Juan Pablo es un prestigioso orfebre que viaja a Nueva York desde España para una exposición sobre su obra. De camino pasará por su pueblo natal, donde realiza una parada que le transporta automáticamente al pasado y que le lleva a reencontrarse con un gran amor que provocó un cambio en su vida para siempre.
La trama se desarrolla entre la década de los 50 y los 70 y 1999. Dos líneas temporales que se entremezclan en esta historia romántica y dramática a partes iguales.
La película trata de una adaptación de la novela que lleva el mismo nombre escrita por Elia Barceló. Olga Osorio dirige la película, siendo este su segundo trabajo en el mundo del largometraje después de ‘¡Salta!’.
Mario Casas, que ha trabajado últimamente en grandes proyectos como ‘Escape’, se reencuentra con Michelle Jenner tras ‘Los hombres de Paco’. Ambos coprotagonizan esta película en la que también está Zoe Bonafonte a quien conocimos en ‘El 47’, donde su trabajo le llevó a recibir la nominación al Goya a mejor actriz revelación. Enzo Oliver, para quien esta será su primera película, cierra el reparto principal. Una historia que trasciende el tiempo y donde el amor es lo más importante es la que marca el regreso a Casas al género romántico tras una década desde ‘Palmeras en la nieve’.
El Ballet Nacional de España regresa a Zaragoza, concretamente al Teatro Principal, con Generaciones. Es un programa mixto de repertorio y nuevas coreografías, que parte de la tradición de la danza española y refleja la evolución de las propuestas escénicas a través de tres generaciones de creadores. La compañía estatal de danza española, dirigida por Rubén Olmo, no pisaba los escenarios aragoneses desde 2021, cuando participó con notable éxito en las celebraciones conmemorativas del Año Goya.
El Ballet Nacional de España ofrecerá cinco funciones de Generaciones del 5 al 9 de marzo. El público podrá ver algunas de las obras más emblemáticas del repertorio, como Ritmos, de Alberto Lorca, y Grito, de Antonio Canales.
La primera es una coreografía sin argumento que su autor dedicó a Encarnación Įópez “La Argentinita” y celebra la belleza visual de la danza en cinco movimientos. La segunda hace un repaso de palos representativos del flamenco: seguiriyas, soleás, alegrías, tientos y tangos. El programa diseñado por Rubén Olmo para Zaragoza incluye otra coreografía histórica que la compañía remontó con ocasión de la declaración de la Jota como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial.
Se trata de la Jota Aragón, una pieza creada por Pedro Azorín, con música de Salvador Ruiz de Luna. Su impactante presencia escénica ha contribuido a situarla como la jota más popular y bailada del repertorio nacional. Interpretarla en Zaragoza supone una especial responsabilidad para la compañía, que quiere homenajear así a la tierra que vio crecer a Azorín, extraordinario bailarín y maestro de la jota aragonesa. Para Rubén Olmo, director del Ballet Nacional de España, es tan importante recuperar piezas clave de nuestro repertorio histórico como fomentar la creación contemporánea, sin perder de vista las últimas corrientes artísticas.
Por ello, Generaciones incorpora tres piezas coreográficas que muestran el trabajo de una nueva generación de autores. Son tres solos creados para intérpretes femeninas que se alternarán en las distintas funciones. La primera bailarina Inmaculada Salomón interpreta Pastorela, de Antonio Ruz, con música de Manuel Blasco Nebra los días 5 y 8 de marzo; una coreografía que se mueve sin prejuicios entre la escuela bolera, la danza estilizada y la contemporánea.
En Aurora, de Jesús Carmona, la solista Miriam Mendoza baila al ritmo de El Corpus Christi en Sevilla de Isaac Albéniz el día 7 de marzo. Por su parte, la también solista Débora Martínez interpreta Jacaranda, una pieza de Rubén Olmo con música de Alberto Ginastera que parte de este árbol tropical para reflexionar sobre la feminidad y la naturaleza, los días 6 y 9 de marzo. En esta gira contaremos con la interpretación al piano del músico invitado Juan Carlos Garvayo.
