WONDERSTRUCK (Dir. Todd Haynes), por Yolanda Aguas

Fue mi película favorita de la pasada edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián.  La vi dos veces.

Hace años que sigo la trayectoria del gran director americano, uno de mis preferidos por su estilo narrativo y visual.  Todd Haynes es un director de época, clásico, atemporal y así pasará a la Historia del Cine.  Sus títulos le definen como un director “con clase”: “Safe”, “Velvet Goldmine”, “Lejos del cielo”, “I’m not there”, “Carol” o la magnífica serie para televisión “Mildred Pierce”.  Haynes ha demostrado su capacidad camaleónica para trabajar en distintos géneros y estilos homenajeándolos y renovándolos a la vez.  Siempre con resultados extraordinarios.

En 1927 es Rose (Millicent Simmonds), una niña sorda, a la que su padre ignora, la que viaja a Nueva York desde Hoboken a ver a Lillian Mayhew, una actriz famosa de Hollywood y Broadway (Julianne Moore), a la que admira. Ella, ocupada con su carrera, tampoco parece tener mucho tiempo para la niña, que es una pequeña curiosa, creativa y distraída, y que está fascinada con armar maquetas. Y en 1977 es un niño amante de coleccionar cosas, Ben ( excelente Oakes Fegley), el que viaja a esa misma ciudad con un objetivo no tan distinto: su madre ha muerto hace poco y de su padre solo tiene como información que adquirió un libro –el que da título a la película– en una librería neoyorquina de la que posee la dirección. Y allí va Ben, solo, a buscarlo. Además, él ha quedado también sordo tras un shock eléctrico, lo que lo pone en una situación similar a la de Rose. Y en Manhattan deberá sobrevivir en una época en la que la ciudad no era el parque de diversiones al estilo Disney que es hoy sino un lugar bastante más denso, intenso y con una magia menos prefabricada y más genuina.

Ambas historias transcurren en paralelo y la película va y viene entre una y otra, permanentemente, encontrando similitudes en ambas búsquedas. La sección de 1927 está tratada como si fuera una película muda en blanco y negro de entonces, algo que Haynes hace como si hubiera nacido y filmado en la época. Lejos de la falsa imitación que vimos en El artista, lo que hay allí es una genuina y amorosa relación con el cine de la época, con referencias a Lilian Gish y D.W. Griffith, al paso del mudo al sonoro, a la estética, la fotografía y hasta el montaje de las películas del Hollywood mudo. Este segmento es una auténtica delicia para los más cinéfilos.

Y en 1977, lo mismo: Haynes filma algo más cercano a lo que vimos en “Velvet Goldmine” pero en versión norteamericana y con personajes un tanto menores en edad. Ben se topa con una Nueva York funky y vibrante, intensa y furiosa como de película de Spike Lee.

Las dos partes del filme, por un buen rato, son casi mudas, en función de la hipoacusia de los protagonistas y de la necesidad de Ben (que habla, pero no escucha ni sabe lenguaje de señas) de que le escriban en papel todo lo que tienen para decirle. Las historias de ambos coincidirán en el Museo de Ciencias Naturales de Nueva York con 50 años de diferencia, pero lo que pasará allí no tiene nada que ver con “Una noche en el museo”, si bien algunos de los elementos que se usan (como los dioramas) son los mismos. La historia de Ben es la central (en el museo se hará amigo de un chico latino, hijo de un hombre que trabaja allí, quien le mostrará lugares a los que nadie tiene acceso) y la más extensa de ambas. Como pueden imaginarse, las dos tramas en algún punto coincidirán. Pero tendrán que ver la película hasta el precioso final para enterarse cómo.  Háganlo, de verdad, porque la última media hora es de lo mejor que he visto en mis últimos 30 años cinéfilos.

 

Utilizando referencias, figuras y temas que ya son clásicos en su cine –David Bowie, Oscar Wilde, los cielos estrellados y las familias resquebrajadas, entre otras–, Haynes construye esta emotiva experiencia de “hacerse grande” encontrando el punto justo entre la apuesta por la emoción del espectador y la necesidad de mantener un control artístico y una sutileza formal inusitadas para una producción tan grande como esta.

Y si hay algo de lo que no se puede acusar a la película es que no sea capaz de emocionar hasta las lágrimas con su historia de familias rotas y sustitutas, viajes peligrosos pero fascinantes y descubrimientos constantes de niños que miran el mundo con ganas de aprehenderlo por completo. De todos los filmes de Haynes es el que, sin duda, más hará llorar a los espectadores (al menos a los que se enganchen con la propuesta) pero sin jamás rebajarse al golpe bajo sencillo y obvio, prefiriendo siempre apostar a esa emoción que llega cuando todos los elementos narrativos y estéticos de un relato confluyen entre sí para producir esa sensación. Y cuando eso sucede, la emoción golpea… y fuerte.

Ese “arcón de cosas asombrosas” al que refiere el título es la forma de enfrentarse al mundo de los dos protagonistas, dos niños a los que el descubrimiento y la curiosidad llevan a meterse en improbables y peligrosas aventuras más allá de sus limitaciones y dificultades. Y también la de Haynes, que utiliza todo tipo de recursos formales (animación stop motion, muñecos, maquetas, etc) para contar sus aventuras.

Una tiene la sensación que el director es uno más de esos niños: un chico curioso que jamás se amilanó ante las dificultades y creó un mundo en el que el cine y la vida van de la mano. Su cine es también un “arcón de cosas asombrosas”, esos baúles llenos de objetos mágicos y misteriosos en los que una puede encontrar lo que ni siquiera sabía que estaba buscando.

Y por si todo lo que les he contado fuera poco, la película cuenta con la presencia de una actriz sublime: Julianne Moore.  Ella, como en casi todas las películas anteriores de Haynes, vuelve a ser mucho más que su alter ego.  Ella protege la película con su sola presencia.

Háganse ese regalo y vayan corriendo a ver la película.

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NOTA:  Las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de la productora.

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