JOSEP MARIA FLOTATS, Premio Honorífico Anna Lizaran (XXIII Premios Butaca), por CineT Farö

Los Premios Butaca de Teatro de Cataluña concederán en esta edición el Premio Butaca Honorífico Anna Lizaran al actor y director Josep Maria Flotats, en reconocimiento a su trayectoria, llevando el talento catalán en el mundo y por su aportación y experiencia en la construcción de una estructura de teatro público.

La carrera de Josep Maria Flotats, que arranca a la Asociación Dramática de Barcelona, ha estado marcada por su educación francesa y por su formación en la Escuela Supérieure de Arte Dramatique de Strasbourg, el actual Teatro Nacional de Strasbourg, que le abrió las puertas de diferentes compañías hasta que en 1981 fue contratado por la Comédie-Française, de la que fue director y con la que llevó a Barcelona, dos años después, ‘Don Juan’ de Molière, representada en el Gran Teatro del Liceo.

Una vez terminada su etapa con la Comédie-Française, Josep Maria Flotats vuelve a Barcelona donde crea la Compañía Flotats, la compañía estable del Teatro Poliorama durante los diez años en que fue el Centro Dramático de la Generalitat de Cataluña y donde se interpretan montajes como ‘Cyrano de Bergerac’.

Su experiencia europea se traduce con la incorporación al teatro catalán de un estilo muy personal, preciosista y preciso, y con un trabajo de actores riguroso. Flotats ha sido el fundador y primer director del Teatro Nacional de Cataluña y su compañía, que se presenta el 12 de noviembre de 1996 en la sala Talleres con ‘Ángeles en América’ de Tony Kushner. El teatro se inaugura oficialmente el 11 de septiembre de 1997 con ‘La Gaviota’ de Chéjov. En 1998, Flotats se instala en Madrid donde funda su propia compañía con la que estrena ‘Arte’ en el Teatro Marquina.

Josep Maria Flotats ha mostrado su talento y excelencia como actor, director, adaptador, traductor, creador, productor teatral y, también, como gestor cultural en todo el mundo. Hay que recordar que Josep Maria Flotats ha difundido la cultura en lengua catalana con las producciones en catalán ‘Un réquiem a Salvador Espriu’ en París y ‘Ahora que los almendros ya están batidos’ en Madrid y en Frankfurt.

El Premio Honorífico Anna Lizaran se suma al amplio listado de reconocimientos que acumula, entre ellos: el Gérard Philippe (1970), el Prix de la Critique Française (1980), el Premio Nacional de Teatro (1989), los nueve premios Max o los dos premios Unión de Actores al mejor actor.

Hay que sumar a estos premios, diferentes distinciones honoríficas como Oficial de la Legión d’Honneur, oficiaba des Arts et des Lettres, en Francia; la Cruz de Sant Jordi de la Generalitat de Cataluña, la Medalla de oro al Mérito en las Bellas Artes y el doctorado honoris causa por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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NOTA: Las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

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EL AUTOR (Dir. Manuel Martín Cuenca), por Yolanda Aguas

Álvaro (Javier Gutiérrez) se separa de su mujer, Amanda (María León), una exultante escritora de best‐sellers, y decide afrontar su sueño: escribir una gran novela. Pero es incapaz; no tiene talento ni imaginación… Guiado por su profesor de escritura (Antonio de la Torre), indaga en los pilares de la novela, hasta que un día descubre que la ficción se escribe con la realidad. Álvaro comienza a manipular a sus vecinos y amistades para crear una historia, una historia real que supera a la ficción.

Todavía en nuestro recuerdo su magnífica película “Caníbal” que debió tener mucho más reconocimiento en materia de premios, llega ahora a las pantallas “El autor”.  Film interesante en algunos aspectos formales, pero que no llega a ser tan acertada como títulos anteriores de quien considero uno de nuestros más brillantes cineastas.

A “Caníbal” quiero añadir una película maravillosa, “Malas temporadas”, que son un claro ejemplo del mundo creativo de Manuel Martín Cuenca.

Durante su participación en la Sección Oficial del pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián acaparó diversas y controvertidas opiniones. Es cierto que gusta, pero no de forma contundente.  Dice el director que ésta quizá sea la película de su filmografía que ha sido mejor aceptada por el público.  Tal vez, no lo dudamos…  pero insisto al afirmar que no alcanza la total brillantez que se espera de un director tan importante como él.

No pasa nada, como digo siempre, es imposible agradar y contentar a todo el mundo…

Una novela corta de Javier Cercas (El móvil) le sirve esta vez como punto de partida al director de La flaqueza del bolchevique (2003).

Como en ellas, aquí de nuevo la soledad que camina por el borde del abismo –y que finalmente se adentra en lo más oscuro de sus profundidades y presenta un retrato revulsivo, una radiografía implacable de un personaje que se busca a sí mismo –y que cree encontrarse– en las aristas más perturbadoras de un universo que el espectador no termina nunca por saber, en este caso, si existe únicamente en el imaginario mental del protagonista o si realmente es aquel que el personaje se empeña en construir con los materiales que le proporcionan las vidas, los anhelos y las necesidades de sus propios vecinos.

Todo parte del deseo de escribir una gran novela que alimenta las fantasías de un mediocre pasante de notarías espoleado por el éxito comercial de la literatura de consumo que escribe su propia esposa.

A pesar de no ser la esperada “gran película” de Martín Cuenca, tiene, momentos muy interesantes: ésos en los que aparece la pareja mexicana, cuyas conversaciones “el autor” (Javier Gutiérrez) escucha a través de la ventana interior.  Preciosas imágenes (“marca de la casa”) donde sólo se ven las siluetas/sombras reflejadas en la pared.  Un guiño “al teatro de sombras” que otros maestros (como Bergman) también han utilizado en sus películas.

