LA LIBRERÍA (Dir. Isabel Coixet), por Yolanda Aguas

“Si alguien me regala un libro que no conozco, y eso es difícil -presume-, si me abre esa ventana, empiezo a ver a quien me lo ha regalado de otra manera”. (Isabel Coixet, 2017)

“La librería”, basada en la novela homónima de Penelope Fitzgerald, cuenta cómo Florence Green (Emily Mortimer), viuda de un soldado de la Segunda Guerra Mundial, consigue abrir una librería en un viejo edificio de Hardborourgh (Inglaterra), en contra de la opinión de la reputada y caprichosa Violet Garmart (Patricia Clarkson), que quiere abrir allí un centro de arte.

Lo que parece una decisión sencilla y casi poética de la mujer se convierte en misión imposible; a Florence sólo le ampara un ilustrado vecino (Bill Nighy) con el que mantiene una deliciosa relación casi platónica.

Todos sabemos que Isabel Coixet es una gran lectora. Esas lecturas preferidas han estado presentes en su obra a lo largo de los años. De imborrable recuerdo para mi, su trabajo en la dirección de la obra teatral: “84 Charing Cross Road”, que se estrenó el 1 de octubre de 2004 en el Teatre de Salt de Girona, dentro del Festival Temporada Alta, para luego ir al Teatre Romea de Barcelona, antes de una larga gira en castellano por muchas ciudades de España. La protagonizaron, la gran Carme Elias y Josep Minguell.  Era la adaptación teatral del libro escrito por Helene Hanff.  Mientras escribo estas líneas, tengo a mi lado un ejemplar de la novela, dedicado por la Elias y la Coixet.

Precisamente, en “La librería”, hay una evidente conexión con la novela de Hanff, en esas secuencias cuando Florence Green le envía los libros al ilustrado vecino.  De igual manera, pero al revés, el empleado de la librería situada en 84, Charing Cross Road le enviaba los libros a la escritora americana, naciendo entre ellos una entrañable amistad.

Otro ejemplo de su amor a los libros fue la exposición que Coixet creó hace unos años. Rendía homenaje a su gran amigo John Berger (a quién dedica su película “La librería”). Se inauguró en abril de 2009 en Arts Santa Mònica de Barcelona. Una exposición basada en el texto “De A para X” de John Berger en homenaje al autor. En el recorrido de la muestra, diseñado por Benedetta Tagliabue, se escuchaban las cartas seleccionadas de forma totalmente emocional. El proyecto titulado “De I para J” como guiño al artista, era una experiencia sensorial del texto sobre Aida, una mujer que escribe cartas a un hombre que está en la cárcel y que tiene prohibido responder.

Pusieron sus voces grandes actrices: Mónica Bellucci, Patricia Clarkson, Sarah Polley, Leonor Watling, Julie Delpy, Isabelle Huppert, Sophie Calle, Penélope Cruz y Tilda Swinton. “Un mosaico de Aidas que conforman a una sola”, como lo definió la directora.  En la versión en catalán, todas las cartas fueron leídas por Carme Elias.

Regresando a la película, un protagonista más de “La librería” es el escritor Ray Bardbury, autor de “Farenheit 451” que el cineasta francés Francois Truffaut llevó al cine, protagonizada por Julie Christie. Quienes vean la película en VOSE, tienen el “regalo extra” de escucharla como la narradora de la historia (sí, ella es la voz en off).  Recordarán que ya colaboró con la Coixet en su gran película “La vida secreta de las palabras”.

La película es un canto al coraje de una mujer, a su valentía, a sus creencias, a sus ilusiones, a su bondad…  Unas ganas de vivir en paz que se ven frenadas por la frustración y envidia de unos seres mezquinos.  Esa clase de personas que todos reconocemos por ser habituales: nada hay peor que la falta de empatía (o sea, la presencia de la maldad).

Patricia Clarkson, magnífica actriz, interpreta a la odiosa Violet Garmart.  Tiene una escena memorable con Bill Nighy: no se pierdan la ira en su rostro (apenas perceptible). Es insuperable.

Bill Nighy y Emily Mortimer crean juntos unas escenas plenas de sensibilidad, de complicidad, de amor.

La fotografía, delicada y preciosa, de Jean-Claude Larrieu y la bella música compuesta por Alfonso de Vilallonga completan el milagro de esta obra maestra.

Leerán en casi todas las críticas definiciones de “La librería” como: pulcra, meticulosa, delicada, muy humana, hermosa, vibrante, cargada de razón y de esperanza, de libros y soledades, acertados matices y tono, magistral…

Todas son ciertas, y yo sólo puedo añadir ante su mejor película: ¡Moltes gràcies Coixet¡

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NOTA: Las fotografías oficiales de “La librería” insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

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NUESTRA VIDA EN LA BORGOÑA (Dir. Cédric Klapisch), por Yolanda Aguas

Jean dejó la mansión familiar hace diez años para dar la vuelta al mundo. Asentado finalmente en Australia, decide regresar cuando su padre, un reputado viticultor con quien no se ha llevado bien, está a punto de morir. Tras el deceso del patriarca tendrá que acordar con sus hermanos el reparto de la herencia, que incluye varias hectáreas de viñedos; una cuestión difícil de resolver.

Un estreno que resulta ser el trabajo más logrado del director Cédric Klapisch (“Una casa de locos” y  “Las muñecas rusas”), pero que no me entusiasma.

Sin embargo, este film es otro ejemplo de la autocomplacencia que tanto abunda en el cine francés… Klapisch, despliega aquí una serie de anécdotas en torno al relevo generacional en una familia de vinateros de la Borgoña: al morir el padre, sus tres hijos deben aprender a cuidar del negocio.

Lo único que me resulta interesante de este film son la música, las imágenes y la puesta en escena desplegada por Klapisch luchando para marcar el terreno y las estaciones que se suceden.

Pio Marmaï, Ana Girardot y François Civil consiguen hacer real la fuerza de los lazos que les unen, a quienes se suma, muy convincente, María Valverde.

Los personajes se pasan la vida de catas, con el consiguiente aburrimiento para el espectador.

No sé…  pienso qué podría contarles para salvar esta película, pero no se me ocurre nada. Lo mejor que pueden hacer es coger una película de su colección privada, tal vez…  “Días de vino y rosas” (por aquello del alcohol, ya me entienden).  Aprovecharán mejor su tiempo.

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NOTA: Las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

FERNANDO CAYO (Entrevista), por Yolanda Aguas

Es un actor de trayectoria profesional forjada, principalmente, en el teatro.  Sus trabajos en cine y en televisión, le han dado una gran popularidad entre el público.  Es un actor de fondo, un actor total.

