EL CLUB: Casa de recogida y oración, por Francesc Mazón Camats

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Una playa fría y desabrida, el cielo gris, nublado, un galgo intentando, inútilmente, cazar a su presa, una despellejada piel de conejo que cuelga de una caña de pescar. La fotografía borrosa y sucia, la imagen oscura. ¿Qué pretende el director, Pablo Larraín? Crear un clima de angustia  creciente, un desasosiego insufrible… para explicar una historia de terror absoluto en torno a una apacible casa de reposo, en las afueras de una población lejana, triste y aparentemente desierta. Un centro de oración y penitencia, un lugar de arrepentimiento para que cuatro curas delincuentes, torturadores, degenerados… purguen sus pecados.

La llegada de un nuevo y abismado recluso al club, perseguido por una de sus desoladas víctimas, precipitará una espiral de terror. Podría parecer un cóctel oscuro y sórdido de “El Nombre de la Rosa” y “La hora del lobo” del Bergman más angustioso. Esos rostros tenebrosos que han ejercido el mal, el crimen sin castigo, condenados a una cómoda cárcel abierta, con horario monástico, se enfrentaran a un joven inquisidor, lentamente atrapado en sus normas.

Un film claustrofóbico y enfermizo, desasosegante, que habla de temas terribles y de ese oscuro pacto que tejió la Iglesia, para esconder las atrocidades humanas en su seno y también las políticas de complicidad con dictaduras genocidas. Actores impecables dan rostro a lo inhumano. Oso de Plata  en el último Festival de Berlín.

Un clímax final casi insoportable, donde animales (que corren como negros jamaicanos) y enfermos psíquicos, se convierten en víctimas de un sacrificio litúrgico, para que todo siga igual.

El ambiguo amanecer sangriento de un sol rojizo, quizás ocaso definitivo, que devuelva los monstruos a su invisibilidad. Poderoso y perturbador film no apto para creyentes o almas bondadosas, que arroja una luz agónica sobre los terrores pasados y presentes.

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NOTA:  Las fotografías insertadas en este post son propiedad de sus autores.

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NOMÉS SÓN DONES: Desaparecidas sin duelo, por Francesc Mazón Camats

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Estrena  temporada el TNC (Teatre Nacional de Catalunya), con un monólogo de alto voltaje y urgente necesidad, la reivindicación de las mujeres silenciadas y asesinadas del Holocausto español, según Paul Preston.

En realidad se trata de cinco monólogos de mujeres republicanas “las rojas”, entretejidos como un tapiz del horror o la tela de una araña, voraz y asesina, como la imagen que cubrió los muros y las calles de nuestra niñez.

La  dramaturga Carmen Domingo ha construido estos monólogos entrelazando tres casos reales, con elementos de ficción, y dos inventados, las mujeres más jóvenes, hijas o nietas de aquellas.

Las tres primeras conforman tres vértices diferentes de presas ejecutadas (jamás fueron consideradas presas políticas), eran  SOLO MUJERES de…, perdidas, indignas de ser madres, maestras, militantes o milicianas, jóvenes  idealistas… Una madre católica con dos hijos, embarazada de un tercero, que desesperada y aislada entre dos frentes, intentará ponerse en contacto con su marido republicano.

La segunda, una militante política, denunciada por un familiar cercano, humillada, desposeída de tierras y bienes… Ejecutadas ambas en una cuneta, arrojadas en fosas anónimas, desaparecidas.

La tercera, una joven miliciana, impetuosa y valiente que se enfrenta con fiereza a las monjas carceleras que intentan vencer su insumisión, doblegarla, acabará suicidándose…

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Las dos jóvenes actuales, herederas de esa pesada carga de silencio, deshonra y duelo sin fin, podrán quizás cerrar ese círculo abierto.

Carme Portaceli, la directora se enfrenta  a este doloroso texto, confeccionando un complejo collage. La voz y presencia de una actriz inmensa, Miriam Iscla, que desde la verdad  sincera, el desgarro y la denuncia, sin olvidar matices de humor negro y terrible, dignifica a esas víctimas anónimas, deliberadamente olvidadas, entregándose al límite. Magnífica y conmovedora interpretación.

La bailarina y coreógrafa Sol Picó, toda fuerza, potencia y coraje, imprime movimiento a todo ese dolor, dotándolo de una poesía mágica, estupenda esa escena bailando entre las botellas con mensaje de esas náufragas que exigen reparar su dignidad perdida.

Finalmente la performer  y compositora, Maika Makovski, encarnaría el eco musical de todas esas voces olvidadas y quizás la ruptura agresiva (a ratos excesiva) de una nueva generación de mujeres que han reconquistado todos aquellos derechos y libertades, aplastados y arrebatados a sus madres y abuelas.

Un espectáculo contra el olvido, acongojante, desarrollado en un espacio escénico abstracto y simbólico de Paco Azorín, con el apoyo de una realización audiovisual magnífica de Lala  Gomà.

En la Sala Pequeña del TNC, hasta primeros de Noviembre, girará por Catalunya, para viajar luego La Abadía de Madrid, París y quizás Londres.

A pesar de la dificultad notable que exige encajar estos diferentes materiales, es un espectáculo de visión obligada, para recuperar la memoria  histórica y afianzar todo lo conseguido, siempre tan frágil.

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NOTAS: Las fotografías insertadas en este post son propiedad de sus autores.