Atentos a la presencia de la joven y brillante actriz mexicana, Adriana Paz, ganadora de tres premios Ariel consecutivos como mejor actriz del año.

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NOTA:

Las fotografías oficiales de “El autor” insertas en este artículo son propiedad de sus autores.

Las fotografías de Javier Gutiérrez y Adriana Paz en el Hotel María Cristina de San Sebastián son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

 

LA LIBRERÍA (Dir. Isabel Coixet), por Yolanda Aguas

“Si alguien me regala un libro que no conozco, y eso es difícil -presume-, si me abre esa ventana, empiezo a ver a quien me lo ha regalado de otra manera”. (Isabel Coixet, 2017)

“La librería”, basada en la novela homónima de Penelope Fitzgerald, cuenta cómo Florence Green (Emily Mortimer), viuda de un soldado de la Segunda Guerra Mundial, consigue abrir una librería en un viejo edificio de Hardborourgh (Inglaterra), en contra de la opinión de la reputada y caprichosa Violet Garmart (Patricia Clarkson), que quiere abrir allí un centro de arte.

Lo que parece una decisión sencilla y casi poética de la mujer se convierte en misión imposible; a Florence sólo le ampara un ilustrado vecino (Bill Nighy) con el que mantiene una deliciosa relación casi platónica.

Todos sabemos que Isabel Coixet es una gran lectora. Esas lecturas preferidas han estado presentes en su obra a lo largo de los años. De imborrable recuerdo para mi, su trabajo en la dirección de la obra teatral: “84 Charing Cross Road”, que se estrenó el 1 de octubre de 2004 en el Teatre de Salt de Girona, dentro del Festival Temporada Alta, para luego ir al Teatre Romea de Barcelona, antes de una larga gira en castellano por muchas ciudades de España. La protagonizaron, la gran Carme Elias y Josep Minguell.  Era la adaptación teatral del libro escrito por Helene Hanff.  Mientras escribo estas líneas, tengo a mi lado un ejemplar de la novela, dedicado por la Elias y la Coixet.

Precisamente, en “La librería”, hay una evidente conexión con la novela de Hanff, en esas secuencias cuando Florence Green le envía los libros al ilustrado vecino.  De igual manera, pero al revés, el empleado de la librería situada en 84, Charing Cross Road le enviaba los libros a la escritora americana, naciendo entre ellos una entrañable amistad.

Otro ejemplo de su amor a los libros fue la exposición que Coixet creó hace unos años. Rendía homenaje a su gran amigo John Berger (a quién dedica su película “La librería”). Se inauguró en abril de 2009 en Arts Santa Mònica de Barcelona. Una exposición basada en el texto “De A para X” de John Berger en homenaje al autor. En el recorrido de la muestra, diseñado por Benedetta Tagliabue, se escuchaban las cartas seleccionadas de forma totalmente emocional. El proyecto titulado “De I para J” como guiño al artista, era una experiencia sensorial del texto sobre Aida, una mujer que escribe cartas a un hombre que está en la cárcel y que tiene prohibido responder.

Pusieron sus voces grandes actrices: Mónica Bellucci, Patricia Clarkson, Sarah Polley, Leonor Watling, Julie Delpy, Isabelle Huppert, Sophie Calle, Penélope Cruz y Tilda Swinton. “Un mosaico de Aidas que conforman a una sola”, como lo definió la directora.  En la versión en catalán, todas las cartas fueron leídas por Carme Elias.

Regresando a la película, un protagonista más de “La librería” es el escritor Ray Bardbury, autor de “Farenheit 451” que el cineasta francés Francois Truffaut llevó al cine, protagonizada por Julie Christie. Quienes vean la película en VOSE, tienen el “regalo extra” de escucharla como la narradora de la historia (sí, ella es la voz en off).  Recordarán que ya colaboró con la Coixet en su gran película “La vida secreta de las palabras”.

La película es un canto al coraje de una mujer, a su valentía, a sus creencias, a sus ilusiones, a su bondad…  Unas ganas de vivir en paz que se ven frenadas por la frustración y envidia de unos seres mezquinos.  Esa clase de personas que todos reconocemos por ser habituales: nada hay peor que la falta de empatía (o sea, la presencia de la maldad).

Patricia Clarkson, magnífica actriz, interpreta a la odiosa Violet Garmart.  Tiene una escena memorable con Bill Nighy: no se pierdan la ira en su rostro (apenas perceptible). Es insuperable.

Bill Nighy y Emily Mortimer crean juntos unas escenas plenas de sensibilidad, de complicidad, de amor.

La fotografía, delicada y preciosa, de Jean-Claude Larrieu y la bella música compuesta por Alfonso de Vilallonga completan el milagro de esta obra maestra.

Leerán en casi todas las críticas definiciones de “La librería” como: pulcra, meticulosa, delicada, muy humana, hermosa, vibrante, cargada de razón y de esperanza, de libros y soledades, acertados matices y tono, magistral…

Todas son ciertas, y yo sólo puedo añadir ante su mejor película: ¡Moltes gràcies Coixet¡

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NOTA: Las fotografías oficiales de “La librería” insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

NUESTRA VIDA EN LA BORGOÑA (Dir. Cédric Klapisch), por Yolanda Aguas

Jean dejó la mansión familiar hace diez años para dar la vuelta al mundo. Asentado finalmente en Australia, decide regresar cuando su padre, un reputado viticultor con quien no se ha llevado bien, está a punto de morir. Tras el deceso del patriarca tendrá que acordar con sus hermanos el reparto de la herencia, que incluye varias hectáreas de viñedos; una cuestión difícil de resolver.

