ANA MARÍA VIDAL (Entrevista), por Yolanda Aguas

ANA MARÍA VIDAL, su nombre brilla con luz propia en las mejores páginas de la escena española y en la memoria de los verdaderos aficionados al teatro. 

Su clase y su talento la sitúan en los primeros puestos de la más importante generación de actores de nuestro país.   Poseedora de una bellísima y poderosa voz que sabe proyectar como muy pocas actrices europeas. 

Estos días tenemos la fortuna de tenerla entre nosotros en Zaragoza, y en CineT Farö cumplimos el anhelado sueño de conversar con ella.

Una estrella del teatro que no presume de serlo, y una mujer -una señora – que nos ha conquistado por su sencillez y amabilidad.

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Visitas de nuevo Zaragoza, para representar la obra de Miguel Mihura “Maribel y la extraña familia”.  Él decía: “mi teatro soy yo y una mujer enfrente…”

Sí… (ríe), eso lo he dicho en la rueda de prensa de esta mañana en el Teatro Principal.  Miguel Mihura era un apasionado de la mujer.  Por eso, casi todos los personajes femeninos de sus obras son maravillosos, mucho mejor que los masculinos.

Era un apasionado del sexo femenino, era un loco, se enamoraba de todo el mundo, se enamoraba de todas…  Yo no lo llegué a conocer personalmente, pero he oído muchas anécdotas de él, algunas son impresionantes (sonríe).  Cuando tenía alguna amiga se la llevaba a su casa y como la quería conquistar había ideado un artilugio que cuando la chica ya se quería ir después de tomar una copa con él, Miguel le decía “pero no te vayas, mira la ventana, mira cómo llueve…” y él con una regadera y un cordoncito del que tiraba caía agua… (reímos), “cómo vas a salir, mira cómo está lloviendo…”.  Era algo impresionante en ese aspecto.  Me han contado cosas de él fantásticas.

José María Forqué dirigió en 1960 la película “Maribel y la extraña familia” protagonizada por Adolfo Marsillach, Silvia Pinal, Julia Caba Alba y Guadalupe Muñoz Sampedro.  ¿Vieron la película antes de llegar a los ensayos con Gerardo Vera?

No…, no era necesario.  Gerardo es un director fabuloso, todo lo que está haciendo está teniendo un éxito unánime de crítica y público.

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En las fotografías, Rafael Campos (Director del Teatro Principal de Zaragoza), Ana María Vidal y Lucía Quintana.

José Bódalo, Amelia de la Torre, José Maria Prada, Luisa Sala, Juan Diego, Antonio Iranzo, Joaquín Pamplona, José María Escuer, José Mª Caffarell, Mayrata O´Wisiedo, Tina Sainz, Alicia Hermida, Mercedes Alonso, Enriqueta Caballeira, Tomás Blanco, Jaime Blanch, Maite Blasco, Mary González, Carmen Bernardos… Me gustaría nombrarlos a todos…

Ana María ¿Qué sientes al formar parte de esas generaciones de actores tan importantes de la escena española?

¡No sabes qué maravilla fue¡ porque era un trabajo tan en equipo, tan maravilloso… Todos nos ayudábamos a todos.  Eran unos actores tan espléndidos…  Has nombrado a gente que unos eran más jóvenes que yo, otros mayores (yo comencé con 12 años y oficialmente con 16).  Yo los miraba como si fueran muy mayores y la mayoría sólo tenían 30 años.  ¡Aprendí tanto de todos ellos¡

Yo me quedaba en el escenario, viendo las funciones y absorbiendo cada gesto, cada movimiento, cada  palabra… sinceramente aquellos actores eran extraordinarios.  Ahora no los veo tanto, los hay…naturalmente, pero no son la mayoría como lo eran entonces.

Hay actores jóvenes muy preparados, considero que lo están en cuanto a estudios, porque tienen más oportunidades de las que tuvimos nosotros, eso es indudable.