Voz maravillosa (de las más bonitas de nuestra escena) y una mirada azul penetrante que cautiva.

Casi no dispone de tiempo, pero nos cita en el Teatro de las Esquinas de Zaragoza al finalizar el monólogo que interpreta actualmente: “El príncipe de Maquiavelo”.

Debido a tus trabajos en televisión, “La señora”, “14 de abril, la República”, “El caso. Crónica de sucesos”, “Mar de plástico” o, más recientemente, “Amar es para siempre”, eres un actor muy conocido.   ¿Cómo llevas la popularidad que proporciona la televisión? ¿Lo consideradas un “peaje” y/o te llega a desagradar en algunos momentos?

No, no me desagrada. Es algo que forma parte de la profesión y lo intento vivir con la mayor naturalidad posible. Además, muchas veces esa popularidad es lo que atrae a la gente al teatro. Siempre que la gente sea educada y respetuosa, yo feliz de que me saluden o me pidan fotos.  Estoy encantado.

Has interpretado en tres ocasiones al rey emérito Juan Carlos I, todas para la televisión. En “20-N, los últimos días de Franco” (2008), en “Adolfo Suárez” (2010) y, por último,    en “23 F: la película” (2011).   No es lo mismo interpretar un personaje histórico alejado en el tiempo y del que no hay imágenes a otro al que todo el mundo conoce muy bien.

¿Cuál fue la principal dificultad para interpretar ese papel?

Precisamente ése, que el público iba a ponerte en el punto de mira porque conocen muy bien al personaje.  Iban a juzgar mi trabajo, si me parecía o no… etc.  Sobre todo la primera vez, que fue en un trabajo junto a Manuel Alexandre, “20-N, los últimos días de Franco” con dirección de Roberto Bodegas.

Nosotros optamos por hacer una recreación del personaje y que no fuera una imitación. Queríamos que fuera una sugerencia del personaje y que el espectador pusiera el resto.  Creo que en ese sentido acerté porque luego las críticas fueron muy buenas.  Y las otras dos veces que lo he interpretado igual…

Tienes una gran responsabilidad pero al mismo tiempo tienes una gran cantidad de material para inspirarte y para trabajar el personaje.

¿Has sabido si él vio tus trabajos y qué opinó de ellos?

No, directamente no.  Sé que cuando presentamos la de “Adolfo Suárez”, estuvo unos días antes en Antena 3 y comentó algo así como: “Este chico lo hace bien”.  Eso es lo único que comentó, pero nada más… (ríe).

Yo creo que sobre todo lo que intentas es mostrar lo que, se supone, que no ha visto la gente. Los momentos privados, qué es lo sentía y lo que vivía el personaje.

¿Hay algo que te incomode de tu profesión?

Quizá que haya sectores, sobre todo de la política, que no se tomen en serio la cultura. Y luego la intermitencia para trabajar que tiene esta profesión.  No tanto para mí, la verdad es que me siento muy afortunado y he tenido trabajo durante toda mi vida en cine, teatro o televisión.  Cuando no lo he tenido he producido mis propios espectáculos con lo cual nunca he tenido esa sensación de paro absoluto. Sin embargo hay muchos compañeros que sí sufren esas intermitencias.

Esa situación en otros países está cubierta y está prevista, como en Francia. En España no se nos considera ni fiscalmente ni a nivel de seguridad social como al resto de los trabajadores puesto que nuestras características laborales son distintas.

Yo, por una parte, creo que todo proviene de una necesidad de hacer una revolución social y cultural, sobretodo en nuestro país.  Nosotros no hemos vivido la Revolución Francesa, pasamos de puntillas por la Ilustración, no hemos tenido una auténtica revolución industrial, hemos tenido gobiernos corruptos y caciques durante muchos siglos y eso todavía nos pesa.  Por el eso el Centro Dramático Nacional de Francia (Comédie-Française), se creó en 1648 y nuestro Centro Dramático Nacional se creó en 1978.  Llevamos siglos de atraso a nivel cultural y esto, evidentemente, lo padecemos los profesionales del teatro.

Me congratula mucho el que haya un público que llene las salas de teatro y que sigue apreciando y disfrutando de la ficción en televisión y cine,  y que siguen apoyando el cine español con todas las dificultades que está pasando.

El trabajo de un actor es muy complejo.  Pasa por diferentes momentos durante la creación de un personaje.  ¿Qué partes íntimas puede llegar a tocar de la persona que hay detrás del actor?

Para mí hay personajes que te impregnan más y de los que sales más tocado.  Por ejemplo, cuando yo terminaba el monólogo de “Inconsolable” que hice en el CDN (Centro Dramático Nacional) sobre textos de Javier Gomá y dirección de Ernesto Caballero, era un espectáculo que tocaba mucho la muerte del padre.  Ese trabajo me remitía mucho a mi propia experiencia y además era casi autobiográfico. Las vivencias de Javier Gomá y las mías han sido bastantes similares. Era un monólogo del que salía muy tocado, pero eso no quiere decir que luego salgas transformado en el personaje ni que llegues a tu casa mal.

Sí que, de alguna manera, se mueven ciertos sentimientos, ciertas cosas que están.  Yo creo que también es la grandeza del arte de la interpretación, si lo vives con profundidad esto es un camino de crecimiento personal. Cada unos de los personajes te sirven para recorrer tu propia vida. De esa manera, si lo haces de una manera sincera, profunda y auténtica, el espectador se siente también impregnado. En ese acto de espejo que tú estás haciendo él puede verse reflejado a sí mismo.

Cada interpretación es una reflexión sobre los recorridos humanos. Me viene a la memoria mi trabajo en “Ratones y hombres” de Steinbeck, en una puesta en escena de Miguel del Arco, que protagonizamos Roberto Álamo y yo. Después de esa función yo acababa absolutamente tocado. Emocionalmente tocado, y eso es lo bonito también de este arte si lo vives así.

Estudiaste en Italia con Antonio Fava, en la Scuola Internazionale dell’Attore Comico, que era del método Lecoq. Allí trabajaste con la interacción entre el cuerpo, la voz y la energía. Has manifestado que eso es lo que ha marcado tu recorrido.

¿Cree que la formación es lo más importante en un actor o también aceptas que el talento natural puedo sustituir o reemplazar en cierta medida esa formación?

Siempre se ha valorado esto: ¿Qué es instinto o formación?  Yo creo que no hay elección. Tú no vas a un cirujano que no ha hecho la carrera de Medicina aunque tenga mucho instinto y mucho talento.  Nadie se pondría en manos de un cirujano en esas circunstancias ¿verdad?

Esto es lo mismo, tiene que haber formación y luego tiene que haber instinto, talento, garra o como lo quieras llamar.  Tiene que reunir las dos cosas.