Un estreno que resulta ser el trabajo más logrado del director Cédric Klapisch (“Una casa de locos” y  “Las muñecas rusas”), pero que no me entusiasma.

Sin embargo, este film es otro ejemplo de la autocomplacencia que tanto abunda en el cine francés… Klapisch, despliega aquí una serie de anécdotas en torno al relevo generacional en una familia de vinateros de la Borgoña: al morir el padre, sus tres hijos deben aprender a cuidar del negocio.

Lo único que me resulta interesante de este film son la música, las imágenes y la puesta en escena desplegada por Klapisch luchando para marcar el terreno y las estaciones que se suceden.

Pio Marmaï, Ana Girardot y François Civil consiguen hacer real la fuerza de los lazos que les unen, a quienes se suma, muy convincente, María Valverde.

Los personajes se pasan la vida de catas, con el consiguiente aburrimiento para el espectador.

No sé…  pienso qué podría contarles para salvar esta película, pero no se me ocurre nada. Lo mejor que pueden hacer es coger una película de su colección privada, tal vez…  “Días de vino y rosas” (por aquello del alcohol, ya me entienden).  Aprovecharán mejor su tiempo.

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NOTA: Las fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

FERNANDO CAYO (Entrevista), por Yolanda Aguas

Es un actor de trayectoria profesional forjada, principalmente, en el teatro.  Sus trabajos en cine y en televisión, le han dado una gran popularidad entre el público.  Es un actor de fondo, un actor total.

Voz maravillosa (de las más bonitas de nuestra escena) y una mirada azul penetrante que cautiva.

Casi no dispone de tiempo, pero nos cita en el Teatro de las Esquinas de Zaragoza al finalizar el monólogo que interpreta actualmente: “El príncipe de Maquiavelo”.

Debido a tus trabajos en televisión, “La señora”, “14 de abril, la República”, “El caso. Crónica de sucesos”, “Mar de plástico” o, más recientemente, “Amar es para siempre”, eres un actor muy conocido.   ¿Cómo llevas la popularidad que proporciona la televisión? ¿Lo consideradas un “peaje” y/o te llega a desagradar en algunos momentos?

No, no me desagrada. Es algo que forma parte de la profesión y lo intento vivir con la mayor naturalidad posible. Además, muchas veces esa popularidad es lo que atrae a la gente al teatro. Siempre que la gente sea educada y respetuosa, yo feliz de que me saluden o me pidan fotos.  Estoy encantado.

Has interpretado en tres ocasiones al rey emérito Juan Carlos I, todas para la televisión. En “20-N, los últimos días de Franco” (2008), en “Adolfo Suárez” (2010) y, por último,    en “23 F: la película” (2011).   No es lo mismo interpretar un personaje histórico alejado en el tiempo y del que no hay imágenes a otro al que todo el mundo conoce muy bien.

¿Cuál fue la principal dificultad para interpretar ese papel?

Precisamente ése, que el público iba a ponerte en el punto de mira porque conocen muy bien al personaje.  Iban a juzgar mi trabajo, si me parecía o no… etc.  Sobre todo la primera vez, que fue en un trabajo junto a Manuel Alexandre, “20-N, los últimos días de Franco” con dirección de Roberto Bodegas.

Nosotros optamos por hacer una recreación del personaje y que no fuera una imitación. Queríamos que fuera una sugerencia del personaje y que el espectador pusiera el resto.  Creo que en ese sentido acerté porque luego las críticas fueron muy buenas.  Y las otras dos veces que lo he interpretado igual…

Tienes una gran responsabilidad pero al mismo tiempo tienes una gran cantidad de material para inspirarte y para trabajar el personaje.

¿Has sabido si él vio tus trabajos y qué opinó de ellos?

No, directamente no.  Sé que cuando presentamos la de “Adolfo Suárez”, estuvo unos días antes en Antena 3 y comentó algo así como: “Este chico lo hace bien”.  Eso es lo único que comentó, pero nada más… (ríe).

Yo creo que sobre todo lo que intentas es mostrar lo que, se supone, que no ha visto la gente. Los momentos privados, qué es lo sentía y lo que vivía el personaje.

¿Hay algo que te incomode de tu profesión?

Quizá que haya sectores, sobre todo de la política, que no se tomen en serio la cultura. Y luego la intermitencia para trabajar que tiene esta profesión.  No tanto para mí, la verdad es que me siento muy afortunado y he tenido trabajo durante toda mi vida en cine, teatro o televisión.  Cuando no lo he tenido he producido mis propios espectáculos con lo cual nunca he tenido esa sensación de paro absoluto. Sin embargo hay muchos compañeros que sí sufren esas intermitencias.

Esa situación en otros países está cubierta y está prevista, como en Francia. En España no se nos considera ni fiscalmente ni a nivel de seguridad social como al resto de los trabajadores puesto que nuestras características laborales son distintas.

Yo, por una parte, creo que todo proviene de una necesidad de hacer una revolución social y cultural, sobretodo en nuestro país.  Nosotros no hemos vivido la Revolución Francesa, pasamos de puntillas por la Ilustración, no hemos tenido una auténtica revolución industrial, hemos tenido gobiernos corruptos y caciques durante muchos siglos y eso todavía nos pesa.  Por el eso el Centro Dramático Nacional de Francia (Comédie-Française), se creó en 1648 y nuestro Centro Dramático Nacional se creó en 1978.  Llevamos siglos de atraso a nivel cultural y esto, evidentemente, lo padecemos los profesionales del teatro.

