FERNANDO CAYO (Entrevista), por Yolanda Aguas

Es un actor de trayectoria profesional forjada, principalmente, en el teatro.  Sus trabajos en cine y en televisión, le han dado una gran popularidad entre el público.  Es un actor de fondo, un actor total.

Voz maravillosa (de las más bonitas de nuestra escena) y una mirada azul penetrante que cautiva.

Casi no dispone de tiempo, pero nos cita en el Teatro de las Esquinas de Zaragoza al finalizar el monólogo que interpreta actualmente: “El príncipe de Maquiavelo”.

Debido a tus trabajos en televisión, “La señora”, “14 de abril, la República”, “El caso. Crónica de sucesos”, “Mar de plástico” o, más recientemente, “Amar es para siempre”, eres un actor muy conocido.   ¿Cómo llevas la popularidad que proporciona la televisión? ¿Lo consideradas un “peaje” y/o te llega a desagradar en algunos momentos?

No, no me desagrada. Es algo que forma parte de la profesión y lo intento vivir con la mayor naturalidad posible. Además, muchas veces esa popularidad es lo que atrae a la gente al teatro. Siempre que la gente sea educada y respetuosa, yo feliz de que me saluden o me pidan fotos.  Estoy encantado.

Has interpretado en tres ocasiones al rey emérito Juan Carlos I, todas para la televisión. En “20-N, los últimos días de Franco” (2008), en “Adolfo Suárez” (2010) y, por último,    en “23 F: la película” (2011).   No es lo mismo interpretar un personaje histórico alejado en el tiempo y del que no hay imágenes a otro al que todo el mundo conoce muy bien.

¿Cuál fue la principal dificultad para interpretar ese papel?

Precisamente ése, que el público iba a ponerte en el punto de mira porque conocen muy bien al personaje.  Iban a juzgar mi trabajo, si me parecía o no… etc.  Sobre todo la primera vez, que fue en un trabajo junto a Manuel Alexandre, “20-N, los últimos días de Franco” con dirección de Roberto Bodegas.

Nosotros optamos por hacer una recreación del personaje y que no fuera una imitación. Queríamos que fuera una sugerencia del personaje y que el espectador pusiera el resto.  Creo que en ese sentido acerté porque luego las críticas fueron muy buenas.  Y las otras dos veces que lo he interpretado igual…

Tienes una gran responsabilidad pero al mismo tiempo tienes una gran cantidad de material para inspirarte y para trabajar el personaje.

¿Has sabido si él vio tus trabajos y qué opinó de ellos?

No, directamente no.  Sé que cuando presentamos la de “Adolfo Suárez”, estuvo unos días antes en Antena 3 y comentó algo así como: “Este chico lo hace bien”.  Eso es lo único que comentó, pero nada más… (ríe).

Yo creo que sobre todo lo que intentas es mostrar lo que, se supone, que no ha visto la gente. Los momentos privados, qué es lo sentía y lo que vivía el personaje.

¿Hay algo que te incomode de tu profesión?

Quizá que haya sectores, sobre todo de la política, que no se tomen en serio la cultura. Y luego la intermitencia para trabajar que tiene esta profesión.  No tanto para mí, la verdad es que me siento muy afortunado y he tenido trabajo durante toda mi vida en cine, teatro o televisión.  Cuando no lo he tenido he producido mis propios espectáculos con lo cual nunca he tenido esa sensación de paro absoluto. Sin embargo hay muchos compañeros que sí sufren esas intermitencias.

Esa situación en otros países está cubierta y está prevista, como en Francia. En España no se nos considera ni fiscalmente ni a nivel de seguridad social como al resto de los trabajadores puesto que nuestras características laborales son distintas.

Yo, por una parte, creo que todo proviene de una necesidad de hacer una revolución social y cultural, sobretodo en nuestro país.  Nosotros no hemos vivido la Revolución Francesa, pasamos de puntillas por la Ilustración, no hemos tenido una auténtica revolución industrial, hemos tenido gobiernos corruptos y caciques durante muchos siglos y eso todavía nos pesa.  Por el eso el Centro Dramático Nacional de Francia (Comédie-Française), se creó en 1648 y nuestro Centro Dramático Nacional se creó en 1978.  Llevamos siglos de atraso a nivel cultural y esto, evidentemente, lo padecemos los profesionales del teatro.

Me congratula mucho el que haya un público que llene las salas de teatro y que sigue apreciando y disfrutando de la ficción en televisión y cine,  y que siguen apoyando el cine español con todas las dificultades que está pasando.

El trabajo de un actor es muy complejo.  Pasa por diferentes momentos durante la creación de un personaje.  ¿Qué partes íntimas puede llegar a tocar de la persona que hay detrás del actor?

