IDA (Dir. Pawel Pawlikowski), por Yolanda Aguas

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Ida (Agata Trzebuchowska), una joven novicia que ultima los preparativos para tomar los votos, descubre un gran secreto sobre su propia identidad, una revelación que la conducirá a una búsqueda de sus raíces.

En un convento católico, la Madre Superiora le ordena que visite a su única pariente viva en Lodz antes de tomar los votos. Anna nació en ese convento, nunca ha salido de él, y no sabe nada de su familia. Su tía Wanda Gruz (Agata Kulesza), una jueza, miembro del Partido Comunista Polaco y antigua activista política, le cuenta a Anna fríamente que su verdadero nombre es Ida Lebenstein, y que es judía, una “monja judía”, le dice, mientras uno de sus amantes sale del apartamento.  El encuentro con su tía Wanda, que al principio comienza como un mero trámite, acaba perturbando el equilibrio sobre el que la joven había construido ya no sólo su pasado, sino también su futuro.

De entrada las personalidades de estas dos mujeres salen a flote, contraponiéndose. La una parece disfrutar revelándole a Ida su doloroso y desconocido pasado. Ida calla y acepta oír pasiva y sumisamente la historia.

Tras esa revelación austera y parcial de un origen ensombrecido hasta el momento, ambas emprenden un viaje que se convierte no solamente en el acto de un duelo aplazado, de rememoración para la una y de descubrimiento para la otra, sino, también, en un proceso de conocimiento y auto conocimiento, sobre todo en el caso de la joven cuya vida, de un día a otro, da un giro radical e inesperado.

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El director, Pawlikowski, realiza un planteamiento de “road movie”. Acompaña a las dos protagonistas a través de la geografía y la historia de una República Popular de Polonia devastada y empobrecida, controlada férreamente por el Partido Obrero Unificado Polaco bajo la tutela de la antigua U.R.S.S.

La decadencia del entorno será el reflejo de la degeneración personal de los sueños e ilusiones de aquellos que vivieron en ese entorno, durante y después de la guerra, una imagen que la joven Ida contempla casi ajena.

En medio del silencio, aparecen las imágenes; los lugares presentes, desolados, de tranquilidad aparente, que evocan un pasado que no desaparece y sigue actuando en el presente de ambas protagonistas.

La película muestra todo el tiempo, entonces, la presencia de una ausencia, que es traída al presente mediante el acto de memoria; una ausencia que el director no recupera, que no puede ser captada por nosotros, los espectadores, ni por la misma Ida. Sin embargo está siempre ahí, presente, subyacente, impulsando los acontecimientos. Lo único que queda es la experiencia de un recuerdo que atormenta, y la imposibilidad de Ida de comprenderlo a cabalidad, de acceder a él, de incluirlo en su cotidianidad y de, por él, cambiar su rumbo.

Magníficas interpretaciones, preciosa fotografía…

Cierto que Pawlikowski no es Bergman, pero ¡qué gran película¡

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NOTA: Las fotografías originales insertadas en este post son propiedad de sus autores.

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