Me congratula mucho el que haya un público que llene las salas de teatro y que sigue apreciando y disfrutando de la ficción en televisión y cine,  y que siguen apoyando el cine español con todas las dificultades que está pasando.

El trabajo de un actor es muy complejo.  Pasa por diferentes momentos durante la creación de un personaje.  ¿Qué partes íntimas puede llegar a tocar de la persona que hay detrás del actor?

Para mí hay personajes que te impregnan más y de los que sales más tocado.  Por ejemplo, cuando yo terminaba el monólogo de “Inconsolable” que hice en el CDN (Centro Dramático Nacional) sobre textos de Javier Gomá y dirección de Ernesto Caballero, era un espectáculo que tocaba mucho la muerte del padre.  Ese trabajo me remitía mucho a mi propia experiencia y además era casi autobiográfico. Las vivencias de Javier Gomá y las mías han sido bastantes similares. Era un monólogo del que salía muy tocado, pero eso no quiere decir que luego salgas transformado en el personaje ni que llegues a tu casa mal.

Sí que, de alguna manera, se mueven ciertos sentimientos, ciertas cosas que están.  Yo creo que también es la grandeza del arte de la interpretación, si lo vives con profundidad esto es un camino de crecimiento personal. Cada unos de los personajes te sirven para recorrer tu propia vida. De esa manera, si lo haces de una manera sincera, profunda y auténtica, el espectador se siente también impregnado. En ese acto de espejo que tú estás haciendo él puede verse reflejado a sí mismo.

Cada interpretación es una reflexión sobre los recorridos humanos. Me viene a la memoria mi trabajo en “Ratones y hombres” de Steinbeck, en una puesta en escena de Miguel del Arco, que protagonizamos Roberto Álamo y yo. Después de esa función yo acababa absolutamente tocado. Emocionalmente tocado, y eso es lo bonito también de este arte si lo vives así.

Estudiaste en Italia con Antonio Fava, en la Scuola Internazionale dell’Attore Comico, que era del método Lecoq. Allí trabajaste con la interacción entre el cuerpo, la voz y la energía. Has manifestado que eso es lo que ha marcado tu recorrido.

¿Cree que la formación es lo más importante en un actor o también aceptas que el talento natural puedo sustituir o reemplazar en cierta medida esa formación?

Siempre se ha valorado esto: ¿Qué es instinto o formación?  Yo creo que no hay elección. Tú no vas a un cirujano que no ha hecho la carrera de Medicina aunque tenga mucho instinto y mucho talento.  Nadie se pondría en manos de un cirujano en esas circunstancias ¿verdad?

Esto es lo mismo, tiene que haber formación y luego tiene que haber instinto, talento, garra o como lo quieras llamar.  Tiene que reunir las dos cosas.

A mí, por ejemplo, la formación me ha dado libertad para poder elegir mis trabajos y poder moverme con soltura entre la comedia, la tragedia y estar actuando en teatro, cine y televisión.

Has manifestado que “la interpretación y la creatividad son un camino de vida, de crecimiento personal, de búsqueda. Me ayudan a comprender mejor el mundo”.

Entiendo por tus palabras que tu profesión no sólo es un trabajo. 

¿Qué es actuar para ti?

Como te decía antes, para mí es un camino de crecimiento personal. Si lo vives así es una manera de enriquecer tu vida, comprender a los seres humanos y transmitir eso a la gente que te va a ver al teatro o que te ve en cualquiera de tus trabajos.

De alguna forma, estás contagiando toda esa sabiduría que tú vas adquiriendo a través de transitar por todas esas psicologías de tus personajes. Es un camino de comprensión de la humanidad.

Como decía Schubert, “el arte sirve para arrojar un poco de luz a la oscuridad del corazón de los hombres”, y ésta es una de mis máximas vitales.

La interpretación puede ser una forma de terapia para un actor, sin embargo… ¿algún personaje o alguna obra ha llegado a perturbarte?

Los personajes con los que hay que tener mucho cuidado son aquellos que llegan a tener mucha negatividad. Digamos aquellos que tienen una parte oscura, una sombra más fuerte.  Para desarrollarlos tienes que profundizar en tu propia sombra, todos las tenemos, y es delicado transitar por ahí. Al mismo tiempo es un gran aprendizaje, porque comienzas a tratar y a convivir con tu sombra y eres capaz de tener una vida más plena, más íntegras y más consciente.

Fernando, ¿de aquellos actores/actrices/directores con los que has trabajado, quiénes te han aportado más enseñanza? ¿A quiénes tienes por referencia?

Todas las personas con las que he trabajado me han aportado algo.  A la hora de elegir un proyecto en el que vas a trabajar, saber quién o quiénes serán tus compañeros es casi determinante. Busco realmente desarrollarme, aprender con ellos.

De todos con los que he trabajado, destacaría sobre todo a los actores y actrices mayores.  Yo siempre he aprendido mucho de los grandes actores que hemos tenido en este país: José Bódalo, José Luis López Vázquez, José María Rodero, Emilio Gutiérrez Caba, Miguel Palenzuela, María Fernanda d’Ocón, Carmen Rossi…

Todos ellos me han dejado una impronta muy potente porque, a lo largo de los años el oficio deja en tu piel, en tu voz, en tu manera de ser y de estar una sabiduría escénica que siempre me ha conmovido.

Borges decía: “La amistad no es menos misteriosa que el amor o que cualquiera de las otras fases de esta confusión que es la vida”.

La amistad y el amor ¿tienen la misma importancia para ti, Fernando?