A mí, por ejemplo, la formación me ha dado libertad para poder elegir mis trabajos y poder moverme con soltura entre la comedia, la tragedia y estar actuando en teatro, cine y televisión.

Has manifestado que “la interpretación y la creatividad son un camino de vida, de crecimiento personal, de búsqueda. Me ayudan a comprender mejor el mundo”.

Entiendo por tus palabras que tu profesión no sólo es un trabajo. 

¿Qué es actuar para ti?

Como te decía antes, para mí es un camino de crecimiento personal. Si lo vives así es una manera de enriquecer tu vida, comprender a los seres humanos y transmitir eso a la gente que te va a ver al teatro o que te ve en cualquiera de tus trabajos.

De alguna forma, estás contagiando toda esa sabiduría que tú vas adquiriendo a través de transitar por todas esas psicologías de tus personajes. Es un camino de comprensión de la humanidad.

Como decía Schubert, “el arte sirve para arrojar un poco de luz a la oscuridad del corazón de los hombres”, y ésta es una de mis máximas vitales.

La interpretación puede ser una forma de terapia para un actor, sin embargo… ¿algún personaje o alguna obra ha llegado a perturbarte?

Los personajes con los que hay que tener mucho cuidado son aquellos que llegan a tener mucha negatividad. Digamos aquellos que tienen una parte oscura, una sombra más fuerte.  Para desarrollarlos tienes que profundizar en tu propia sombra, todos las tenemos, y es delicado transitar por ahí. Al mismo tiempo es un gran aprendizaje, porque comienzas a tratar y a convivir con tu sombra y eres capaz de tener una vida más plena, más íntegras y más consciente.

Fernando, ¿de aquellos actores/actrices/directores con los que has trabajado, quiénes te han aportado más enseñanza? ¿A quiénes tienes por referencia?

Todas las personas con las que he trabajado me han aportado algo.  A la hora de elegir un proyecto en el que vas a trabajar, saber quién o quiénes serán tus compañeros es casi determinante. Busco realmente desarrollarme, aprender con ellos.

De todos con los que he trabajado, destacaría sobre todo a los actores y actrices mayores.  Yo siempre he aprendido mucho de los grandes actores que hemos tenido en este país: José Bódalo, José Luis López Vázquez, José María Rodero, Emilio Gutiérrez Caba, Miguel Palenzuela, María Fernanda d’Ocón, Carmen Rossi…

Todos ellos me han dejado una impronta muy potente porque, a lo largo de los años el oficio deja en tu piel, en tu voz, en tu manera de ser y de estar una sabiduría escénica que siempre me ha conmovido.

Borges decía: “La amistad no es menos misteriosa que el amor o que cualquiera de las otras fases de esta confusión que es la vida”.

La amistad y el amor ¿tienen la misma importancia para ti, Fernando?

Son formas de lo mismo ¿no?  Son formas de amor. Para mí el amor engloba muchísimas cosas: la importancia del amor hacia mi hija, que es fundamental en mi vida, el amor hacia mi pareja, el amor hacia mis amigos… porque la amistad no es más que amor y se transforma en tolerancia, en respeto, en comprensión hacia ti mismo y hacia los demás.

Dicen que la felicidad depende, en buena medida, del tipo de gente de la que nos rodeamos. ¿Con qué tipo de personas te gusta estar?

Me gusta estar con gente inteligente, con gente sensible, con gente respetuosa, con gente que se apasione por las cosas.  Con gente divertida, pero sobre todo tienen que tener sensibilidad e inteligencia.

En 2009-2010, “La Señora”, y en 2011 “14 de abril, la República” interpretaste a un anarquista: Ventura Ascado.

Háblame de estos dos grandes trabajos… No te pido que te definas políticamente, pero ¿tienes alguna proximidad con los valores que representaba Ventura Ascado?

Totalmente, sí.  Además fue una aventura muy bonita porque mi personaje estaba inspirado en Buenaventura Durruti, el activista-anarquista de aquellos años que tuvo una vida muy potente. Era un luchador por la libertad entendida en su máxima expresión.

La verdad es que sí que hay muchas cosas que tienen que ver con eso ¿no? Sí que tengo un sentido muy combativo de la vida, y al mismo tiempo soy alguien que está muy sujeto al amor como también estaba sujeto Ventura (mi personaje).  Vivía entre esa dualidad, entre su ideología y el amor que sentía por el personaje interpretado por Lucía Jiménez.

Sí que me siento identificado con mi personaje en muchas cosas. De alguna forma, esa dualidad también está en el Segismundo de “La vida es sueño” que también es uno de los personajes que más me han marcado. Es una dualidad entre lo visceral y luego el amor y el deseo.  Las pulsiones casi animales y luego la necesidad de cumplir con una ideología o con cierta rectitud en la vida.

Sigues interpretando “El príncipe de Maquiavelo” en teatro.  Una dramaturgia que recoge fragmentos de otras obras de Maquiavelo como Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Del arte de la guerra, La mandrágora y correspondencia personal del autor. Para que este puzle encajase, el director quitó “muchas referencias históricas a gobernantes y a ejércitos” del original.   “Es el Maquiavelo en horas bajas, del hombre que, tras tocar la gloria del poder, fue encarcelado y destituido de su cargo con la caída de la república”.

De nuevo interpretas un monólogo (el sexto de tu carrera).

¿Viajar solo en escena es más exigente que hacerlo con otros compañeros?

Es bastante más exigente para mí, sobre todo “antes de”…  Para llegar cómodamente a un monólogo tienes que tener mucha más preparación que con otra función.  Más que nada porque el peso de la hora y diez minutos en este caso, y de la hora y media en el caso de “Inconsolable”, caen sobre ti.

Yo siento un respeto inmenso por el espectador y una de las máximas que dijo Peter Brook es: “El enemigo número uno del teatro es el aburrimiento”.  Eso yo lo tengo como una máxima y mi objetivo es que el espectador no se pueda aburrir conmigo cuando estoy haciendo un monólogo.  Para llegar a eso necesitas mucha preparación, tener el texto absolutamente fluido, integrado el personaje…  Todo eso requiere mucho más trabajo.

¿Cuál es tu ritual en el camerino antes de salir a escena?

Mi ritual es el calentamiento previo a una función.  El calentamiento de voz, el repaso del texto antes de empezar la función o de las cosas que quieras revisar ese día.  Me gusta estar pendiente de todo el atrezo, de que todo esté en su sitio, de que el vestuario esté adecuado…

Me pongo una música que normalmente me suele acercar al sentimiento o a la atmósfera en la que vive el personaje  cuando arranca la función…  Pongo incienso, porque también me ayuda un poco a crear un ambiente de olores y de sensibilidad. Suelo tener cosas que tengan que ver con la energía, tengo vitaminas en mi camerino para que puedan darme energía física también.