Cuando yo comencé, fui a la Escuela de Arte Dramático de Madrid, y de los grandes actores que has nombrado, no todos pudieron formarse allí.  Eran grandes porque para esto hay que nacer…   Estoy encantada de haber pasado por la Escuela porque allí me enseñaron a proyectar la voz, a modular, a tener una dicción clara, todo esto se lo debo a la Escuela.  Los jóvenes de ahora van a muchas escuelas, aprenden a cantar y bailar (y eso nosotros no pudimos hacerlo).  Yo les admiro porque están más preparados en ese aspecto, pero encuentro que no tienen conocimientos del trabajo que realizamos nosotros, y creo que ver trabajar a José Bódalo, por ejemplo, es una forma de aprendizaje muy importante.

Fuiste pionera en las producciones dramáticas de TVE.  Hace pocas semanas tuvimos el inmenso placer de verte en un capítulo de “Los misterios de Laura”

Ah… sí ¡qué horror, qué mayor me vi¡  (se ríe)

¿Horror? Ana María, pero sí estás espléndida, no digas eso…

Yo no tengo problema en decir que tengo 70 años, si dijera que tengo 55 ó 60 sería absurdo, pero el paso del tiempo lo llevo fatal (vuelve a reír).  Es porque cuando te vas haciendo mayor, y esto lo suelo comentar con mis amigas y compañeras, cuando piensas en ti cuando seas mayor no te ves con la imagen que tienes ahora, te ves con la imagen anterior.  Yo me miro al espejo y me digo “pero esta señora ¿quién es?” (ríe).  Me cuesta verme así, por eso cuando me vi en el capítulo de “Los misterios de Laura” me costaba reconocerme…

Tampoco me gustaba verme en mis trabajos de los años 60 y 70, casi nunca me podía ver.  Ahora me apena porque hice papeles maravillosos en televisión que quizá no me hubiera dado tiempo hacerlos en teatro.  “La Alondra”, “La herida del tiempo”… todas las obras de esos autores de los que hablábamos esta mañana cuando nos hemos conocido, Yolanda, y que fueron con los que tu generación y también la mía aprendimos literatura y teatro.  Los mejores de los mejores: Chejov, Pirandello, Buero Vallejo, Dostoievski, Gorki…

Alguna vez quizás, cuando ya se grababan los Estudio 1 y las Novelas, (yo comencé haciéndolos en directo en el Paseo de la Habana), y se podían ver antes de emitirlos, nunca me gustaba verme porque me encontraba todos los defectos del  mundo.

Ana María, puede que si las actrices y los actores supieran que al público nos gusta ver el paso del tiempo en sus rostros, esos rostros que tanto amamos, no se harían esas horribles cirugías…   Geraldine Chaplin presume de recibir los papeles de anciana que otras actrices de su generación no pueden hacer… (reímos)

Por eso yo nunca lo hice, no critico a quien lo hace, eso lo respeto.  Lo que ocurre es que son caras como de espanto, se pierde por completo la expresión.

¿Qué diferencias hay en la forma de trabajar de los años 60’s y 70’s con el método de trabajo actual en televisión?

Trabajar en “Los misterios de Laura” ha sido muy agradable.  El equipo de rodaje fue excelente y la serie está muy cuidada.  Me gustó mucho trabajar en ese capítulo, por supuesto…  Son tan profesionales como lo éramos hace años, la única diferencia son los avances técnicos, que son indudables.  Me ha encantado trabajar con ellos.

Con tu importante trayectoria teatral, ¿ha quedado en el camino algún personaje sin que lo hayas podido interpretar y que fuera especialmente anhelado por ti?

Sinceramente no.  He tenido la fortuna de interpretar grandes personajes, espléndidos e incluso los que inicialmente no me gustaban tanto, poco a poco les iba cogiendo cariño.  Todos tienen algo, todos tienen un jugo especial.  Nunca he pensado “yo desearía hacer esto, o me hubiera gustado hacer Doña Inés del Tenorio”… no, en su momento hice el personaje de Lucía y también me hizo feliz.

¿Con qué autor de teatro te identificas más? ¿Quién es tu preferido?

He tenido la suerte de interpretar muchísimos de los que me llegan.  Me enloquecen Miguel Mihura y Jardiel Poncela porque fueron unos revolucionarios en su época.  Al mismo tiempo, interpreté también a José María Pemán, y admiro mucho – aunque sean muy distintos – a Buero Vallejo y López Rubio.