Son formas de lo mismo ¿no?  Son formas de amor. Para mí el amor engloba muchísimas cosas: la importancia del amor hacia mi hija, que es fundamental en mi vida, el amor hacia mi pareja, el amor hacia mis amigos… porque la amistad no es más que amor y se transforma en tolerancia, en respeto, en comprensión hacia ti mismo y hacia los demás.

Dicen que la felicidad depende, en buena medida, del tipo de gente de la que nos rodeamos. ¿Con qué tipo de personas te gusta estar?

Me gusta estar con gente inteligente, con gente sensible, con gente respetuosa, con gente que se apasione por las cosas.  Con gente divertida, pero sobre todo tienen que tener sensibilidad e inteligencia.

En 2009-2010, “La Señora”, y en 2011 “14 de abril, la República” interpretaste a un anarquista: Ventura Ascado.

Háblame de estos dos grandes trabajos… No te pido que te definas políticamente, pero ¿tienes alguna proximidad con los valores que representaba Ventura Ascado?

Totalmente, sí.  Además fue una aventura muy bonita porque mi personaje estaba inspirado en Buenaventura Durruti, el activista-anarquista de aquellos años que tuvo una vida muy potente. Era un luchador por la libertad entendida en su máxima expresión.

La verdad es que sí que hay muchas cosas que tienen que ver con eso ¿no? Sí que tengo un sentido muy combativo de la vida, y al mismo tiempo soy alguien que está muy sujeto al amor como también estaba sujeto Ventura (mi personaje).  Vivía entre esa dualidad, entre su ideología y el amor que sentía por el personaje interpretado por Lucía Jiménez.

Sí que me siento identificado con mi personaje en muchas cosas. De alguna forma, esa dualidad también está en el Segismundo de “La vida es sueño” que también es uno de los personajes que más me han marcado. Es una dualidad entre lo visceral y luego el amor y el deseo.  Las pulsiones casi animales y luego la necesidad de cumplir con una ideología o con cierta rectitud en la vida.

Sigues interpretando “El príncipe de Maquiavelo” en teatro.  Una dramaturgia que recoge fragmentos de otras obras de Maquiavelo como Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Del arte de la guerra, La mandrágora y correspondencia personal del autor. Para que este puzle encajase, el director quitó “muchas referencias históricas a gobernantes y a ejércitos” del original.   “Es el Maquiavelo en horas bajas, del hombre que, tras tocar la gloria del poder, fue encarcelado y destituido de su cargo con la caída de la república”.

De nuevo interpretas un monólogo (el sexto de tu carrera).

¿Viajar solo en escena es más exigente que hacerlo con otros compañeros?

Es bastante más exigente para mí, sobre todo “antes de”…  Para llegar cómodamente a un monólogo tienes que tener mucha más preparación que con otra función.  Más que nada porque el peso de la hora y diez minutos en este caso, y de la hora y media en el caso de “Inconsolable”, caen sobre ti.

Yo siento un respeto inmenso por el espectador y una de las máximas que dijo Peter Brook es: “El enemigo número uno del teatro es el aburrimiento”.  Eso yo lo tengo como una máxima y mi objetivo es que el espectador no se pueda aburrir conmigo cuando estoy haciendo un monólogo.  Para llegar a eso necesitas mucha preparación, tener el texto absolutamente fluido, integrado el personaje…  Todo eso requiere mucho más trabajo.

¿Cuál es tu ritual en el camerino antes de salir a escena?

Mi ritual es el calentamiento previo a una función.  El calentamiento de voz, el repaso del texto antes de empezar la función o de las cosas que quieras revisar ese día.  Me gusta estar pendiente de todo el atrezo, de que todo esté en su sitio, de que el vestuario esté adecuado…

Me pongo una música que normalmente me suele acercar al sentimiento o a la atmósfera en la que vive el personaje  cuando arranca la función…  Pongo incienso, porque también me ayuda un poco a crear un ambiente de olores y de sensibilidad. Suelo tener cosas que tengan que ver con la energía, tengo vitaminas en mi camerino para que puedan darme energía física también.

Fernando, gracias por concederme esta entrevista.

Nada, muchísimas gracias a ti, ha sido un placer.

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NOTA: Todas las fotografías insertadas en esta entrevista son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PRÍNCIPE DE MAQUIAVELO (Dramaturgia: Juan Carlos Rubio), por Yolanda Aguas

Es cierto que esta obra de teatro, con dramaturgia de Juan Carlos Rubio, no es apta para todos los públicos. Este es uno de los casos en que los creadores deben contar con la complicidad intelectual del público que asistirá a las representaciones.  Y es de agradecer.

Es una obra que fusiona textos de los títulos más conocidos del autor italiano y que da voz a un intenso personaje para demostrar que el poder, sea cual sea la época o la ideología, obedece siempre a las mismas reglas, independientemente del fin y de los medios.

Además de El Príncipe, el montaje de Rubio recoge fragmentos de otras obras de Maquiavelo como Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Del arte de la guerra, La mandrágora y correspondencia personal del autor. El trabajo del director hizo especial hincapié en el pensamiento de Maquiavelo pero quitando muchas referencias históricas a gobernantes y a ejércitos.

Las conspiraciones en los despachos de los políticos, la corrupción de los mismos y de los poderosos, el maltrato a los más débiles…, son algunos de los temas que aborda el texto.

Son palabras pronunciadas por Maquiavelo en el siglo XVI, pero que siguen igual de vivas (o más) en la actualidad.  Existe una evidente conexión con la problemática política de nuestros días.

La escenografía es sencilla pero magnífica. Los elementos sonoros también.

