

El tranquilo pueblo bretón de Paimpont ha decidido por unanimidad acoger refugiados ucranianos a cambio de subvenciones del gobierno. Sin embargo, en lugar de ucranianos, ven llegar migrantes sirios, lo que desencadena reacciones que oscilan entre la hospitalidad forzada y el rechazo, revelando los prejuicios de una comunidad que se considera ejemplar.
En su última propuesta como realizadora, Julie Delpy ha decidido retornar a los mimbres expresivos y narrativos de la comedia aparentemente ligera para abordar una incisiva radiografía social del racismo y la xenofobia, absolutamente extrapolable al escenario global —ella misma reflexionaba sobre sus razones en la elección del género, “después de investigar y hablar con decenas de refugiados, me di cuenta de lo absurdo de la situación.
Los problemas surgen cuando la gente se siente rechazada y no querida”—. De hecho, el humor negro y abrasivo se cuela con inteligencia y contundencia en unas cuantas ocasiones durante estos días en un pequeño pueblo de la Bretaña francesa.
Conoce a los bárbaros comienza con un divertido parlamento filmado del señor alcalde anunciando la acogida de una familia de refugiados del país en guerra. Delpy se afana en mostrarnos las pequeñas miserias del marketing político, la ridiculez del líder municipal que está especialmente preocupado por su aspecto en pantalla, por la bonanza de la corbata azul que le ha recomendado ponerse su mujer.
La votación en el seno del Consejo local consiguió la mayoría suficiente con dificultades, gracias al voto del empresario fontanero, que pronto se descubrirá muy cercano a los postulados de esas nuevas alianzas nacionales tan pujantes. Y va y resulta que finalmente la familia que se van a tener que contentar con acoger han escapado de Siria. Hay que destacar que se reserva Delpy el papel de Joëlle, la maestra de escuela progresista que abanderó el proyecto, y no dudó en falsificar determinados requisitos administrativos para que los exiliados árabes pudiesen llegar al pueblo.
En la crítica descarnada que desarrolla el film, no renuncia de ninguna manera al optimismo, a la confianza en el ser humano como ciudadano consciente y empático. Tampoco, en definitiva, a proporcionarnos esperanza entre tanta podredumbre moral, y con el más contagioso sentido del humor.
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