
La familia de Jake y Neytiri lidia con el dolor tras la muerte de Neteyam y se topa con una nueva y agresiva tribu Na’vi, el Pueblo de Ceniza, liderada por los feroces Varang, mientras el conflicto en Pandora se intensifica y surge un nuevo enfoque moral.
En la tercera entrega de la saga Avatar, se introduce al Pueblo de las Cenizas, un nuevo clan Na’vi con una visión más agresiva que el resto de pueblos del mundo. A diferencia de los clanes vistos anteriormente, estos Na’vi no dudan en recurrir a la violencia para conseguir sus fines, incluso si eso significa enfrentarse a otros clanes.
Con esta nueva amenaza, Pandora se convierte en un territorio aún más inestable, donde los conflictos internos ponen en peligro el equilibrio del planeta y obligan a replantear la lucha por su supervivencia.
Pero nuevamente: puede que “Avatar: fuego y cenizas” sea muy ligeramente inferior a su predecesora, pero eso no quiere decir que sea una experiencia frustrante o tediosa. La película dura más de tres horas y, sin embargo, se mueve con energía y propósito, haciendo que el espectador nunca se sienta cansado de estar tanto tiempo sentado frente a la pantalla grande.
James Cameron sigue expandiendo el mundo que ha creado en Pandora, mostrándonos no solo a un nuevo pueblo N’avi, sino también lo que pasa cuando ciertos personajes buscan la ayuda de Eywa. Interesante la manera en que se desarrolla la narrativa de “Avatar: fuego y cenizas”, ya que intenta hacer bastantes cosas, pero a la vez, es engañadoramente simplista.
Esto no debería sorprender. Los filmes de “Avatar” nunca han narrado historias particularmente complejas, más bien valiéndose de arquetipos y referencias mitológicas para transmitir temas relacionados con la conservación ambiental, la familia y los peligros de la tecnología sin supervisión.
Una película solo para los amantes del género.
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