El Ballet Nacional de España (BNE) es la compañía pública referente de la danza española desde que se fundó en 1978 bajo el nombre de Ballet Nacional Español, con Antonio Gades como primer director. Forma parte de las unidades de producción del Instituto Nacional de la Artes Escénicas y de la Música (INAEM), perteneciente al Ministerio de Cultura y Deporte.
La finalidad del BNE se centra en preservar, difundir y transmitir el rico patrimonio coreográfico español, recogiendo su pluralidad estilística y sus tradiciones, representadas por sus distintas formas: académica, estilizada, folclore, bolera y flamenco. Asimismo, trabaja para facilitar el acercamiento a nuevos públicos e impulsar su proyección nacional e internacional en un marco de plena autonomía artística y de creación. Rubén Olmo, Premio Nacional de Danza 2015, se ha incorporado al Ballet Nacional de España en septiembre de 2019 con la intención de trabajar para la preservación, la difusión y la movilidad del repertorio tradicional de la Danza Española, incorporando además nuevas creaciones y abriendo las puertas a las vanguardias y la experimentación. Esta supone su segunda etapa en el BNE, compañía de la formó parte como bailarín entre 1998 y 2002.
De 2011 a 2013 ejerció como director del Ballet Flamenco de Andalucía, institución dependiente de la Junta de Andalucía, con la que estrenó montajes propios como Llanto por Ignacio Sánchez Mejías o La muerte de un minotauro. Anteriormente, formó su propia compañía, para la que creó espectáculos como Érase una vez, Belmonte, Las tentaciones de Poe, Horas contigo, Naturalmente Flamenco y Diálogo de Navegante. También ha colaborado como coreógrafo o bailarín con figuras destacadas de la Danza Española como Aída Gómez, Antonio Najarro, Eva Yerbabuena, Víctor Ullate, Antonio Canales, Rafael Amargo, Isabel Bayón, Rafaela Carrasco y Aída Gómez.
RUBÉN OLMO
Con solo 9 años Rubén Olmo ingresó en el Conservatorio de Sevilla, donde se licenció en Danza Española y Danza Clásica. Su carrera profesional comenzó a los 16 años, cuando ingresó en la Cía. de Javier Barón. Después ha bailado en la Cía. de Danza Española de Aída Gómez, en el Ballet Nacional de España o en la Cía. de Eva Yerbabuena, antes de cumplir el sueño de formar su propia compañía en 2006. Premio Nacional de Danza en 2015 y Max en 2014, ha sido maestro en el Centro Andaluz de Danza y director del Ballet Flamenco de Andalucía y lleva cinco años al frente del BNE.
Brasil, 1971. Un país en las garras de una dictadura militar. Una madre se ve obligada a reinventarse cuando la vida de su familia se ve destrozada por un acto de violencia arbitraria. Basada en las memorias de Marcelo Rubens Paiva. La película narra cómo una madre de familia se ve obligada a participar en el activismo político cuando su marido, el diputado izquierdista Rubens Paiva, es capturado por el régimen durante la Dictadura militar de Brasil en 1971.
La película se divide en cuatro segmentos. Al principio describe cómo la familia Paiva intenta vivir de la manera más normal posible en situación de dictadura, con más militares de los necesarios desplegándose por las calles. Luego salta a los episodios que les cambiaron la vida a partir del 20 de enero de 1971 y los días posteriores, a la reacción y búsqueda de explicaciones por lo sucedido, y finalmente a la posterior resolución de los hechos veinticinco años más tarde y aún después.
La película utiliza la peripecia personal de la familia Paiva para sintetizar medio siglo de la historia de Brasil, en dictadura y después. El tema, con sus datos de desapariciones, terrorismo de estado y violaciones a los derechos humanos, ha sido tratado por cierto otras veces en el cine, a veces con convicción dramática, otras a nivel de mero panfleto.
