UN MONSTRUO VIENE A VERME (Dir. J. A. BAYONA), por Yolanda Aguas

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Siete minutos después de cada medianoche Connor (Lewis MacDougall), un chico de 12 años, tiene una pesadilla en la que una voz le llama desde un cementerio próximo que se divisa desde su ventana. Junto al cementerio hay una pequeña iglesia y un árbol milenario que se transforma en monstruo ante los ojos atónitos de Connor. Acompañado de esa criatura de apariencia monstruosa (voz de Liam Neeson), Connor vivirá la aventura de reconocer sus propios miedos, enfrentarse a ellos y afrontar su peor pesadilla, su propia verdad, la que siempre oculta y a la que no hace frente. 

La vida de Connor es realmente difícil: sus padres están separados, su madre (Felicity Jones) está muy enferma de cáncer, todo indica que deberá ir a vivir con su abuela (Sigourney Weaver), adusta y fría. En el colegio vive un permanente acoso que le lleva al miedo y a encerrarse en sí mismo, en sus dibujos y en las historias fantásticas que han quedado en su corazón y que el monstruo le recuerda.

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La película toma como hilo argumental de primer orden un tema incesante en el film: la narración de historias como elemento de construcción de la propia personalidad; el monstruo recuerda cuentos que ya conocía el niño y en esas historias (que en la pantalla aparecen como dibujos de acuarela animados) no hay héroes o villanos, los personajes que presentan tienen una conducta moral frágil, como frágil es la vida; el monstruo le recordará que no hay buenos o malos químicamente puros, todos los seres humanos somos débiles y ambiguos, capaces de lo mejor y de lo peor.

La enfermedad de la madre va a llevar al muchacho (y por lo tanto también al espectador) a recordar lo duro que es enfrentarse a la muerte de los seres queridos; es tan inevitable que tarde o temprano hay que afrontarla. Vivir es ir perdiendo personas a las que amamos e ir acumulando objetos que nos las recuerdan. Y en esos momentos sublimes de la muerte de los seres queridos nos enfrentamos a la más profunda verdad de nosotros mismos, a la verdad más monstruosa: estamos solos.  De ahí que el “mensaje” de esta magnífica película no es otro que el amor es lo único que puede dar sentido a la vida.  Dar amor, recibirlo, expresarlo, aceptarlo…  y también comprender a tiempo que otras personas serán incapaces de hacerlo.

La música de Fernando Velázquez es perfecta para acompañar todo el proceso emocional del protagonista y del espectador.

Película profundamente intimista, que se recrea en los pequeños detalles: los dibujos, los relojes, las paredes de las casas, las escaleras… Objetos que definen todo aquello que somos. 

Emocionante…

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NOTA: Todas las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

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