HÉROES DE ACERO (Dir. Cal McMau)

Taylor está a punto de salir de prisión en libertad condicional tras pasar más de diez años encerrado. Lo único que tiene que hacer para lograrlo es no meterse en problemas durante una semana. Sin embargo, cuando le asignan como compañero de celda a un problemático preso llamado Dee, su oportunidad de ser libre corre peligro.

El director Cal McMau nos lleva al brutal mundo carcelario de Inglaterra a través de la visión de los guionistas Hunter Andrews y Eoin Doran. Se trata de un ambiente hostil al que se añade un nuevo elemento: la tecnología.

Mediante el uso de dos relaciones de aspecto distintas, tenemos dos puntos de vista dentro de la historia: el nuestro como espectadores y el de los propios presos, gracias al papel tan importante que la película concede a los teléfonos inteligentes. Esta alternancia se convierte en una herramienta narrativa bastante curiosa. El recurso aporta a la película una visión única y muestra cómo prácticamente todos los presos están completamente insensibilizados ante la violencia. Incluso se regodean en ella.

El personaje de Taylor, interpretado por David Jonsson, es el centro sobre el que gira toda la película. Taylor lleva una década en prisión y se le presenta la oportunidad de salir por fin en libertad condicional. Jonsson interpreta a un personaje muy perjudicado y cohibido, que se deja amedrentar y carece de esperanza hasta el momento en el que recibe la noticia. Salir significa poder ver por fin a su hijo, que ha crecido sin él.

Hombres de acero ofrece una nueva mirada al mundo carcelario y presenta una visión única mediante el uso de la tecnología como elemento narrativo.

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NOTA: La fotografía publicada en este artículo es propiedad de sus autores.

POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS (Dir. Sébastien Vaniček)

Tras la trágica muerte de su esposo, Alice viaja a una casa aislada para reunirse con su familia política en una comida en su memoria. Lo que debía ser un encuentro de duelo se transforma en una pesadilla claustrofóbica cuando tensiones no resueltas desatan una fuerza demoníaca que posee a los presentes, convirtiendo la vivienda en una trampa sin salida.

La situación parece la típica dinámica que el cine de posesiones ha repetido durante décadas. Un grupo de personas atrapadas en una localización aislada defendiéndose de una infección sobrenatural. Sin embargo, Vaniček utiliza precisamente esa estructura de reencuentro fallido para darle la vuelta poco a poco.

Todo cambia cuando nos damos cuenta de que el verdadero peligro no son solo las entidades que gritan desde las sombras, sino los propios lazos de sangre corrompidos.

La película utiliza el elemento sobrenatural y la mitología de la saga para acercarse a algo bastante más incómodo. Poco a poco queda claro que el centro de la historia no es la magia negra ni la aparición de reliquias antiguas. Es el miedo al dolor familiar y a la toxicidad heredada. Cuando las puertas de la casa se cierran y la locura se contagia entre los comensales, la vivienda deja de sentirse como un espacio de recogimiento para convertirse en una ratonera emocional.

Al final, la película funciona como una mirada bastante clara a nuestra propia fragilidad ante la pérdida. Sugiere de forma muy inteligente que los peores monstruos a menudo se alimentan de los secretos que intentamos esconder a quienes se supone que más nos quieren.

A medida que la posesión avanza y las mutaciones se extienden, las decisiones desesperadas que toman para intentar sobrevivir los unos a los otros terminan convirtiéndose en uno de los motores principales y más dramáticos de la cinta.

Aunque estemos ante una maldición demoníaca, el verdadero terror aparece en algo mucho más cercano. La idea de que la familia que debería protegerte tras una tragedia pueda convertirse en tu peor pesadilla. Ahí es donde la película encuentra gran parte de su fuerza. Porque detrás del festival de sangre y de los elementos clásicos de la franquicia, Sébastien Vaniček construye algo que funciona sorprendentemente bien.

Una película APTA para los amantes del género.

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EL SUEÑO AMERICANO (Dir. Anthony Marciano)

Jérémy y Bouna se conocen en una cancha de baloncesto: ambos son jugadores retirados y tienen una pasión común por el deporte, así que pronto empiezan a pensar cómo poner eso al servicio de sus carreras.

La idea es convertirse en agentes de deportistas incipientes pero en cuanto uno de ellos despunta, se lo llevan otros con más experiencia y tablas en la NBA. En pocas palabras, son dos desconocidos aunque pueden ofrecer dos factores diferenciales: un trato mucho mucho más cercano y una lengua común.