Fernando, gracias por concederme esta entrevista.

Nada, muchísimas gracias a ti, ha sido un placer.

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NOTA: Todas las fotografías insertadas en esta entrevista son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PRÍNCIPE DE MAQUIAVELO (Dramaturgia: Juan Carlos Rubio), por Yolanda Aguas

Es cierto que esta obra de teatro, con dramaturgia de Juan Carlos Rubio, no es apta para todos los públicos. Este es uno de los casos en que los creadores deben contar con la complicidad intelectual del público que asistirá a las representaciones.  Y es de agradecer.

Es una obra que fusiona textos de los títulos más conocidos del autor italiano y que da voz a un intenso personaje para demostrar que el poder, sea cual sea la época o la ideología, obedece siempre a las mismas reglas, independientemente del fin y de los medios.

Además de El Príncipe, el montaje de Rubio recoge fragmentos de otras obras de Maquiavelo como Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Del arte de la guerra, La mandrágora y correspondencia personal del autor. El trabajo del director hizo especial hincapié en el pensamiento de Maquiavelo pero quitando muchas referencias históricas a gobernantes y a ejércitos.

Las conspiraciones en los despachos de los políticos, la corrupción de los mismos y de los poderosos, el maltrato a los más débiles…, son algunos de los temas que aborda el texto.

Son palabras pronunciadas por Maquiavelo en el siglo XVI, pero que siguen igual de vivas (o más) en la actualidad.  Existe una evidente conexión con la problemática política de nuestros días.

La escenografía es sencilla pero magnífica. Los elementos sonoros también.

Y esta propuesta teatral cuenta con un actor maravilloso, Fernando Cayo, que ofrece todo un recital interpretativo. Pura maestría.

No nos sorprende, es cierto, el actor vallisoletano de clara y perfecta dicción. Voz profunda y potente, bellísima.  Es una delicia verle interpretar en teatro, cine o televisión.

Le vi hace dos años en los Teatros del Canal en Madrid, y ayer volví a disfrutar como la primera vez.

Fernando Cayo, ha hecho suyo el texto del ensayista y diplomático renacentista, ambientado en un despacho de los años sesenta, y juega divirtiendo y divirtiéndose durante toda la función. Los últimos veinte minutos son insuperables, cuando “el diplomático” ya no lo es, cuando “el leñador” asume su nuevo estatus social.  Una transformación dolorosa, desde cualquier punto de vista.

Sigue la gira, si tienen oportunidad no duden en verla.  Es un regalo para la inteligencia.

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NOTAS:

Las fotografías oficiales de “El príncipe de Maquiavelo” insertadas en este artículos son autoría de Sergio Parra.

Las fotografías de Fernando Cayo saludando al finalizar la función en T. de las Esquinas, son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

 

EL CASTILLO DE CRISTAL (Dir. Destin Daniel Cretton), por Yolanda Aguas

A finales de los 60 un matrimonio y su prole van moviéndose por el interior de Estados Unidos, cambiando de hogar continuamente e intentando salir adelante. La vida de bohemios que llevan está condicionada por la afición del padre a la bebida, capaz de lo mejor y de lo peor con los suyos. Los recuerdos de la hija mediana, afincada en Nueva York y prometida con un joven de buena posición, sirven para introducir los flashbacks de una infancia difícil y contrastarla con la situación familiar veinte años después.

“El castillo de cristal” se inspira en la realidad, pero también se basa en las memorias de Jeannette Walls, el personaje protagonista. Quizá por ello se haya visto más limitado a la hora de abordar la historia, contando para ello con la ayuda de los guionistas Andrew Lanham y Marti Noxon.

Por desgracia, el resultado es bastante desigual al dotar a la película de una estructura episódica que limita nuestra capacidad para sentir empatía hacia lo que sucede en pantalla. Los saltos en el tiempo son constantes para intentar así ilustrar cómo el personaje de Brie Larson se ha convertido en la mujer que es en la actualidad, pero lo que se consigue es que “El castillo de cristal” nunca tenga un ritmo cinematográfico estable.

Destaco el gran trabajo de Woody Harrelson (aunque es un actor que nunca me ha entusiasmado), encarnando a la perfección a un espíritu libre e ingenioso, pero que se deja vencer por la adicción al alcohol. En esa representación del sueño americano frustrado, de la rebelión frente al sistema y del contacto con la naturaleza, le acompaña Naomi Watts (inolvidable protagonista de esa joya cinematográfica que es “Mulholland Drivede David Lych), con otra actuación magnífica.

Brie Larson (‘La habitación’) defiende su papel con solvencia.

Película que se queda en la “tabla media”, que no es poco para lo que se produce en nuestros días.

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NOTA: Las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

EL TERCER ASESINATO (Dir. Hirozaku Kore-Eda), por Yolanda Aguas

Cuando pensaba que nada podía incrementar la belleza de las películas de Hirokazu Kore-Eda, el maestro japonés nos regala, además de sus habituales encuadres insuperablemente bellos, la música del magistral Ludovico Einaudi.

¡Cómo si su cine lo necesitara¡  Pero la maravillosa y envolvente música de Einaudi está ahí para que la proyección sea todavía más inolvidable.

Como es habitual en el cine de Kore-Eda, su última película “El tercer asesinato” reúne casi todos los componentes de su filmografía: reflexiones sobre la condición humana, relaciones familiares, protección a la infancia, tradiciones ancestrales, compasión y verdad.  Puro sentimiento.

El que hasta ahora es considerado digno heredero del mejor cine japonés, y ferviente admirador de Ozu, se está convirtiendo (¡atención¡) en un gran maestro del cine que, quizá,  algún día iguale a Ozu.

Esta categoría no se adquiere fácilmente. Kore-Eda sabe manejar el tempo narrativo como nadie, plantea dudas (especialmente las morales), entretiene al espectador, y, por si fuera poco, emociona con sus historias.

Nada hay mejor y más efectivo que dosificar el talento creativo, y él lo hace como nadie.

El conocido abogado Shigemori (Masaharu Fukuyama) defiende a Misumi (Koji Yakusho, veterano actor, habitual de Kurosawa), un hombre que cometió un doble asesinato treinta años atrás y que ha vuelto a matar. Las posibilidades de ganar el caso son escasas, ya que Misumi reconoce ser culpable, a pesar de que esto signifique la pena de muerte. Pero conforme el abogado Shigemori empiece a conocer a su defendido, y escuche los testimonios de su familia, el abogado empezará a cambiar su perspectiva del caso y llegará a dudar de la culpabilidad de su cliente.