Y esta propuesta teatral cuenta con un actor maravilloso, Fernando Cayo, que ofrece todo un recital interpretativo. Pura maestría.

No nos sorprende, es cierto, el actor vallisoletano de clara y perfecta dicción. Voz profunda y potente, bellísima.  Es una delicia verle interpretar en teatro, cine o televisión.

Le vi hace dos años en los Teatros del Canal en Madrid, y ayer volví a disfrutar como la primera vez.

Fernando Cayo, ha hecho suyo el texto del ensayista y diplomático renacentista, ambientado en un despacho de los años sesenta, y juega divirtiendo y divirtiéndose durante toda la función. Los últimos veinte minutos son insuperables, cuando “el diplomático” ya no lo es, cuando “el leñador” asume su nuevo estatus social.  Una transformación dolorosa, desde cualquier punto de vista.

Sigue la gira, si tienen oportunidad no duden en verla.  Es un regalo para la inteligencia.

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NOTAS:

Las fotografías oficiales de “El príncipe de Maquiavelo” insertadas en este artículos son autoría de Sergio Parra.

Las fotografías de Fernando Cayo saludando al finalizar la función en T. de las Esquinas, son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

 

ROBERTO ENRÍQUEZ (Entrevista), por Yolanda Aguas

Hacía mucho tiempo que anhelaba conversar con él.  No sólo porque es uno de mis actores preferidos, sino también porque intuía que es un hombre muy interesante.

A lo largo de casi treinta años he entrevistado a numerosas personalidades del cine y del teatro.  De esos encuentros quedan buenas impresiones y otras que no lo son tanto. 

El encuentro que nos ocupa hoy es, sin duda alguna,  de los mejores.

Debido a tus trabajos en televisión, “Hispania, la leyenda”, “La señora”, o, más recientemente, tu magnífico  trabajo en “Vis a Vis”, eres un actor muy conocido.   ¿Te agrada ese reconocimiento? ¿O prefieres ser considerado un actor de teatro de prestigio?

No siempre, pero a veces la popularidad va acompañada con cómo te va profesionalmente. Si los trabajos que haces tienen éxito eso es lo que te da la popularidad, que llega principalmente de la televisión.  En el teatro, como mucho, igual una noche puedes llenarlo pero te ven novecientos espectadores. En la televisión te pueden ver cuatro millones y medio…  Ni siquiera el cine es comparable con el poder de la televisión.

Luego hay otra parte, ésa en la que un actor puede ser muy popular pero su trabajo no le da prestigio.  Eso también sucede.  Hacer teatro te da otro tipo de prestigio.

Sería un ingrato si me quejara o rechazara la popularidad, pero sí que tiene unos daños colaterales que no me gustan. Hay una intimidad que todos tenemos que es cuando vas por la calle y si sientes que la gente te mira hay algo que se modifica. Algo que afecta a tu comportamiento, ya no estás igual de cómodo porque te sientes observado. Tampoco que me puedan hacer una foto a escondidas y cosas de estas.  Pero bueno, sinceramente me parece un daño colateral.

De todos los personajes que has interpretado, ¿has tenido la necesidad de juzgar a alguno de ellos? O ¿tu forma de enfrentarlos ha sido siempre con comprensión?

Yo creo que la obligación de un actor es no juzgar a sus personajes. Si los juzgas yo creo que no los vas a poder encarnar al 100%.

En “El hundimiento”, ¿recuerdas esa película?, que protagonizaba ese actor…  ¿cómo se llamaba?

Bruno Ganz…

Sí, Bruno Ganz hacía de Hitler. Ese tipo es el adalid de lo que uno puede juzgar, ese tipo es reprobable, abominable y demás “ables”. Sin embargo, yo creo que si lo juzgas no lo vas a poder defender al 100%.

Hablando de este mismo tema, por ejemplo yo hice hace algunos años “Terror y miseria del Tercer Reich”, lo dirigió José Pascual en el Centro Dramático Nacional y me tocaba hacer una de las escenas más maravillosas que hay en el teatro que es “La cruz de tiza”.

(Nota: “Terror y miseria del Tercer Reich” es una obra escrita por Bertolt Brecht, construida con una sucesión de 24 cuadros o escenas independientes entre sí).

Yo interpretaba a un joven oficial de la SS, fanático y totalitario. Yo nunca lo juzgué, simplemente tienes que reforzar las razones por las que lo hace e intentar comprenderlo ¿no? Desde fuera, obviamente, al ser un oficial de la SS sabes lo que significa y puedes estar diametralmente opuesto a esa forma de actuar.  Sin embargo, cuando te metes a encarnarlo tienes que defenderlo con uñas y dientes porque nadie tiene el concepto de sí mismo de ser un monstruo y si lo tienes intentas ponerle capas, adornarlo, maquillarlo… Buscas excusas, echar balones fuera, mi padre, mi madre… En el momento en que alguien comienza a hacerse esas preguntas, cambia su comportamiento. Y la mayoría, en la vida, pues nos auto engañamos porque creo que esto es el gran tema de la humanidad, el auto engaño.

Yo creo que tú tienes que justificar tu personaje absolutamente, como hacemos en la vida.

Precisamente iba a preguntarte si en la vida estabas liberado de juzgar a los demás…

¡No¡ (ríe) No, el teatro no te santifica, lamentablemente.  (Sigue riendo)  Juzgo como todos y soy prisionero de mis gustos y de mis prejuicios. Intento desprenderme de esas cosas y tener la mente como más abierta, pero juzgo como todos.

