  El director dirige su mirada con igual afecto y sentido crítico a ambos bandos, dejando que sea el propio espectador quien  se identifique o no con la historia que plantea.

Pero de justicia es reconocer que la grandeza de esta película radica en la interpretación y presencia de una actriz en estado de gracia, HIAM ABBASS, que otorga luminosidad al personaje que interpreta, Salma (la mujer palestina propietaria de los limoneros), que llena de serenidad y belleza toda la pantalla.

Ella es la encarnación de la naturaleza, de la dignidad de una mujer, de un pueblo, de unos limoneros que deben permanecer en alto como la dignidad que merece todo ser humano honrado.

Una película grandiosa en su aparente sencillez.

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NOTA:  Las fotografías insertadas en este post son propiedad de sus autores.

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