La relación entre el acusado y su defensor es ambigua y profunda sobre el comportamiento humano, en la que están presentes unos diálogos inteligentes. Sus encuentros son fascinantes, especialmente porque Kore-Eda usa la cámara y la luz de forma espectacular. No quiero hacerles spoilers, pero ¡qué plano final¡

Y en esta película de “género”, pueden estar tranquilos los seguidores habituales de su cine, el tratamiento de las relaciones familiares y la esmerada atención a la infancia no podían estar ausentes.  Tampoco el sentido del humor (escena de la anciana).  La familia se reúne y juega con la complicidad (física y estética) de la nieve. ¡Qué encuadres tan bellos y deslumbrantes¡ ¡Y qué música de Ludovico Einaudi¡

La película también es una reflexión sobre el funcionamiento de la justicia, de ahí el cambio de género aparente (que no lo es).

La presencia de la joven actriz Suzu Hirose, que protagonizó “Nuestra hermana pequeña” nos recuerda que Kore-Eda sigue firme en sus planteamientos creativos.  Su humanidad, su compasión y su forma de creer en el ser humano nunca estarán ausentes en sus maravillosas películas.  Por eso le amamos.

“El tercer asesinato” es otra obra maestra. 

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NOTA:  Las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

MÍRIAM ISCLA (Entrevista), por Yolanda Aguas

En Catalunya está considerada como la actriz que más ha crecido profesionalmente en los últimos años. Ha encadenado grandes interpretaciones, plenos absolutos de éxito en crítica y en público.  Se ha ganado el respeto y la admiración de todos.  

Nos sentamos en la primera fila del patio de butacas del Teatro Principal de Zaragoza. Está completamente vacío, quedan dos horas y media para que comience la representación de “Troyanas”.

Le entrego mi ejemplar del libro ANNA LIZARAN, editado en 2014 por Viena Edicions (Ver nota al finalizar esta entrevista).  Le pregunto si me puede leer el texto que ella escribió para el capítulo: L’Anita de tots.  Asiente y comienza a leer: “Estimada condesa de Narazil…”.  

Escucho sus palabras, son leídas serenamente pero con emoción. Me siento privilegiada…

Míriam, ¿puedes explicarme el origen de este texto?

Sí. Es un texto que escribí yo.  Cuando se proyectaba el libro nos pidieron, a distinta gente que conoció o tuvo relación con Anna, que escribiéramos alguna cosa.  Yo me escribía cartas con ella, Nazaril es Lizaran al revés y Alcsi es Iscla al revés.  Hubo una época de nuestra vida y de nuestro encuentro en que nos escribimos cartas.  Nos contábamos cosas siempre alrededor de estas figuras de condesa, duquesa… como que el teatro era un sitio fantasioso en el que podíamos hablar en este tono.  Con este texto yo le mandé mi última carta.

Un día, a la salida de una función de teatro en la que trabajabas, un periodista solicitó a varias personas su opinión sobre la obra y tu trabajo.  Una señora dijo: “Míriam Iscla cada vez está mejor… yo creo que es la nueva Anna Lizaran”.  Cuando lo escuchaste en un programa de radio dijiste: “Anna es Anna… y es Dios y un poquito más.  Yo cada vez intento hacerlo mejor, si lo consigo bien y si no… lo vuelvo a intentar”.

Decir esto es muy inteligente por tu parte.  En primer lugar, porque creo que nadie debe ocupar el lugar de Anna Lizaran. Anna era muy grande, su lugar es suyo y ella se lo ganó. 

Nadie debe ocuparlo, estoy totalmente de acuerdo. Ni debe, ni puede ocupar ese sitio.

Cada actriz tiene su espacio y su lugar en la historia.  En segundo lugar, porque te quitas presión…

Y hay otra cosa, que creo que cuando se muere alguien no deja un hueco que alguien tenga que llenar.  Queda el recuerdo de su trabajo, y eso no es un vacío, eso es algo que está lleno.  No hay nadie que tenga que llenar ese hueco porque ese hueco no existe. Eso es un espacio muy ocupado por el talento de una persona.

Cuando una joven actriz mire la obra de Anna, ¿en qué debe fijarse?

Anna era un animal del teatro. Y además de su talento, Anna tenía una cosa muy bonita: siempre estaba jugando.  El verbo jouer…  Como sabes, ella además estuvo en Francia formándose, estudió allí y ella siempre decía “jouer, jouer, jouer” (jugar, jugar, jugar). Su manera de interpretar siempre estaba basada en el juego. Eso no quiere decir que no estuviera llena de verdad.  Siempre había un punto lúdico en su creación que era muy grande.

Durante diecisiete años formas parte del grupo T de Teatre (que también fundaste junto a otras cuatro compañeras). Actualmente, una nueva generación de mujeres creadoras viene empujando con fuerza.  Víctor Catalá (seudónimo de Caterina Albert i Paradis, y a quien también has interpretado para televisión) escribió “Las mujeres somos las olvidadas de los olvidados”.

¿Tu compromiso profesional y personal para dar voz a las mujeres sigue con la misma intensidad que cuando creaste T de Teatre?

T de Teatre era una compañía que empezó hablando de mujeres con “Pequeños cuentos misóginos”.  Después habló de hombres, de criaturas, hubo ahí un viaje…

A partir de dejar T de Teatre he hecho funciones con personajes femeninos muy importantes.  Y este último año he hecho teatro denuncia, algo que nunca había hecho. Con “Sólo son mujeres” y con el monólogo “Mujer no reeducable”.  En esos dos proyectos, además de ser monólogos (porque al fin y al cabo en “Sólo son mujeres” era la única actriz), y a pesar de tener esa importancia había un plus que era poner voz a mujeres o hacer que esas mujeres no cayeran en el olvido.  Que no formaran parte de “las olvidadas de los olvidados”.  Para mí, estos dos últimos montajes que te he nombrado han sido muy importantes por el plus de valor, por el hecho de poner voz a mujeres que existieron y por reivindicar un lugar en la memoria.

Evidentemente, con todos los papeles femeninos que haces siempre intentas que aflore esa parte importante de la mujer.  En estos casos, además me lo ponían muy fácil.

Míriam, ahora estás de gira por toda España con “Troyanas” con dirección de Carme Portaceli. Defines tu personaje: “Ella conoce  el futuro y se mantiene en una postura, en lo absurdo de la guerra.  Para ella lo sensato es no ser partícipe”.

Como reflexión y postura ante la guerra es muy acertado tu análisis, pero ¿y en la vida? ¿Una persona puede vivir neutral? o ¿crees que hay que tomar partido por tus creencias y asumir las consecuencias, sean buenas o malas?