Para mí hay personajes que te impregnan más y de los que sales más tocado.  Por ejemplo, cuando yo terminaba el monólogo de “Inconsolable” que hice en el CDN (Centro Dramático Nacional) sobre textos de Javier Gomá y dirección de Ernesto Caballero, era un espectáculo que tocaba mucho la muerte del padre.  Ese trabajo me remitía mucho a mi propia experiencia y además era casi autobiográfico. Las vivencias de Javier Gomá y las mías han sido bastantes similares. Era un monólogo del que salía muy tocado, pero eso no quiere decir que luego salgas transformado en el personaje ni que llegues a tu casa mal.

Sí que, de alguna manera, se mueven ciertos sentimientos, ciertas cosas que están.  Yo creo que también es la grandeza del arte de la interpretación, si lo vives con profundidad esto es un camino de crecimiento personal. Cada unos de los personajes te sirven para recorrer tu propia vida. De esa manera, si lo haces de una manera sincera, profunda y auténtica, el espectador se siente también impregnado. En ese acto de espejo que tú estás haciendo él puede verse reflejado a sí mismo.

Cada interpretación es una reflexión sobre los recorridos humanos. Me viene a la memoria mi trabajo en “Ratones y hombres” de Steinbeck, en una puesta en escena de Miguel del Arco, que protagonizamos Roberto Álamo y yo. Después de esa función yo acababa absolutamente tocado. Emocionalmente tocado, y eso es lo bonito también de este arte si lo vives así.

Estudiaste en Italia con Antonio Fava, en la Scuola Internazionale dell’Attore Comico, que era del método Lecoq. Allí trabajaste con la interacción entre el cuerpo, la voz y la energía. Has manifestado que eso es lo que ha marcado tu recorrido.

¿Cree que la formación es lo más importante en un actor o también aceptas que el talento natural puedo sustituir o reemplazar en cierta medida esa formación?

Siempre se ha valorado esto: ¿Qué es instinto o formación?  Yo creo que no hay elección. Tú no vas a un cirujano que no ha hecho la carrera de Medicina aunque tenga mucho instinto y mucho talento.  Nadie se pondría en manos de un cirujano en esas circunstancias ¿verdad?

Esto es lo mismo, tiene que haber formación y luego tiene que haber instinto, talento, garra o como lo quieras llamar.  Tiene que reunir las dos cosas.

A mí, por ejemplo, la formación me ha dado libertad para poder elegir mis trabajos y poder moverme con soltura entre la comedia, la tragedia y estar actuando en teatro, cine y televisión.

Has manifestado que “la interpretación y la creatividad son un camino de vida, de crecimiento personal, de búsqueda. Me ayudan a comprender mejor el mundo”.

Entiendo por tus palabras que tu profesión no sólo es un trabajo. 

¿Qué es actuar para ti?

Como te decía antes, para mí es un camino de crecimiento personal. Si lo vives así es una manera de enriquecer tu vida, comprender a los seres humanos y transmitir eso a la gente que te va a ver al teatro o que te ve en cualquiera de tus trabajos.

De alguna forma, estás contagiando toda esa sabiduría que tú vas adquiriendo a través de transitar por todas esas psicologías de tus personajes. Es un camino de comprensión de la humanidad.

Como decía Schubert, “el arte sirve para arrojar un poco de luz a la oscuridad del corazón de los hombres”, y ésta es una de mis máximas vitales.

La interpretación puede ser una forma de terapia para un actor, sin embargo… ¿algún personaje o alguna obra ha llegado a perturbarte?

Los personajes con los que hay que tener mucho cuidado son aquellos que llegan a tener mucha negatividad. Digamos aquellos que tienen una parte oscura, una sombra más fuerte.  Para desarrollarlos tienes que profundizar en tu propia sombra, todos las tenemos, y es delicado transitar por ahí. Al mismo tiempo es un gran aprendizaje, porque comienzas a tratar y a convivir con tu sombra y eres capaz de tener una vida más plena, más íntegras y más consciente.

Fernando, ¿de aquellos actores/actrices/directores con los que has trabajado, quiénes te han aportado más enseñanza? ¿A quiénes tienes por referencia?

Todas las personas con las que he trabajado me han aportado algo.  A la hora de elegir un proyecto en el que vas a trabajar, saber quién o quiénes serán tus compañeros es casi determinante. Busco realmente desarrollarme, aprender con ellos.

De todos con los que he trabajado, destacaría sobre todo a los actores y actrices mayores.  Yo siempre he aprendido mucho de los grandes actores que hemos tenido en este país: José Bódalo, José Luis López Vázquez, José María Rodero, Emilio Gutiérrez Caba, Miguel Palenzuela, María Fernanda d’Ocón, Carmen Rossi…

Todos ellos me han dejado una impronta muy potente porque, a lo largo de los años el oficio deja en tu piel, en tu voz, en tu manera de ser y de estar una sabiduría escénica que siempre me ha conmovido.

