

Convencido de que su carrera ha tocado fondo tras creer que no obtendrá el ascenso que esperaba, Stan, un ejecutivo de una empresa de construcción, decide dar un golpe desesperado: robar de la caja fuerte de su jefe una maleta que contiene un millón de euros de dinero negro. Dispuesto a huir con su novia, pone rumbo al aeropuerto. Sin embargo, cuando ya parece haber dejado atrás todos sus problemas, recibe una llamada inesperada: la promoción con la que soñaba es suya.
Consciente de que ese robo puede arruinar el futuro que acaba de recuperar, Stan dispone de una sola noche para devolver el dinero antes de que nadie descubra su desaparición. Para lograrlo contará con la ayuda de Hippolyte, un cerrajero tan brillante como falto de escrúpulos, con quien se verá inmerso en una sucesión de situaciones cada vez más caóticas, mientras el tiempo juega irremediablemente en su contra.
No se puede negar que la película encadena un sinfín de situaciones disparatadas mientras lanza una crítica, no demasiado sutil pero efectiva, contra las prácticas de un capitalismo sin escrúpulos: una empresa dispuesta a recurrir a la corrupción, engañar a sus clientes y contaminar el planeta con tal de aumentar sus beneficios.
Un mensaje de fondo que se integra con naturalidad en una comedia cuyo principal atractivo sigue siendo la presencia del inefable Christian Clavier. El actor encuentra aquí un personaje que es una auténtica perita en dulce para un veterano de su oficio, explotando con su habitual precisión ese talento para la gesticulación, el ritmo y la exasperación que lo han convertido en uno de los grandes referentes de la comedia francesa.
Simpática, llena de buenas intenciones y con algunas escenas realmente divertidas, la cinta acaba resintiéndose de una evidente falta de audacia.
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