El director Walter Salles sabe colocarse en un nivel muy digno, el de un narrador solvente que respeta a sus personajes y a su público, obtiene fragmentos de legítima emoción, y conduce a un elenco de primera, con un punto especialmente alto (o dos) en la composición de la protagonista a cargo de las dos Fernandas (incidentalmente, Montenegro había sido la protagonista de Estación Central, acaso su mejor película hasta la fecha).
El tránsito de la película de la alegría al drama, al desconcierto, a la búsqueda de la verdad, a la lucha por los derechos humanos, al reconocimiento del horror y a la entereza para seguir adelante no va a dejar indiferente a casi nadie.
Con un pie en el neorrealismo con conciencia de clase de De Sica y Visconti, y otro en el humanismo de Ermano Olmi, la directora italiana Maura Delpero estrena «Vermiglio», un drama costumbrista ambientando en la Segunda Guerra Mundial.
El segundo largometraje de Maura Delpero (Hogar) transcurre en 1944, en un pueblo ubicado en las montañas del norte de Italia que da título al film. Vermiglio, Gran Premio del Jurado del Festival de Venecia, se construye como un drama de época que presenta el retrato de una familia ad portas del fin de la Segunda Guerra Mundial.
La vida idílica del maestro local del pueblo y su familia numerosa se ve alterada cuando un soldado desertor llega al pueblo en busca de un escondite. Este escenario es el telón de fondo sobre el que Delpero desarrolla un entramado de relaciones, reflexionando a través de ellas sobre temas como la maternidad, el patriarcado y el paso del tiempo. Todo mediante una puesta en escena delicada y sugerente que recurre a la poesía del paisaje y conecta con toda una tradición del cine italiano, de Ermanno Olmi a Alice Rohrwacher.
Sobre la directora, MAURA DELPERO:
Nacida en 1975 en Bolzano (Italia), se formó como dramaturga en Buenos Aires (Argentina), tras estudiar Literatura en la Universidad de Bolonia y en la Sorbona (París IV). Su primer documental, ‘Signori professori’, ganó el premio Avanti! y el premio UCCA en el 26o Festival de Turín. En 2011 fue seleccionada para participar en la Escuela de Verano de Cine de Locarno. El documental ‘Nadea e Sveta’ (2012) ganó una mención especial del jurado en los Premios Solinas de cine documental. Durante cuatro años dio clases de cine en un hogar para madres solteras de Buenos Aires, una experiencia que inspiró su primera película, ‘Hogar’ (2019), que fue la única obra italiana en competición en el Festival de Locarno, donde ganó el premio especial del jurado. ‘Vermiglio’ (2024) conquistó el gran premio del jurado en el Festival de Venecia.
Un niño de seis años es acusado de traspasar ciertos límites con un compañero de clase y la dirección del centro educativo convoca a los padres de ambos para hablarlo. Entre incomodidades e insinuaciones se va encendiendo la contienda parental en pos de una verdad esquiva, en la que fue premiada como mejor ópera prima de Cannes.
Halfdan Ullmann Tøndel firma este drama psicológico, tan polémico como impredecible, que parece descendiente directo de Buñuel o de Vinterberg en su forma de estirar los límites de lo perturbador, con rigor estético y toques de sátira cruel. Se come la pantalla una Renate Reinsve al borde del colapso en la única localización del film: una escuela convertida en escenario claustrofóbico y coreográfico donde se dirimen los límites morales / sociales y los impulsos del cuerpo / la mente.
Con su película, La Tutoría, Halfdan Ullmann Tøndel, nieto de Ingmar Bergman y Liv Ullmann, invoca la memoria de sus ancestros. Al igual que la reciente La red fantasma, pero de forma infinitamente diferente, La tutoría comienza moviéndose en los parámetros del cine social incómodo para, a medida que escarba en el pasado común de profesores y padres implicados, sugerir un imbricado thriller ubicado íntegramente en una sala de profesores.