Sí, no se puede pasar sin respirar. Y es verdad que te acabas posicionando.  Evidentemente te posicionas con dudas, con errores… Con reconocimiento de esos errores, con asumir consecuencias. A veces, con no asumirlas también, porque somos humanos y no podemos con todo.

Yo creo que sí, al final acabas tomando partido porque si no… no estás aquí, realmente no estás respirando.  Entonces, si lo tomas te puedes equivocar, puedes tomarlo incluso con un 50% de dudas pero no te queda otra, incluso luego puedes cambiar.  Estamos en constante movimiento. Yo no digo que el pensamiento que tenga ahora o que tuve hace diez años sea el mismo.  No, para nada…  Y seguramente me equivoco en otras cosas que no esperaba equivocarme, pero sí, hay que tomar partido.

Has trabajado en varias ocasiones con Carme Portaceli.  Me gustaría que me hablaras de “Sólo son mujeres”. ¿Cómo llegó este proyecto a tus manos y qué motivó que te comprometieras con él?

Carme me llamó y me dijo “tengo una obra muy chula, son cinco monólogos y es sobre las mujeres durante la guerra civil”.  Yo le dije. “¡qué bien, qué bien¡ ¿Y quiénes son las otras cuatro actrices?”.  Y me respondió  (reímos…): “no, no… los cinco los haces tú”.

Ella me dijo, hay música, hay danza y hay teatro… Le dije que me parecía muy interesante, nunca había estado en un montaje “multimedia” con esta mezcla de técnicas.  Y volví a preguntarle… y volvió a responderme: “No, no… si te estoy diciendo que tú harás los cinco personajes”.  Me quedé petrificada y le dije: “Carme, tú estás loca…” (sonríe…), y ella insistió: “estoy convencida que tu puedes hacerlo”.

Cuando me pasó los textos me pregunté cómo podría hacerlo, pero Carme Portaceli tenía muy claro el espectáculo y lo que no quería en ningún momento eran transiciones. Yo pensaba en los momentos en que tendría que cambiar de vestuario cada vez que hablara, etc… Realmente le dije, “es que esto tenemos que hacerlo con cuatro cosas que se entienda que cambia el personaje,  no hace falta hacer nada más”.  Ella dijo: “no, no… es que no quiero que hagas nada más. Quiero que hagas una pirueta técnica a la vez,  que puedas ser una, en medio otra, volver a la primera, estar en la tercera… y que todo el mundo lo reconozca y que no se pierda en este tránsito”. ¡Eran cinco monólogos intercalados¡  No había ninguno que empezara y acabara seguido.

Fue un trabajo muy intenso, A nivel creativo fue muy interesante trabajar con Sol Picó, Maika Makovski y Carme Portaceli. Éramos cuatro obsesivas buscando la creatividad: cómo hacer crecer en escena a esas mujeres.

Una de las cosas que destacó la Portaceli de esta obra es que, durante los coloquios, muchos jóvenes os confesaban que se sentían impactados y enfadados porque nadie les había contado esa parte de la historia. Afirmaba “No creo que haya un solo alemán que no sepa quién era Hitler, pero aquí, quienes conocen a Franco son los nietos  de los republicanos”.

¿Cómo viviste este trabajo en “Sólo son mujeres”? ¿Eras consciente que esta obra podía calar hondo en la vida y en la formación de muchos jóvenes?

No sólo en la gente que ha venido a verlo, lo que yo he buscado y he aprendido y que no sabía.  El regalo que tiene el teatro es que en cada función haces un trabajo de investigación que te genera crecimiento. En este caso además hay un plus y es que son mujeres de mi país, es parte de nuestra historia que se puede extrapolar a todas las guerras, a las “Troyanas” también.

¡No sólo lo que ha provocado en la gente que ha venido a ver la obra, lo que ha provocado en mí, lo que ha provocado en los jóvenes¡  La catarsis que se producía en gente mayor…, la generación que vino después de esta gente mayor que vivió la guerra y que han vivido lo que sus madres no contaban, decían: “de esto mejor no vamos a hablar”.

Esos silencios que están siempre alrededor de esta Guerra Civil que tenemos nosotros y que parece que es una guerra que hay que tapar y que sólo se tiene que contar desde un lado porque desde el otro parece que no existió y no merece ser contado.  Por primera vez se cuenta y además, no sólo de la parte que no se debe contar, sino de las mujeres de esa parte que incluso tampoco… “las olvidadas de los olvidados”.

Las mujeres en la guerra civil cuando eran detenidas y metidas en la cárcel no estaban consideradas presas políticas, las trataban como prostitutas o ladronas. Y sabemos que la actividad política de las mujeres era de un 50%, como los hombres.  Somos y formamos una mitad de la historia y esa manía con borrarnos nos va fatal porque no hay manera de crecer.  Y esa manía  de no recordar una guerra desde los dos bandos, nos hace que volvamos a repetir situaciones que hoy en día tienen ecos.  Hablas con gente mayor y dicen “esto que sucede ahora es lo mismo, están consiguiendo lo mismo. Que entre nosotros no nos hablemos, que lo que pienses mejor no hablarlo…”.  Es que mientras estemos empeñados en borrar el pasado, en no leer la página…

Carme Portaceli suele decir en las entrevistas: “Sí, está muy bien pasar página, pero antes habrá que leerla”.  Esa manía de pasar página sin leer no nos permite avanzar.  No se trata de vengarse de nadie sino de que se sepa y todo el mundo podamos tirar hacia adelante.  Lo que pasa es que tiramos hacia adelante con el 100% de volver a cometer los mismos errores porque hemos decidido que eso no pasó. Si hubieran perdido la guerra los otros seguramente sería distinto.

Eres catalana y eres bilingüe.  Has interpretado “Sólo son mujeres” en catalán (TNC, Sala Petita) y “Mujer no reeducable” (Teatre Lliure) y en castellano lo hiciste en el Teatro de la Abadía y en el Teatro Español, respectivamente.  ¿Cómo te sentiste interpretando en castellano?

Realmente, al ser biligüe, siempre piensas en un idioma. Siempre hay un momento crítico cuando cambias el idioma y comienzas a ensayar. Notas que te falta… como el alma. Sin embargo, con estos dos montajes no me pasó esto para nada.  Tuve la crisis, evidentemente, y hubo un momento en que pensé “esto no va a tener esa verdad que tenía en catalán”.  Pero sí la tuvo y entonces lo que me pasó fue justo lo contrario, que no creía que pudiera haberlo hecho en otro idioma… (sonríe).  Eso es lo chulo, no digo ni mejor ni peor sino que tiene su peso, su esencia y cosas distintas porque a veces al cambiar de idioma encuentras ironías donde antes había sequedad.  El catalán es muy seco, es muy cortante…

Es muy bonito…

Sí, es muy bonito, pero corta mucho.  El castellano tiene un gusto… que puede ser más irónico.  Encuentras cosas, ese “toque” que a veces proporciona el cambio de idioma y luego te lo llevas cuando vuelves a hacer el texto en catalán y encuentras que lo ha enriquecido.  Como cuando el catalán enriqueció al castellano.