Estamos ante una película con mensajes positivos sobre la resiliencia, la amistad, la perseverancia y el trabajo duro. El sueño americano es una película de las que tienen mucho más calado que otras que se estrenan con fuerte campaña de promoción y además están ancladas en la realidad.

Está tras ella el cineasta Anthony Marciano que hace honor a su apellido y a veces no parece de este planeta, simplemente por la forma tan humana de componer a unos personajes entrañables de los que te enamoras desde un primer instante porque son falibles, tridimensionales y derrochan una simpatía singular. Es fácil empatizar con ellos e incluso identificarse con lo que les ocurre.

Una de las razones es que tienen referentes reales sólidos: Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana, dos soñadores que pelearon con uñas y dientes para convertirse en los agentes franceses más influyentes de la NBA después de un larguísimo periplo tratando de hacer su negocio viable y de endeudarse hasta las cejas para lograrlo, poniendo en jaque incluso sus relaciones personales.

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OMAHA (Dir. Cole Webley)

Tras una tragedia familiar, los hermanos Ella y Charlie parten junto a su padre en un viaje que los lleva a descubrir paisajes desconocidos y nuevas experiencias. A medida que avanzan, enfrentan desafíos que ponen a prueba su vínculo familiar y su capacidad de adaptación.

Ella empieza a percibir que la realidad no siempre coincide con las apariencias y que detrás de cada encuentro y cada lugar se esconden secretos y lecciones inesperadas. La aventura se convierte así en un camino de crecimiento, comprensión y descubrimiento personal para toda la familia.

Sorprende la fuerza de este duro film en que apenas pasa nada, pero pasa todo. Webley, director de cortos y reportajes publicitarios, exhibe una gran sensibilidad al sugerir los sentimientos de los tres personajes principales, el padre con su cruz a cuestas, la niña, más madura, que intuye algo, y el niño despreocupado, para el que ese viaje es nada más ni nada menos que una aventura.

La película tiene trazos impresionistas, se compone el viaje de pequeñas experiencias gozosas pasadas juntos en familia, donde los tristes ojos de Martin lo dicen todo, está tratando de arrebatar al tiempo ratos de dicha que pronto serán, quizá, sólo un recuerdo.

El cineasta atrapa sensaciones inefables con el modo en que une los planos o según transcurren las conversaciones, unos fuegos artificiales en el cielo o la devolución de un artículo en el supermercado, los tickets de beneficencia se están agotando, dicen mucho, aunque no lo parezca. No se puede hablar mejor del desgarro interior con tanta sobriedad.

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DREAMS (Dir. Michel Franco)

Fernando (Isaac Hernández), un joven bailarín de ballet mexicano, sueña con el reconocimiento internacional y una vida en Estados Unidos. Creyendo que le apoyará su amante Jennifer (Jessica Chastain), una filántropa de la alta sociedad, lo deja todo atrás. Sin embargo, ella hará lo que sea para proteger el futuro de ambos y la vida que ha construido.

Los McCarthy, el patriarca Michael, y sus dos hijos Jennifer y Jack, están al frente de una fundación de mecenazgo de las bellas artes, todas las disciplinas encuentran su respaldo. Así, una academia de ballet e México cuenta con su padrinazgo. Precisamente el talentoso bailarín Fernando Rodríguez se forma allí, y ha iniciado una tórrida relación con Jennifer. Cuando intenta hacer realidad su sueño americano y cruza ilegalmente la frontera, continúa la relación, pero en secreto, Jennifer cree que su familia no lo entendería, y que dañaría irremediablemente su imagen. Esto hiere al sensible Fernando, que la abandona, pero ella se empeña en seguir con él.

El obvio propósito de Franco consiste en denunciar las trabas que encuentran los foráneos que tratan de afincarse en Estados Unidos, y las diferencias de clase, xenofobia y discriminación que padecen los hispanoamericanos por parte de los ricos y pudientes blancos.

En el film hay escenas de danza y ballet, los duros ensayos, pero en realidad aquello parece más bien una metáfora de los talentos y el valor de una persona, poseídos independientemente de su raza, que poco tienen que hacer frente a la azarosa situación de haber nacido en una cuna privilegiada, es más, pueden quedar hechos fosfatina, si algún desaprensivo se pone a ello.

