NO SÉ DECIR ADIÓS (Dir. Lino Escalera), por Yolanda Aguas

Un par de horas después de ver “No sé decir adiós” escribí un WhatsApp a Nathalie Poza y le dije “No sé… ya no sé qué puedo decirte.  Gracias por tanto…”Es una actriz tan increíblemente buena que ella sola acapara todos los adjetivos que pueden definir la excelencia en el mundo de la interpretación.  Y claro…  al tenerlos todos hay que inventar nuevos y creo que no soy capaz de hacerlo. Definir su trabajo en la ópera prima de Lino Escalera me resulta imposible. Sólo puedo darle las gracias.

Nathalie Poza reina en el teatro, y aunque ha realizado magníficas interpretaciones en el cine, no olviden “Malas temporadas” de Manuel Martín Cuenca, nunca había tenido entre sus manos un personaje tan potente como el de Carla.  Y como actriz poderosa que es, lo ha hecho suyo y le ha dado una dimensión enorme, fascinante, conmovedora y brutal.  Su interpretación es un viaje interior perturbador y valiente.

Desconozco qué sucederá cuando se celebren las ceremonias de entrega de premios de cine de la temporada.  Carlos Saura me dijo una vez que la suerte influye demasiado a la hora de recibir reconocimientos a un trabajo, pero si de mí dependiera… se los daría todos.

La película de Lino Escalera no cuenta nada nuevo.  Es una historia que hemos visto muchas veces, en diferentes formatos y/o con diferentes giros argumentales.  Con todo, este guión escrito por Pablo Remón y el propio director nos engancha desde el primer momento y así permanecemos hasta la escena final.

Carla, trabaja en Barcelona como comercial y aspira a crecer profesionalmente. Vive al límite y está profundamente sola. Un día recibe la llamada de su hermana: su padre, con el que hace tiempo que no se habla, está enfermo. Ese mismo día, Carla coge un vuelo a Almería, a la casa de su infancia. Allí, los médicos le dan a su padre pocos meses de vida. Ella se niega a aceptarlo y contra la opinión de todos, decide llevárselo a Barcelona para tratarle. Ambos emprenden un viaje para escapar de una realidad que ninguno se atreve a afrontar. Y será en esa huida donde se terminarán encontrando, donde finalmente se podrán decir adiós.

Son personajes que tratan de vivir como pueden y saben.  El padre, interpretado por un magistral Juan Diego, es un hombre hosco y malhumorado que le reprocha a su hija Carla el abandono.  La hermana de Carla, estupenda como siempre Lola Dueñas, se refugia en el sueño que tuvo de joven de ser actriz para soportar una vida que no ha elegido.  Los tres se reencuentran y se necesitan, pero no saben cómo expresarlo.  Para crear esa atmósfera, Santiago Racaj ha creado una fotografía bellísima de tonos mortecinos.

Una fantástica ópera prima y tres interpretaciones de ensueño.

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NOTA: Las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

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