A different man cuenta la historia de Edward, un actor fracasado que decide ofrecerse como conejillo de Indias para un tratamiento radical que transformaría su rostro deforme en el de un hombre “normal”. Será el propio Edward el que sufra los dolores de este tipo de representación una vez el tratamiento funciona y decida asumir una nueva identidad de hombre guapo normal.

Ficción y realidad se van fundiendo en la mente de Edward y la propia película, que no obstante opta por la claridad expositiva y un soterrado cachondeo a costa del personaje de Sebastian Stan, que está ciertamente arrebatador como un hombre frustrado que sufre la verdadera marginación una vez su rostro se vuelve normal.
Los papeles de víctima y héroe se intercambian, y A different man empieza a dialogar de una manera distinta para cada espectador a medida que reflexiona sobre cómo el papel de héroe y el de víctima son, a su manera, cárceles de oro para cada uno de ellos en el relato de nuestro biopic particular, y cómo todo lo que nos han contado podría ser un hipócrita manual de instrucciones implantado en nuestro subconsciente con destino a la infelicidad más mediocre que uno pueda imaginar.
Adam Pearson, uno de sus protagonistas, no tiene maquillaje alguno sobre su rostro, y que tan solo el citado Stan se pasea media película caracterizado a la manera de John Hurt en El hombre elefante o Eric Stoltz en Máscara.
La película de Aaron Schimberg, sin embargo, se aleja de todas las anteriores y prefiere jugar en términos de comedia negra, con el cine de David Cronenberg, o, sobre todo, la obra de Charlie Kaufman, en ese juego entre ficción y realidad, la extraña retroalimentación de ambas y cómo un individuo puede encontrar su propia cárcel en la tan ansiada normalidad.
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