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LOS MÚSICOS (Dir. Grégory Magne)

Astrid Thompson está a punto de alcanzar lo imposible y hacer realidad el gran sueño de la vida de su padre: reunir cuatro legendarios violines Stradivarius para un único e histórico concierto que mantiene en vilo a los amantes de la música de todo el mundo. Sin embargo, la magia de los instrumentos se topa de frente con la cruda realidad humana. Lise, George, Peter y Apolline, los cuatro virtuosos de renombre internacional contratados para la ocasión, resultan ser una combinación explosiva.

Incapaces de tocar una sola nota en sintonía, las partituras vuelan y los ensayos se convierten en un campo de batalla donde los choques de ego, las excentricidades y las rivalidades del pasado amenazan con arruinar el evento antes de que empiece.

Con el tiempo en contra, la prensa encima y el prestigio de su familia pendiendo de un hilo, Astrid se ve obligada a tomar una decisión desesperada. Deberá localizar y convencer al único hombre capaz de poner orden en ese caos: Charlie Beaumont, el brillante pero huraño compositor de la partitura. El problema es que Charlie lleva años retirado del mundo, y obligarlo a lidiar con cuatro divos de la música clásica será una hazaña casi tan difícil como afinar los propios Stradivarius.

Lo que comienza como un ambicioso proyecto musical acaba convirtiéndose, sobre todo, en una historia sobre las dificultades de convivir, escuchar y trabajar con los demás. De este modo, la película construye un relato que trasciende el ámbito de la música clásica para hablar de las relaciones humanas. Todos los artistas poseen unas cualidades musicales extraordinarias, pero pronto queda claro que la excelencia individual no basta cuando el objetivo exige colaboración. El principal obstáculo no es la falta de capacidad, sino el peso del ego, las diferencias de carácter y la dificultad de comprender al otro.

Los músicos ofrece una reflexión sencilla, pero valiosa, sobre la cooperación, la escucha y la necesidad de dejar a un lado el ego para construir algo verdaderamente bello. Sin grandes sorpresas narrativas, encuentra precisamente en esa humanidad cotidiana su principal virtud y recuerda que algunas de las mejores obras solo pueden surgir cuando el talento individual se une al de los demás.

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UN TAXI EN TOKIO (Dir. Yoji Yamada y Yuzo Asahara)

Koji, un taxista de Tokio con problemas económicos, acepta el encargo de llevar a Sumire, una mujer japonesa de 85 años, a la residencia donde vivirá a partir de ahora. Durante el trayecto, el conductor la acompaña por distintos lugares de la ciudad marcados por los recuerdos de la anciana. A medida que avanzan por Tokio, ambos compartirán confesiones, heridas y momentos de vida que les llevarán a crear un vínculo inesperado.

La película es un remake de Driving Madeleine (Christian Carion, 2022), en la que un taxista parisino y una anciana recorrían París antes de que ella ingresara en una residencia. Yamada traslada la historia a Tokio pero lo esencial permanece: la ciudad que archiva y desencadena las memorias; la necesidad de la anciana de reafirmar su identidad compartiendo su historia, buscando distracciones y excusas porque se dirige a un sitio donde no quiere ir. Ella se aferra a la vida que tuvo, reforzando su identidad y sus recuerdos, mientras se dirige hacia una residencia que la convertirá en una anciana más. Se mira en su pasado porque su futuro se estrecha.

En Un taxi en Tokio no parece que los planes de la pasajera estén demasiado definidos, en consecuencia, los recuerdos van naciendo a medida que la ciudad los provoca. Es curioso ver cómo la cortesía y la distancia propias del trato entre desconocidos en Japón se van disolviendo kilómetro a kilómetro. La señora distinguida y férreamente correcta del principio se va convirtiendo en una persona con una historia única y casi improbable, con una identidad fuerte que asoma, arrolladora, entre las rendijas de su control y su elegancia.

Tokio, sus encantos y sus secretos, se van desplegando ante nuestros ojos en un remedo de la vida, comenzando por un cálido mediodía y va entrando en un melancólico atardecer y, al final, una noche cerrada. Los paisajes se van cerrando, desde una ciudad llena de posibilidades hasta un lugar del que no es posible escapar. En el último acto, el director nos indica con delicadeza cuándo Un taxi en Tokio pasa a ser un cuento, con un sutil cambio de luz que nos señala que ha llegado el momento de aceptar algo un poco mágico.

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LA ÚLTIMA TRAVESÍA (Dir. Brandt Andersen)

Dividida en cinco apartados: La doctora, El soldado, El traficante, El poeta y El capitán, la película entrelaza las historias de cinco desconocidos para ofrecer, dentro de la tragedia, un poderoso retrato que trasciende fronteras y habla de empatía, sacrificio, esperanza y supervivencia.

