

El hombre más poderoso del mundo se embarca en una misión frenética para demostrar que es el salvador de la humanidad antes de que el desastre que ha desatado lo destruya todo.
Digger, la película, es eso: un instructivo sobre el “deber ser” del mundo y la identificación correcta del villano. Pero eso no es lo único que lo hace una mala película. Tampoco su abuso grandilocuente y pedante del plano, casi nunca pertinente.
Lo que hace a Digger un ejercicio fallido es porque la película pretende disciplinar el humor. Un manual sobre de quiénes, cómo y de qué manera es lícito y correcto reírse hoy. A esta altura del siglo, que nos moleste el didacticismo de Iñárritu, un cineasta viejo con ideas de 1970 a lo sumo, es como una anécdota demasiado repetida. Lo nuevo es que además pretende imponernos el reglamento de la risa.
Tom Cruise hace todo lo que el director le pide y lo hace bien. Es cierto que quería hacer un film centrado en Les Grossman; casi seguro que hay alguna idea de allí en esta película. Sin embargo, hay una diferencia grande entre ser directo hasta la grosería y declamar. Les putea, amenaza, dice cosas terribles de un modo orgánico y nunca se define a sí mismo o a su -digamos- “ideología”. Digger, en cambio, dice qué piensa, por qué lo piensa, y cómo es el mundo.
Da una lección de cómo piensa el mundo y con ello, por el absurdo, los realizadores indican cómo debe serlo.
En fin, esta película producida por el propio Tom Cruise está claro que fue porque sigue buscando un prestigio que la Academia de Cine Americano quizá le debe.
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