Roberto, cuando hablo con otros compañeros y compañeras tuyos, suelen coincidir en que vuestro trabajo muchas veces les sirve como una terapia.  En este baile que todos hacemos entre nuestras luces y sombras ¿tu trabajo como actor te ayuda a transitar mejor por esas zonas?

Me ayuda muchísimo. Como tú dices, todos tenemos momentos de luz y de sombras. Lo interesante de lo nuestro y del trabajo creativo del actor es que cuando tú tienes un momento de sombras lo puedes canalizar.  De alguna manera lo puedes utilizar para algo creativo. Eso siempre es beneficioso porque haces algo con ese malestar y en cierto modo te libera. No digo que sea un bálsamo total pero sí que es algo terapéutico.

Cuando estás en el teatro ¿Utilizas algo personal con cada personaje? Algunas actrices usan un perfume diferente, otros actores llevan algún detalle en su vestuario…

Cuando te vistes, es el trabajo de otro el que ponen sobre ti. Lo que sí intento es meter mi cabeza ahí y dar mi aportación.  Siempre suelo poner algún objeto personal, objetos que no se ven pero los llevo en el bolsillo.  En cada personaje pienso en eso y suelo llevar algo diferente.

¿Cuál es tu ritual en el camerino antes de salir a escena?

Depende de la obra en la que esté trabajando. No es lo mismo prepararme para hacer “Fausto” de Goethe que para interpretar mi personaje en “Arte”.  Cada obra te pide algo diferente, es un sitio diferente el que tienes que visitar.

Unas veces necesito más tiempo de silencio, de entrar en contacto conmigo…  Y otros, es mucho más ligero en ese sentido.

Desde hace “veintitantos” años, lo que sí tengo siempre es un ritual y es hacerme una infusión con tomillo y anís. Tengo una resistencia de las que ya no se fabrican donde la preparo (ríe), y eso es muy bueno para la voz.  Caliento mi voz y estiro mi cuerpo para prepararme, eso siempre lo hago.

Has trabajado en tres ocasiones con Migue Amoedo.  En “La princesa de Éboli”, “Hispania” y “Vis a Vis”.  Yo admiro mucho su trabajo…

¡Es fantástico¡

¿Qué comunicación tiene un actor con un director de fotografía? ¿Hablas con él o esto queda exclusivamente entre él y el director de la película o la serie de tv?

Hay actores que tienen mucho en cuenta la luz, por dónde va a ir el plano, preguntan el tipo de lente que se va a utilizar… y todo este tipo de cosas.

Yo…  (sonríe), soy un completo neófito con ese tema y tampoco he puesto demasiado interés. Igual estaría bien saberlo, pero hay una cosa instintiva que a medida que vas trabajando, vas sabiendo. Conoces mejor si la iluminación que te ponen te favorecerá más o menos.

Cuando trabajo lo único que tengo en cuenta son las circunstancias de mi personaje y trabajar con mis compañeros.  Lo demás es algo que construyen sobre mí. Yo creo que debo confiar en el trabajo del director de fotografía e incluso respetarlo aunque no me guste.

Decía Jorge Luis Borges: “Siempre imaginé que el paraíso debía ser una especie de biblioteca”.  ¿Qué textos son los que más te llegan? ¿Qué autores están más cerca de ti? ¿Qué te gusta leer?

Me gusta mucho leer teatro.  Estoy siempre ávido de leer textos nuevos, autores que no conozco… Eso me seduce mucho.  Cuando leo también estoy trabajando, nunca dejas de hacerlo.

Me gusta leer teatro, ensayo y novela.  Soy muy ecléctico, me gusta desde los autores rusos clásicos hasta los americanos contemporáneos o autores españoles.  No tengo un criterio muy formado, pero me dejo aconsejar.

¿No tienes un autor de cabecera?

Gabriel García Márquez me vuelve loco, Dostoyevski, Chéjov (¡sus cuentos me parecen maravillosos¡), Paul Auster…

Tus trabajos en teatro son importantes, has sido dirigido por: José Carlos Plaza, Juan Carlos Corazza, Amelia Ochandiano, Hermann Bonnin, Tomaz Pandur, Carme Portaceli, Luis Luque y ahora, Miguel del Arco.

Cuando echas la mirada atrás  ¿qué sensaciones quedan de esas colaboraciones?

Me siento muy afortunado por haber coincidido con todos estos directores. Muchos de ellos para mí admiradísimos y, de alguna manera, cada uno me ha aportado algo diferente. Su forma de ver el teatro, su forma de trabajar… me parece una riqueza.  Una cosa que me gusta mucho cuando trabajo con un director que no conozco, es que me parece siempre una aventura, una puerta abierta. En este caso ahora con Miguel ha sido maravilloso, o en el caso anterior de “El pequeño Poni” con Luis Luque.

Afortunadamente, siempre me han quedado ganas de volver a trabajar con la mayoría, casi con el 90%.  Me resulta muy gratificante recordarles.

Roberto, cuando los espectadores seguimos la carrera de un actor que nos gusta, muchas veces decimos “¡qué bien que ha trabajado con esta actriz o con este actor¡”. Lo decimos simplemente porque nos gustan a nosotros.  Eso no quiere decir que para el actor esas colaboraciones hayan significado lo mismo.  Aunque eres joven, tu trayectoria ya es larga y te has ido encontrando por el camino con nombres muy importantes de nuestra escena.

Voy a arriesgarme, ¿qué significa para ti haber coincido con la gran Berta Riaza?  