¿Qué tal te recibieron en Madrid? ¿Cómo han sido esas experiencias?

¡Muy bien¡ En los dos teatros y con los dos montajes.  Son montajes muy potentes, yo creo que la gente que vino a vernos es porque quería verlos.  Por eso el público los recibió desde un sitio muy emocional y muy directo.  Son montajes muy directos, no hay cuarta pared y te revientan el estómago.  La gente se dejó tocar y eso es para lo que yo hago teatro.

Yo te vi en el Teatro Español con “Mujer no reedudable”.  Hay casi una opinión unánime al considerar que podría ser tu mejor trabajo en teatro…

Yo no sé si es el más importante, siempre es el más importante el que haces…  (ríe).

Ahora he terminado la gira en castellano, el fin de semana pasado en Sevilla, y me da una pena… (sonríe) que pienso “’¡no puede ser, quiero hacerlo más¡”.  Sí, es verdad que es un personaje que a mí me encanta interpretarlo. Me gusta interpretarlo.

Es un texto muy interesante y creo que muy necesario, como decía Lluis Pasqual, es teatro “de urgencia necesario”.  Es urgente que no nos olvidemos de según qué cosas.

Has trabajado en cuatro ocasiones con Lluis Pasqual, “Celebración” de Harold Pinter (2010-2011), “Quitt” de Peter Hadke (2011-2012), “El rey Lear” de William Shakespeare (2014 y 2015) y “Mujer no reeducable” de Stefano Massini (2015 y 2017).

Con Lluis he trabajado en cuatro montajes y cada vez hemos ido a más. Claro… él  no me conocía y ahora “ya nos queremos” (sonríe).  Lluis es un hombre con una cultura teatral tan importante que te impresiona mucho.  Con “Mujer no reeducable”, este monólogo, me hizo un gran regalo. Si es chulo trabajar en un montaje que dirige Lluis aunque tengas un papel pequeño, sólo por verle trabajar a él…  pues cuando trabaja sólo contigo es un regalo. Imagínate, no tiene a nadie más a quien dirigir,  nada más que a ti.

Además es un hombre que se vuelve obsesivo y no te deja de la mano en ningún momento. Fueron ensayos muy largos y con muchos “no”.  Él me decía: “No, no, no…” y me decía: “Pero no te lo tomes mal”.  Yo le respondía: “¿Tomármelo mal?  ¡Si a mí me encanta. Vamos a buscar el “S픡  Él trabaja con esa sensación de decir que “no” porque está confiando plenamente en que vas a llegar a otro sitio mucho mejor.

Dos reflexiones del maestro Lluis Pasqual:

Primera: “El teatro se ha convertido en el lugar de reconocimiento de las cosas perdidas”. ¿Estás de acuerdo?

Anna, mi personaje en “Mujer no reeducable”, es un ejemplo, uno de esos sitios.

Segunda: “Cada vez las fronteras entre ficción y realidad son más débiles.  Stanislavski y Chéjov se inventan un sistema de interpretar que sirve de transición del siglo XIX al siglo XX, y hoy está pasando algo parecido.  Ahora ver a un actor a un metro de distancia no es ninguna novedad.  Puedes sentir cómo respira. La palabra personaje tiene fecha de caducidad.  Desaparecerá.  Estamos entrando en una intimidad absoluta”.

Cuando yo hice Anna, Lluis no quería que yo imitara a Anna en ningún momento…  Él me decía “quiero que ya no sepan si quien está ahí es Míriam o es Anna.  Quiero que se confundan, tienes que tener la misma indignación, el mismo terror, la misma obsesión, la misma necesidad de honestidad, el mismo miedo, el mismo “todo” que Anna para que no sepan dónde empieza una y acaba otra”.  Creo que tiene que ver con esa reflexión.

¿Te sientes cómoda teniendo al público tan cerca o prefieres que la cuarta pared sea como la de la Sala Gran del TNC (Teatre Nacional de Catalunya)?

Me gustan más los espacios pequeños, o los medios.

Me sucede lo mismo…

Los grandes te obligan a un tipo de interpretación para que llegue a todo el mundo.  Las personas que están en la Fila 20 pagan lo mismo y merecen lo mismo que las primeras filas.  Yo hice una función muy bonita que se llamaba “Barcelona” en la Sala Gran del TNC que llegaba bien a la Fila 20, pero sí que te implica una interpretación un poquito más grande y hay cosas que te gusta hacerlas también en pequeño.  No digo en pequeño de cine, sino en un teatro que se pueda ver sin tener que estirar tanto la cuerda, pero donde me pongan voy.

Sobre la intensidad en relación a cómo debe sentir una actriz o un actor, la Portaceli dice al trabajar con sus actores: “No he dejado llorar a los actores.  Ellos tienen que ser los que conmuevan y hagan llorar con sus historias a los espectadores”. Y Diderot decía que “un actor no debe sentir nada, son los espectadores los que deben sentir”. En este sentido ¿cómo es tu experiencia?

Durante el proceso de trabajo, en los ensayos y antes de los ensayos, tú haces un proceso de investigación en el que te puedes tirar dos meses buscando cosas y evidentemente dejándote tocar y emocionar para entender a dónde tienes que llegar.  Cuando llegan los ensayos todavía estás en la fase de pasar eso que tú has vivido como persona, a ese bypass en crear algo teatral y después ya viene el momento en que lo haces cada noche.

Yo cada noche no puedo estar así porque me tendría que tomar antidepresivos (sonríe), ahí se basa la técnica del teatro.  El teatro es una cosa muy “curiosa”.  Está la gente que sale de su casa porque le da la gana, paga una entrada, se sienta en un sitio a oscuras, delante tiene un cuadrado y viene a ver algo que es mentira pero está dispuesto a creérselo. Y yo, voy a hacer una cosa que es mentira pero intentando que el público se la crea.

Como decía Borges: “El teatro es un juego en el que unos, los actores, fingen ser lo que no son y otros, los espectadores, fingen que se lo creen”.

Hay un pacto ahí…  ¡Es un pacto maravilloso¡ Lúdico, por eso es lúdico, porque no nos estamos engañando.  Estamos jugando, los de abajo y los de arriba, a que eso es verdad. Hacemos un pacto muy generoso por los dos lados.  Yo te voy a hacer viajar y tú quieres viajar. Esto es muy bonito, encontrarse ahí. Cuando tú consigues que la gente se emocione, ría, se calle, se remueva… Cualquiera de las emociones que se puedan provocar en una platea, cualquiera… No digo una mejor que otra, sino que se produzca el viaje que tú querías.  Eso es teatro.

