El Rei Lear: el desafío de una oscura tragedia, por Francesc Mazón Camats

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Las dark tragedies  de William Shakespeare nos pueden parecer sombríos retratos de una humanidad destructiva y desesperada que se despedaza pero conserva aun retazos de poesía y de humor. Todo tan cíclicamente actual que nos sigue conmoviendo, siglos después.

El Rey Lear fue probablemente escrita hacia 1605, y representada en la corte del rey James I Stuard a finales del 1606. Debido a su compleja estructura de múltiples tramas, personajes y su larga duración, montar el Lear no es fácil, ni está al alcance de todo el mundo. En los escenarios anglosajones son más los estropicios y los vapuleos de la crítica que los éxitos absolutos. De los grandes del S. XX, solo John Gielgud alcanzó la unanimidad en uno de sus tres montajes, el de 1950, en el cual actuaba y dirigía. En el mismo, una Cordelia interpretada por la mítica Peggy Ashcroft se robaba la función, consiguiendo en su corto papel según la crítica, “personificar la bondad con una ternura conmovedora. Pronunciando las palabras “No cause, no cause…”  con tal emotiva sinceridad, que solo su postura y la atmósfera que conseguía destilar simplemente nos conmovía ”no hay pequeños papeles para grandes actrices”.

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El maestro Lluís Pasqual parece no obstante haber intentado acercarse/homenajear, especialmente en su atmósfera, otro montaje considerado unánimemente el mejor del S.XX: el de el gran Paul Scofield, dirigido por Peter Brook, en 1962, para la Royal Shakespeare Company. Ambientado en una sombría, desoladora e indeterminada sociedad posbélica, con vestuario y ambientes cercanos a los de Beckett (el mismo equipo hizo una versión para el cine, 9 años después, en 1971). Este montaje marcó una cima que no parece haberse superado.

Pasqual, de forma magistral, sabe crear una intensa atmósfera de la nada (un escenario vacío) un largo corredor entre la doble hilera de espectadores (propuesta en parte similar a la de su recordado Lorca de El Público) confiándolo todo a los actores (magníficos), con el apoyo de la luz (estupendo trabajo) de Pascal Mérat y ambientación musical perfecta de Dani Espasa (Bravo!)

Desde la impactante y épica escena inicial donde un grupo de jóvenes soldados introducen  a la luz de sus antorchas, a una regia Núria Espert/Lear hasta la fabulosa concepción del  segundo acto. Donde el mismo grupo asiste al complejo entramado de acciones paralelas como un coro griego, sentado a ambos lados del pasillo central, creando con sus voces  a modo de salmodia/ canto recitativo  una inquietante  tensión. Llegamos a la peligrosa y decisiva escena de la tempestad, donde el director  consigue el máximo clímax con los mínimos elementos (elevar escalonadamente el suelo). Por momentos sufrimos por la integridad física de Lear/ Espert y su Bufón/Lozano, tan bien amparadas  por su fiel Cayo- Kent/ Madaula. Lluís Pasqual ha apostado fuerte y ha ganado.

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Grandes, muy grandes, interpretaciones de un reparto inmejorable de afinadísimos instrumentos, TODOS! Si me permiten destacaré a Julio Manrique en su triple papel, el ingenuo Edgard, el enloquecido pobre Tom y el simple campesino de Dover. Perfectas las hijas: Goneril, una despiadada Míriam Iscla; Regan, una impactante Laura Conejero en su progresiva pérfida maldad, hasta llegar a su escena cumbre, puro gore isabelino de histeria y terror, la tortura de Gloster-Gloucester/ Bosch. Estupenda Andrea Ros/Cordelia en su casi única y sublime escena de la reconciliación y perdón final, dulce, sencilla hasta las lágrimas…

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Impecables Ramon Madaula/ Kent-Cayo y Jordi Bosch/ Gloucester, el otro padre engañado y finalmente destrozado física y anímicamente. Nunca mejor David Selvas, maquiavélico Edmund, tan cerca del  Iago  de Otelo.

Y claro está un emocionado homenaje a estas dos grandes actrices que a su edad y con una larga y acreditada carrera, no dudan en lanzarse a un desafío, incluso físico: Teresa Lozano, el Bufón, nuestra valenciana más querida, maravillosa, descarada, como un clown desharrapado, con su bolsita de plástico como toda protección contra la intemperie, como cualquier homeless que puebla nuestras ciudades, ovacionada en todas sus intervenciones.

Y Núria Espert, nuestra Nurieta, La Espert, una de las grandes, como un Lear magnífico y arrogante al principio, confuso y progresivamente desesperado hasta llegar a la locura.  Abatido y enfermo al final, como un gran árbol caído. En su reencuentro con Cordelia, su desheredada y tan querida hija, una Núria exhausta física y emocionalmente, pronuncia su sentencia y nos lleva a las lágrimas: “No, no, no…¿no hay vida?  ¿Por qué un perro, un caballo, una rata pueden tener vida? Y tú (Cordelia) ¿ni un soplo? Nunca, nunca, nunca….”

Estamos ante un montaje que hará historia, no se lo pierdan…

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NOTA: 

Las fotografías oficiales de EL REI LEAR son autoría del maestro ROS RIBÁS para el TEATRE LLIURE.

El resto de fotografías son propiedad de sus autores.

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