En este momento de la entrevista llegan junto a nosotros los actores Sonsoles Benedicto y Antonio Medina que nos saludan.  Ana María les abraza y muy amablemente acceden a que les haga una fotografía para ilustrar esta entrevista.  Sonsoles Benedicto comparte cartel con Ana María en “Maribel y la extraña familia”.

Disculpa…, es que Sonsoles, Antonio y yo somos como hermanos…

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En la fotografía, Ana María Vidal, Antonio Medina y Sonsoles Benedicto.

¿Cómo fueron los inicios de aquella joven actriz que soñaba con triunfar?

Fue curioso, yo estaba estudiando en la Escuela de Arte Dramático, tenía 12 años y me colaron. Se necesitaba tener 16 años para poder entrar, de modo que mi padre buscó un enchufe con el director y logré ser alumna antes de tiempo.  Nadie me hacía caso, yo estaba sentada en la primera fila, con mis calcetines… (se ríe) y los profesores no me sacaban nunca al escenario, nunca. Terminaba la clase de declamación y yo me iba llorando. Fue entonces cuando me dije “yo tengo que hacer algo”.  Pasó un trimestre y no había subido al escenario ni una sola vez.  Yo me di cuenta de algo que luego utilicé para logar que me tuvieran en cuenta.

A todos los alumnos nos daban un texto, las mujeres éramos las protagonistas y los chicos nos daban la réplica y al revés.  Yo me aprendí las escenas de todos, y así cuando alguien no estaba, si por algún motivo no estaba en clase, yo me levantaba y decía “yo me lo sé” (ríe) y así lo conseguí.  Tuve que hacer eso en primero y segundo curso, y luego me convertí en la favorita de la profesora.  Y al final, y me da vergüenza decirlo, gané un premio maravilloso, que lo han quitado y no sé por qué.  Se daba a los alumnos que habían tenido matrícula de honor los tres cursos en declamación.  En realidad, era un examen. Y el Jurado que evaluaba el examen, era un director, un primer actor y un autor.   En mi caso, el primer actor era Ángel Picazo, con el que fui pareja artística montones de veces, el autor era Ruiz Iriarte, y el director era José Luis Alonso.

José Luis me vio allí, al darme ese premio, justo entonces iba a montar “Los años de bachillerato”.

José Luis Alonso te dirigió por primera vez en “Los años de bachillerato”, junto a Alicia Hermida y Tina Sainz (que también debutaba).   ¿Qué poso quedó, en tu formación como actriz, tras la experiencia de trabajar con uno de los grandes maestros de nuestra escena?

¡Cómo era ese hombre, es que no te lo puedes ni imaginar¡ oh…¡qué maravilla de director¡  Creo que ha sido el más fabuloso que hemos tenido.

¿José Luis Alonso fue el director de teatro con el que te has entendido mejor a la hora de trabajar?

Sí, absolutamente.  Sí, sí, sí… pero no lo digo sólo yo, creo que toda la profesión.  Es que era espectacular estar dirigida por él.  Llegabas al estreno con un relax, con una tranquilidad…  Todo estaba tan estudiado, lo había ensayado todo tanto, con tanto cariño, lo había explicado tan bien, que llegabas al estreno como si en lugar de pisar el escenario estuvieras en tu casa tomando tranquilamente un café.

Pero tu debut en teatro fue de la mano de uno de los más importantes hombres del teatro español: Miguel Narros. 

Verás, estando en la Escuela con mis doce años, llegó Miguel a buscar una niña que necesitaba para “La Rosa Tatuada”, era una niña que sólo decía cuatro frases y salía por el escenario corriendo con una cabra…  Lo iba a montar en el Infanta Beatriz con la primera actriz María Arias.  Trabajaba también Julieta Serrano, ella interpretaba a la joven.  Fíjate que inconsciente a los doce años, que yo me sabía su papel también y soñaba con el día que yo pudiera sustituirla si ella tenía un resfriado o algo así… (sonríe), era algo imposible porque ese personaje de dama joven tenía incluso una escena de amor y yo sólo tenía doce años…

El trabajo con Narros fue cuando se hicieron unos festivales de teatro.  Fuimos a Sevilla, Lugo y Madrid, en el Retiro y en una carpa que pusieron por Cuatro Caminos.  Allí hicimos “El caballero de Olmedo” y otra función más.  Yo hacía las criaditas, claro…

Pero antes de mi trabajo con José Luis Alonso, hice la película “Los chicos” de Marco Ferreri.