Es un juego en el que –evidentemente- hay una técnica, hay mucho trabajo detrás.  Hay muchas emociones que tú vas a buscar, con las que tú provocas, con las que desconocías, con las que te aporta el texto, con las del personaje, con las del director…  Con todo ese abanico de cosas ahí se está gestando una cosa…

Y luego yo, cuando lo hago, debo tener una técnica como para hacer el viaje cada noche, no igual, pero de la misma manera porque nace del mismo sitio y la gente tiene que viajar conmigo. Por eso, el pacto ese tiene que ser sin dolor para todo el mundo, aunque sea con mucha técnica y profesionalidad porque no tengo que llorar yo. El viaje lo tenéis que hacer vosotros, ¡yo ya lo he hecho¡

Volvemos a Pasqual, porque llegó en 2014 “El rey Lear” con la gran Nuria Espert.  Un montaje que ya es considerado mítico, y que se repuso en 2016 por aclamación popular. Interpretaste a una de las hijas de Lear, Goneril. Fue un reparto deslumbrante, que será muy difícil de repetir.

Imagino que tienes un recuerdo fantástico de este trabajo…

¡Fue maravilloso¡  Y además reunirnos dos veces… Eso sólo lo puede hacer Lluis y decía que para eso servía el teatro público, para poder meter en el escenario como a veinticinco personas. Desde gente desconocida hasta otras ante quienes tienes que ir de rodillas al ensayo, como para ver a Nuria Espert. Es una cosa maravillosa.

Eso es un regalo creo que para la población, para el espectador y para los que estamos en el escenario.  Compartir eso con un texto tan potente, con una puesta en escena tan sencilla y complicada a la vez… Con esa genialidad, con esa manera de contar un “Rey Lear” desde la tierra, no desde un sitio onírico. Realmente el Lear de Nuria Espert ¡era un hombre de verdad¡ Era un hombre con todo ese peso detrás…

Y el inolvidable bufón interpretado por Teresa Lozano…

Y el bufón…con esa sabiduría y esa ironía y ese abrirle los ojos constantemente al rey Lear…

Entonces eso es un regalo que cuando te lo ofrece Pasqual lo único que puedes decir es “¿Cuándo quieres que vaya?” (ríe…).

Si no fuera un regalo y no lo consideráramos todos igual, no se hubiera hecho dos veces.

De la mano magistral de Josep María Pou te llegó “El zoo de cristal” de Tennesse Williams, donde interpretaste el personaje de Amanda Wingfield, la omnipresente madre. El autor es especialista en tratar las temáticas subjetivas que desvelan el lado oscuro del deseo y que forman parte de lo no dicho.  Amanda, además, no admite réplicas a sus deseos…

Amanda es un personaje maravilloso y Tennesse Williams escribe siempre unas mujeres muy parecidas.  Amanda es Blanche, pero tiene hijos.  Blanche era aire porque su pasado pesaba más que su presente y entonces se fue como un globito y está ahí suspendida en un sitio desconocido.  Amanda igual…  añora su pasado, está en un sitio de fantasía pero tiene dos anclas que son sus hijos.  Eso la hace pensar desde un sitio y por eso es tan bipolar. Sueña que es posible tener otra vez una vida como la que ella tenía antes de casarse. A la vez piensa que sus hijos tienen que salir para adelante, tienen que casarse, hay que ser prácticos, no se puede ir al cine… Es madre y es Blanche a la vez.

Es un personaje muy difícil pero a la vez muy interesante de hacer porque tiene cuerdas distintas desde las que tirar.  Como en todos los personajes, si la motivación es una transitas el viaje, pero cuando ella en sí tiene una tensión… ya te hace querer hacerlo.

¿Cómo te ayudó Pou en la creación de tu personaje?

Pou es un sabio de la obra de Tennesse Williams. Es ÉL sabio de Tennesse Williams ¿no?  Vamos…¡no es él de casualidad¡ (sonríe).  Pou es otro gran hombre de teatro. Viajar con Pou es un gusto, un placer…  Es un conocedor absoluto de la obra, de los personajes, de los sentimientos.

Cada actriz tiene a su lado dos o tres personas que han sido determinantes en el desarrollo de su trayectoria profesional. 

Si te pregunto por Pere Riera, y hablamos ahora de la obra “Barcelona”, ¿me dirías que es uno de esos apoyos?

Pere Riera me dio un papel maravilloso que escribió pensando en mí.  Escribió uno para Emma Vilarasau y otro para mí. A nivel profesional yo creo que hubo un “crick”, porque me gustó mucho poder transitar por ahí.  Creo que “abrió ojos” en la gente… y eso también fue a favor de mi carrera profesional.

Con Pere Riera me une una amistad aparte de una profesión.  Evidentemente, en ese momento, fue una bisagra importante para seguir adelante.  Es, al fin y al cabo,  con quién viajas ¿no?  Lluis es una bisagra, Anna fue una bisagra…  Hay muchísima gente que es bisagra y hay otra gente sin la cual yo no concibo hacer teatro, si no estuviera con ellos.

Míriam, gracias por este encuentro que espero podamos repetir en otra ocasión.

Gracias.

Se levanta de la butaca, caminamos entre la escenografía de “Troyanas” hacia la salida…  Se mueve segura por este escenario que visitó otras veces con T de Teatre y al que no había vuelto desde su “crecimiento” hasta convertirse en la gran actriz que es. 

Pienso ahora en las actrices míticas que la han precedido y que, seguro,  la observarán dándole su aprobación.

¡Bienvenida “Comtessa d’Alcsi”…¡

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NOTAS:

(El texto completo escrito por la Sra. Míriam Iscla para el libro ANNA LIZARÁN, se encuentra en: Páginas 272-273. Reproducimos en esta entrevista sólo la primera frase, con la debida autorización de la editorial).

Todas las fotografías de la Sra. Míriam Iscla en el Teatro Principal de Zaragoza, así como la del reparto de “Rei Lear” saludando, son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

Las fotografías oficiales insertadas en esta entrevista de las obras:

“Barcelona” son autoría de David Ruano para el TNC (Teatre Nacional de Catalunya)

“Mujer no reeducable” son autoría de Ros Ribas para el Teatre Lliure

“Sólo son mujeres” son propiedad del TNC (Teatre Nacional de Catalunya)

“Rei Lear” son autoría de Ros Ribas para el Teatre Lliure

“El zoo de cristal” son propiedad del Grupo FOCUS para el Teatre Goya Cordorniu.