Borges decía: “La amistad no es menos misteriosa que el amor o que cualquiera de las otras fases de esta confusión que es la vida”.

La amistad y el amor ¿tienen la misma importancia para ti, Fernando?

Son formas de lo mismo ¿no?  Son formas de amor. Para mí el amor engloba muchísimas cosas: la importancia del amor hacia mi hija, que es fundamental en mi vida, el amor hacia mi pareja, el amor hacia mis amigos… porque la amistad no es más que amor y se transforma en tolerancia, en respeto, en comprensión hacia ti mismo y hacia los demás.

Dicen que la felicidad depende, en buena medida, del tipo de gente de la que nos rodeamos. ¿Con qué tipo de personas te gusta estar?

Me gusta estar con gente inteligente, con gente sensible, con gente respetuosa, con gente que se apasione por las cosas.  Con gente divertida, pero sobre todo tienen que tener sensibilidad e inteligencia.

En 2009-2010, “La Señora”, y en 2011 “14 de abril, la República” interpretaste a un anarquista: Ventura Ascado.

Háblame de estos dos grandes trabajos… No te pido que te definas políticamente, pero ¿tienes alguna proximidad con los valores que representaba Ventura Ascado?

Totalmente, sí.  Además fue una aventura muy bonita porque mi personaje estaba inspirado en Buenaventura Durruti, el activista-anarquista de aquellos años que tuvo una vida muy potente. Era un luchador por la libertad entendida en su máxima expresión.

La verdad es que sí que hay muchas cosas que tienen que ver con eso ¿no? Sí que tengo un sentido muy combativo de la vida, y al mismo tiempo soy alguien que está muy sujeto al amor como también estaba sujeto Ventura (mi personaje).  Vivía entre esa dualidad, entre su ideología y el amor que sentía por el personaje interpretado por Lucía Jiménez.

Sí que me siento identificado con mi personaje en muchas cosas. De alguna forma, esa dualidad también está en el Segismundo de “La vida es sueño” que también es uno de los personajes que más me han marcado. Es una dualidad entre lo visceral y luego el amor y el deseo.  Las pulsiones casi animales y luego la necesidad de cumplir con una ideología o con cierta rectitud en la vida.

Sigues interpretando “El príncipe de Maquiavelo” en teatro.  Una dramaturgia que recoge fragmentos de otras obras de Maquiavelo como Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Del arte de la guerra, La mandrágora y correspondencia personal del autor. Para que este puzle encajase, el director quitó “muchas referencias históricas a gobernantes y a ejércitos” del original.   “Es el Maquiavelo en horas bajas, del hombre que, tras tocar la gloria del poder, fue encarcelado y destituido de su cargo con la caída de la república”.

De nuevo interpretas un monólogo (el sexto de tu carrera).

¿Viajar solo en escena es más exigente que hacerlo con otros compañeros?

Es bastante más exigente para mí, sobre todo “antes de”…  Para llegar cómodamente a un monólogo tienes que tener mucha más preparación que con otra función.  Más que nada porque el peso de la hora y diez minutos en este caso, y de la hora y media en el caso de “Inconsolable”, caen sobre ti.

Yo siento un respeto inmenso por el espectador y una de las máximas que dijo Peter Brook es: “El enemigo número uno del teatro es el aburrimiento”.  Eso yo lo tengo como una máxima y mi objetivo es que el espectador no se pueda aburrir conmigo cuando estoy haciendo un monólogo.  Para llegar a eso necesitas mucha preparación, tener el texto absolutamente fluido, integrado el personaje…  Todo eso requiere mucho más trabajo.

¿Cuál es tu ritual en el camerino antes de salir a escena?

Mi ritual es el calentamiento previo a una función.  El calentamiento de voz, el repaso del texto antes de empezar la función o de las cosas que quieras revisar ese día.  Me gusta estar pendiente de todo el atrezo, de que todo esté en su sitio, de que el vestuario esté adecuado…

Me pongo una música que normalmente me suele acercar al sentimiento o a la atmósfera en la que vive el personaje  cuando arranca la función…  Pongo incienso, porque también me ayuda un poco a crear un ambiente de olores y de sensibilidad. Suelo tener cosas que tengan que ver con la energía, tengo vitaminas en mi camerino para que puedan darme energía física también.

Fernando, gracias por concederme esta entrevista.

Nada, muchísimas gracias a ti, ha sido un placer.

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NOTA: Todas las fotografías insertadas en esta entrevista son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

 

 

 

 

 

 

 

 

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