

Quedan 72 horas para el Día D y todo está listo salvo un elemento clave: el tiempo. El capitán James Stagg (Andrew Scott), jefe del servicio meteorológico británico, recibe el encargo de elaborar el pronóstico más trascendental de la historia. Unas condiciones climáticas adversas podrían arruinar la mayor invasión marítima de la historia, mientras que cualquier retraso podría suponer que los servicios de inteligencia alemanes descubran sus intenciones. El general Dwight D. Eisenhower (Brendan Fraser) deberá tomar la decisión que determine el destino de la Segunda Guerra Mundial.
Esta película nos traslada a todo lo que ocurrió en las 72 horas extremadamente tensas previas al Día D y logra la impresionante hazaña de hacer que una película sobre la meteorología resulte de lo más interesante.
Para que el ambicioso asalto anfibio tuviera éxito, se necesitaba el elemento vital de la sorpresa, dado que los alemanes habían fortificado toda la costa occidental de Europa. Pero también necesitaba imperiosamente buen tiempo, para poder desembarcar el enorme número de hombres y suministros necesarios para liberar Francia y llevar la lucha hasta los mismísimos bigotes de Hitler en Berlín.
Es entonces cuando el jefe del servicio meteorológico británico, James Stagg (Andrew Scott), recibe el encargo de elaborar la previsión meteorológica más trascendental de la historia. Con solo su fiel ayudante, la capitana Kay Summersby (Kerry Condon), en quien confiar, y atormentado por un catastrófico ensayo del Día D, la decisión final recaerá en el comandante supremo aliado, Dwight D. Eisenhower (Brendan Fraser).
La película está adaptada de una obra de teatro de David Haig, al que en 2014 se le encargó la tarea de encontrar un héroe escocés desconocido. Así fue como se topó con James Stagg, el hijo de un fontanero que vivía en un pueblo a las afueras de Edimburgo. Para dotar a Stagg de ese sentido de humanidad tan importante, más allá de su enfoque pragmático de la meteorología, Haig se aseguró de que la película incluyera momentos entre él y su mujer, que está a punto de dar a luz a su primer hijo. Pero el carácter ultrasecreto de su misión le impedía estar con ella durante esas 72 horas críticas.
Si Eisenhower hubiera pospuesto el desembarco, la siguiente ventana viable, en función de las mareas y la luna, no se habría abierto hasta el 17-19 de junio. Precisamente los días en que una enorme tormenta azotó el Canal de la Mancha y destruyó los puertos artificiales de los que dependían los aliados para el abastecimiento. En otras palabras: la tensión en Tiempo de victoria no es fruto de la ficción para crear dramatismo. El margen real entre el éxito y la catástrofe se redujo tan solo al buen hacer de un hombre del tiempo.
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