La película muestra la ciudad siria de Alepo, devastada por un interminable conflicto. Ante esa situación, una médica se ve obligada a huir de la guerra con su hija pequeña, una decisión desesperada que cambiará para siempre su destino y el de otros cuatro desconocidos, unidos más allá de las fronteras.

En su camino se cruzarán un contrabandista dispuesto a todo por salvar a su hijo; un soldado dividido entre el deber y la conciencia; un poeta en busca de un lugar al que llamar hogar, y un capitán de la guardia costera atrapado entre la ley, el deber y la compasión.

Inspirada en el cortometraje nominado al Óscar Refugee, del director, guionista y productor Brandt Andersen, La última travesía tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde recibió el Premio Amnistía Internacional.

Andersen dirige un reparto encabezado por Omar Sy, al que acompañan Yasmine Al Massri, Yahya Mahayni, Ziad Bakri, Constantine Markoulakis y Jason Beghe.

Este reparto coral da vida y credibilidad a unos personajes cuyas existencias acabarán cruzándose durante una noche decisiva en el Mediterráneo para dejarnos ante una propuesta conmovedora: un ejercicio cinematográfico contundente con un corolario que invita a la reflexión.

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EL ARQUITECTO (Dir. Stéphane Demoustier)

Año 1983. El nuevo gobierno francés de François Mitterrand convoca el mayor concurso de arquitectura de la historia. Codiciado por todos los grandes estudios internacionales, el ganador es, sorprendentemente, un absoluto desconocido: Johan Otto von Spreckelsen, un profesor de arquitectura de Copenhague.

Hasta entonces, este danés de cincuenta años solo había construido cuatro edificios: su casa y tres pequeñas capillas. De la noche a la mañana, ‘Spreck’ se convierte en el centro de todas las miradas. Y lo más importante, va a liderar un proyecto colosal con enormes expectativas políticas y económicas: la construcción del Arco de la Defensa de París.

Todo está estructurando con el juego de contrastes entre la integridad artística de Spreck, que quiere mármol que se vuelva rosado al atardecer, y que el cubo nunca deje de ser un cubo, y cuestiones más pedestres como los costes y el cambio de gobierno, que obliga a una situación de cohabitación con partidos distintos en el poder.

Durante este proceso la vida del arquitecto se complica hasta causarle problemas en su matrimonio.

Demoustier aborda esta cuestión (y otras) sin estridencias, suavemente, con un enfoque que recurre a un humor puntual de situaciones algo surrealistas, que hace pensar en el cine minimalista de Aki Kaurismäki.

La puesta en escena es vistosa, ya sea en los pasajes de la obra en construcción o en la visita a la cantera italiana de donde salió el mármol usado por Miguel Ángel para su célebre Piedad.

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LA SONRISA DEL MAL (Dir. Paolo Strippoli)

Remis es un pequeño pueblo enclavado en un valle aislado en las montañas. Sus habitantes son excepcionalmente felices. Parece el destino perfecto para el nuevo profesor de educación física Sergio Rossetti, atormentado por un pasado misterioso. Al poco tiempo de llegar, el profesor descubre que tras esta aparente serenidad se esconde un ritual inquietante: una noche a la semana, los aldeanos se reúnen para abrazar a Matteo Corbin, un adolescente capaz de absorber el dolor ajeno. El intento de Sergio por salvar al joven despertará el lado oscuro de la comunidad.

El desarrollo de esta película es más cercano al cine dramático independiente que a otra cosa, pero consigue ser benevolente con el género y terminar plasmando su idea sumergiéndote en un relato que no se aleja en exceso del terror clásico y sobre todo con un marcado aire de pesadilla.

Son más que claros los componentes que remiten a la literatura de Stephen King, ya no solo por la naturaleza sobrenatural que maneja, sino por el entramado de personajes y la ubicación donde se desarrolla la trama.

El filme es técnicamente potente, ya que experimenta en no pocas ocasiones con planos aberrantes, tomas en holandés o desenfoques locos que le aportan dinamismo visualmente y sienta las bases definitivas para acabar de transformar un drama familiar en una oscura propuesta de terror encubierto. 

Su duración de dos horas parecerte demasiado, sobre todo hacia el tramo del desenlace, donde todo parece enmarañarse en exceso. Con todo, no pierde el ritmo y cierra de forma sorprendente un relato que debemos dejar reposar durante varias horas o días para comenzar a sacar conclusiones sobre la intriga que plantea.

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