Yo le entrevisté en Roma… una de las experiencias más importantes que he tenido.  Era un hombre fascinante… al principio él pretendía intimidar, pero si lograbas superar eso aparecía un hombre muy tierno.

Daba miedo, pero luego era encantador… A nosotros nos dirigía con un palo.  Había cogido chicos de la calle para hacer la película.  Yo me enteré que se iba a rodar esta película y ni corta ni perezosa me fui a la productora en Madrid, subí y dije “yo quiero trabajar” y me dijeron “trae unas fotografías y luego ya te verá el director”.    Yo ni siquiera tenía fotos, me tuve que h hacer una, la llevé y al poco tiempo me llamaron.  Ferreri me eligió a mí.  Los demás chicos los cogió a todos de la calle.  Sólo tenía 15 años, estaba todavía en la Escuela de Arte Dramático y no tenía ni idea de hacer cine, pero mi estancia en la Escuela me daba más experiencia que a los otros niños.

Marco Ferreri era un hombre que imponía mucho,  pero luego comprobabas que era encantador.

A tus maravillosos 70 años,  y con la experiencia acumulada ¿la vida se entiende mejor?

Se va empezando a entender.  Yo creo que se cambia bastante, te vas haciendo más tolerante.  Te das cuenta de que has cometido errores pero al mismo tiempo te tienes que perdonar.  Todos cometemos errores, te analizas y dices “bueno, tampoco he sido tan  mala”.  He hecho cosas buenas y malas, somos humanos…  Cuando eres joven tampoco piensas en eso.  Cuando eres joven es como si la vida fuera así: alegría, felicidad…

Trabajar lo hice muchísimo, pero como era lo que más me gustaba era feliz.  Yo hacía televisión y teatro a la vez y, a veces, alguna película y ensayaba otras obras… Entre función y función teníamos una hora para comer y en ese tiempo venían de televisión para ensayar conmigo lo que teníamos que rodar.  Era duro, pero me gustaba mucho.  Cuando se tienen 20 y pocos años  puedes con eso y más.

Uno de los grandes actores con los que compartiste escenario y set de rodaje en televisión fue el inolvidable José María Prada.  Por ejemplo, en “El alcalde de Zalamea” (1968) junto a Emilio Gutiérrez Caba, Pablo Sanz y Alicia Hermida.

¿Podrías compartir con nosotros aquellas experiencias de trabajo a su lado?

Es que no te lo puedo explicar, era tan maravilloso.  Él trabajaba de dentro para afuera.  Lo expresaba todo desde dentro, notabas el contacto con él continuo, era un ser espléndido, era un gran amigo y yo tuve la desgracia de vivir su muerte, que fue repentina.

Discúlpame Ana María, no lo sabía… Conocía que él falleció en Bilbao durante un fin de semana en el que fue a ver a unos amigos.  Ignoraba que una de esos amigos eras tú…

Sí, él vino a vernos a Bilbao, estábamos trabajando allí.  Cenamos juntos entre función y función, luego él se fue al cine con Tommy, la esposa de Pedro Osinaga, vinieron a recogernos tras la segunda función y nos fuimos todos juntos al hotel.  Estuvimos hablando un ratito, luego cada uno se fue a su habitación y a las cinco de la mañana sufrió un infarto.  Fue durísimo.  Éramos muy amigos (se emociona), y trabajar con él era todo un lujo porque era un actor fabuloso.

Hay personas que tienen especial tendencia a ser protagonistas de sus dramas. ¿Tú prefieres destacar por ser feliz?

