
Centrándose específicamente en el cineasta Jean-Luc Godard y en su ópera prima Al final de la escapada, la película plantea su trama como una suerte de making off del rodaje original de 1959. Más allá de los guiños constantes a la obra clásica, el film captura sobre todo el carácter transgresor e independiente de Godard, un cineasta que huía de los guiones cerrados y otorgaba libertad absoluta a los actores, rodando de forma espontánea cuando la inspiración surgía del espacio y del momento.
La película, filmada en un elegante blanco y negro, encuentra un equilibrio preciso en su puesta en escena y apuesta por una planificación dominada por planos frontales, primeros planos y primerísimos primeros planos. Desde su arranque, la historia presenta a distintos integrantes de la Nouvelle Vague como si se tratara de una galería de retratos vivos (Truffaut, Chabrol, Godard y tantos otros) antes de dar paso al dinamismo del rodaje, a la acción y a esos instantes de inspiración marcados por la espontaneidad. Lejos de una mirada nostálgica, la película adopta un tono festivo que no esquiva, sin embargo, los desencuentros de Godard con el productor y con la actriz principal, así como las tensiones derivadas de un método caótico y profundamente rupturista.
En el plano interpretativo, sobresalen Guillaume Marbeck como Godard, Zoey Deutch en el papel de la glamurosa Jean Seberg y Aubry Dullin como Jean-Paul Belmondo.
Como conclusión, Nouvelle Vague no solo rinde homenaje a la figura del director francés, sino que además recuerda al espectador, de modo sutil, que la magia y la inmortalidad del cine no residen tanto en las cotas del éxito o del espectáculo visual como en la manera de llevarlo a cabo y en el sello creativo. Una película en blanco y negro que, al tiempo, es puro cine de autor y retrato de una obra clave en la historia del cine.
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