(suspira profundamente)  Te has arriesgado y acabas de hacer pleno en la diana.  ¡Berta Riaza¡ ¡Madre mía, madre mía¡ Ella es para mí una de las actrices más grandes. Cuando llegué a Madrid tuve la bendita suerte, recién terminados mis estudios en Valladolid, de hacer unas pruebas con José Carlos Plaza y entré en el Centro Dramático Nacional.  Necesitaban un joven actor para hacer el personaje de Fortimbrás de “Hamlet” y allí entré yo con veintiún años.  Me quedé cinco años, haciendo “Hamlet”, “La Orestiada”, “Las comedias bárbaras”… En la mayoría de esas obras estaba Berta Riaza.

Antes de eso, ella había ido a Valladolid para hacer “Todos eran mis hijos” y yo tenía mi entrada en la Fila 2.  Esa mujer consiguió arrebatarme, me hizo sentir tanto… (guarda silencio recordando).  Ver su trabajo aquella noche, fue algo tan hipnótico…

Al cabo de dos meses, yo me encontraba en la Sala Jorge Juan, que era la sala de ensayos del CDN.  Ellos llevaban ya dos meses de ensayos con “Hamlet”, y me encontré en un hall escuchándola a ella hacer una escena con José Luis Gómez.  Recuerdo escucharla desde el hall, y no atreverme a abrir unas puertas (como las que tenemos aquí) para pasar dentro porque para mí era absoluta veneración.

La veía siempre prepararse entrecajas, veía siempre sus escenas…  Me llamaba poderosamente la atención que ella siempre se sentaba en una de las sillas, muy relajada, escuchando la función y cuando le tocaba hacer sus escenas se aproximaba a la caja y ¡fun¡  Yo la veía allí, en su sitio, como una especie de monje tibetano.  Y, además, en la vida era una mujer muy gamberra, muy divertida…

Tenía una fuerza como actriz…  Recuerdo una vez en “Hamlet” que tenía un texto tras la muerte de Ofelia que a mí todas las noches me hacía llorar al escucharla.  Era la belleza, la forma de tenía de decirlo, el dolor… Era como un Estradivarius.  La admiro muchísimo, y me da mucha pena que ella ya ni se acuerde de lo que fue.

Pero nosotros sí lo hacemos…

Sí…  Berta Riaza es una de las actrices más colosales que he visto nunca en un escenario.

Cuando quedé fascinada con tu forma de interpretar, ese momento en que descubres a un actor y sabes que vas seguir su carrera para siempre, fue en “La señora”.  No sé si para ti el Marqués de Castro es tu mejor personaje… o ése al que le estás más agradecido.

Desde luego que sí, aunque también hay un personaje en la película “Gordos” con el que disfruté mucho y me trajo muchas cosas buenas.  Con otros personajes igual…

Pero sí, el Marqués de Castro es un trabajo muy importante para mí. Fueron tres temporadas de una serie y eso me ofreció la  posibilidad de recorrer rincones del personaje, ir a sitios, evolucionar… que es difícil tenerla con cualquier personaje en una película o en una obra de teatro.

Recuerdo que cuando hice las pruebas para interpretarlo, ni siquiera había leído el primer capítulo.  Sólo me dieron una escena, pero yo no sabía que ese personaje iba a ser así.  Cuando comencé a leer la historia y vi los mimbres que tenía: era un falso, suplantaba una personalidad que no tenía, venía de un estrato social muy bajo…  Tenía todos los ingredientes para que yo interpretara a un actor, aunque él no lo fuera. (ríe)

Era un personaje que tenía muchas contradicciones.  Además tuve unos grandes compañeros en esa serie: directores, actores, guionistas… que hicieron muy bien su trabajo.

La verdad es que fue un personaje que creció conmigo durante aquellas tres temporadas y del que guardo un gran recuerdo.

No puedo concluir esta entrevista sin pedirte que me hables de tu colaboración con Tomaz Pandur…

Ese es otro episodio maravilloso de mi vida. Hay directores con los que trabajas que son muy buenos y es muy gratificante trabajar con ellos, pero luego hay otros que son creadores de universos.  Tomaz era ese tipo de director.  Nunca he trabajado con nadie como lo hice con él, con ese nivel.  Era como una especie de brujo (sonríe).  En los ensayos nadie iba en ropa informal o de chándal.  Siempre había un vestuario aproximado al que íbamos a tener en la función, volvía locos a los compañeros de producción. Necesita que el vestuario de los ensayos fuera teatral y sugerente.  Las luces debían crear una atmósfera y no admitía luces de fluorescentes. Traía músicas, traía propuestas… todo partía de una improvisación donde él te daba unas propuestas y tú ahí volabas.

Claro, el nivel de riesgo que él asumía te obligaba a ti, por lo menos, a intentar aproximarte.  Ocurrían cosas que tú desconocías que pudieras hacer y además pensabas que no las ibas a poder repetir al día siguiente.   Luego sentías que eso que tenías que hacer no era nada ajeno a ti porque de alguna manera eras tú el autor.

Era una forma de trabajar ¡tan creativa, tan arriesgada¡   Y luego él tenía un mundo ético y estético tan poderoso…  Y humanamente era un tipo increíble.  Generaba una sinergia y una energía en toda la compañía de buen rollo y de amor que era maravilloso.

Roberto, hemos concluido nuestra conversación, pero sólo por hoy…  (reímos).

Espero que sí, que volvamos a hablar.  Muchas gracias.

A ti…

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NOTAS:

Las fotografías oficiales de la obra de teatro “Fausto” de Goethe, dirigida por Tomaz Pandur, son autoría y propiedad de ALJOŠA REBOLJ y FELYPE DE LIMA.

El resto de fotografías de Roberto Enríquez publicadas en esta entrevista son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.