Me gustaría (sonríe), pero mis hermanas me dicen que soy muy dramática.  Sí, me dicen que todo me lo tomo muy en serio, y realmente no se puede ser así en la vida.  Cualquier pequeña cosa me la tomo muy en serio.  Yo comprendo que no debería ser así, pero es mi forma de ser.  Me gustaría cambiar y verlo todo con optimismo, pero hay veces que no puedo, ¡y lo intento, eh¡

Casi no sé si preguntarte esto… (reímos)

Dime…

“No hay peor sensación que echar la vista atrás y arrepentirse de lo que no has hecho. Lo que no consigues es lo que no intentas…” ¿Te identificas con esta filosofía de vida? (reflexiona unos segundos antes de responder…)

Yo creo que lo he intentado todo, en eso sí que no debo arrepentirme.  Ha habido cosas en las que me he equivocado, lógicamente, pero intentarlo por mí no ha quedado, eso te lo aseguro.  Lo he intentado todo.

La dimensión de nuestro ego nunca la conocemos bien.  ¿Es indispensable el buen uso que hagamos de él? ¿Una actriz debe manejar mejor que los demás esta condición del ser humano?

Puede que en el escenario aparezca, puede ser… pero sinceramente te digo que el ego en mi vida personal está completamente ausente.

Mira, yo soy muy tímida.  Si yo tuviera que salir al escenario para hablar como Ana María Vidal no podría hacerlo.  Hoy mismo, en la rueda de prensa, lo he pasado fatal, me pongo muy nerviosa, no sé hablar dando mi opinión.  En cambio, cuando salgo a escena interpretando un personaje allí me siento como la reina del  mambo.  Ahí no me da vergüenza nada y estoy encantada de la vida.  Cuando salgo del escenario dejo ese ego porque me parece absurdo el ir por la vida presumiendo simplemente por ser actriz.  Creo que eso va con la naturaleza de cada uno.

Cuando era más joven, en mi época “dorada” de la televisión (sonríe), me daba vergüenza cuando me reconocían por la calle y me paraban.  Lo pasaba muy mal por mi timidez y pienso que quizá pecaba de antipática.  Me saludaban muy amables y yo no sabía qué decir…, les daba las gracias y era incapaz de decir algo más.  Era mi gran timidez.  Gracias a Dios, esa timidez la he ido corrigiendo.

Mis propios compañeros, algunos de ellos, pensaban que yo iba de estrella o de maravillosa, y no era así.  Yo entraba en un bar y bajaba la cabeza porque me daba vergüenza y no saludaba.  Eso, comprendo, que podía confundir.

¿Eres feliz por todo lo que has dado a la escena española? ¿Ha sido un amor recíproco?

Sí, ambas cosas.  Yo creo que todo lo que el teatro me ha dado a mí y lo poco o mucho que yo le he podido aportar me hace muy feliz.

El teatro me ha dado muchas alegrías, muchas satisfacciones, más alegrías que penas.  Evidentemente, todos hemos tenido grandes éxitos y algún que otro fracaso, que viene muy bien de vez en cuando.  Es increíble, pero algunas veces una obra en la que tú no crees especialmente, cuando estás empezando en la vida, cuando has salido de casa de tus padres y tienes tu propia familia que debes sacar adelante, acepté trabajos que no me gustaban tanto…  Sin embargo, luego me encariñaba con los personajes, como te dije antes.

Permíteme preguntarte algo que nos gusta mucho saber a los que amamos el teatro ¿Cuál es tu liturgia antes de salir a escena? ¿Eres de las actrices que se encierran en su camerino y no permiten entrar a nadie media hora antes?

Mira…, mi camerino está lleno de estampitas de santos por todas partes, y mi Virgen del Pilar no falta nunca.  Mi camerino es un santuario, pero está abierto siempre.  A mí no me gusta tenerlo cerrado.  Pueden entrar, podemos hablar antes de salir a escena… en eso no hay problema alguno.  A  mí me gusta tener contacto con los compañeros de la compañía.

Yo respeto a otros compañeros a los que les gusta encerrarse en su camerino antes de salir a escena.  Eso sí, antes de salir, rezo una salve a mi Virgen del Pilar, una salve como siempre…, me santiguo tres veces y salgo.   Y ya está.

Querida Ana María, este bonito encuentro ha sido muy especial para mí.  Me ha hecho muy feliz conversar contigo y te agradezco tu amabilidad y simpatía, que no olvidaré nunca.

Gracias Yolanda, ha sido un placer enorme para mí.

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NOTA:  Texto y Fotos propiedad y autoría de YOLANDA AGUAS para CINET FARÖ.

 

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