Tøndel interrumpe el careo con situaciones que lindan con el absurdo, quizá para sugerir que la difusión que nunca se llega a producir sobre acontecimientos que nunca presenciamos protagonizados por dos niños a los que nunca veremos no es más que palabrería sobre la creacionista de espacios seguros y protocolos que enmascaren la verdadera falta de control de esta situación.
El director va filtrando al público lo que esconde cada uno de los progenitores de los niños implicados, reforzando el componente de puro thriller de un film que poco a poco se va desplazando de un espacio real a uno imaginado. Por el camino, resulta lamentablemente repetitivo y frustrante, pero deja por el camino una impresionante interpretación de Renate Reinsve (con algún momento que linda con el puro horror) y una música que convierte en tenso, atrayente e hipnótico las discusiones de los implicados.
Hamid es un profesor sirio que ha sido forzado al exilio por la brutalidad del régimen de su país. Decide unirse a un grupo secreto dedicado a perseguir y capturar a los líderes responsables de la represión y el sufrimiento de su pueblo.
Después de años de dolor y recuerdos imborrables, su misión lo lleva a Francia, donde sigue el rastro de un hombre que simboliza su peor pesadilla: su antiguo torturador, un oficial de alto rango que ahora vive en la clandestinidad. La lucha de Hamid por justicia se mezcla con un deseo de venganza que lo consume. El guion se construye a partir de una investigación minuciosa, con escenas que alternan el sigilo con momentos de confrontación emocional. La historia evita grandes giros inesperados, apostando más por una tensión contenida que por explosiones de acción.
Aunque la premisa es potente y el trasfondo histórico le otorga peso, algunos personajes secundarios podrían haber sido mejor desarrollados para aportar más profundidad a la red clandestina y sus motivaciones.
El tempo de La Red Fantasma es pausado pero mantiene el interés, centrando la atención en el conflicto interno del protagonista tanto como en su misión. Sin embargo, en algunos momentos, la película podría beneficiarse de una mayor intensidad narrativa, ya que ciertas escenas se extienden más de lo necesario, afectando la fluidez del relato.
Adam Bessa, que da vida a Hamid, ofrece una interpretación sólida, transmitiendo el trauma y la determinación de su personaje sin recurrir a excesos dramáticos. Su presencia es fundamental para sostener la tensión de la historia, y sus momentos de duda y conflicto interno son los más logrados. El resto del elenco cumple su papel con eficacia, aunque algunos personajes secundarios carecen del desarrollo necesario para hacer que sus relaciones con el protagonista se sientan más significativas.
Jackie y Clotaire crecen en el mismo pueblo, en el mismo instituto, cerca del mismo puerto. Ella, de una familia de clase media-alta, estudia, mientras que él, de origen modesto, hace novillos. La vida intenta por todos los medios separarlos, pero sus caminos se cruzan y se enamoran perdidamente. Su historia de amor parece estar condenada al fracaso cuando él es condenado a 12 años en prisión…
El guion desarrolla de manera convincente la conexión entre los protagonistas, pero a medida que avanza, se siente algo predecible en su enfoque de los desafíos y sacrificios del amor imposible. Aunque Corazones rotos logra transmitir emociones genuinas, no se desvía lo suficiente de los tropos clásicos del género para ofrecer una experiencia totalmente única.
La historia de Jackie y Clotaire sigue un camino clásico de amor prohibido. A pesar de provenir de mundos opuestos, se enamoran profundamente, pero su relación está marcada por las dificultades que les impone la vida. La condena a prisión de Clotaire es el punto de inflexión que pone a prueba la fortaleza de su amor, mientras ambos enfrentan las realidades de la separación, el estigma social y el tiempo que los distancia.
Una dolorosa historia de amor con elementos de thriller, como si fuera El acontecimiento (Audrey Diwan, coguionista) mezclada con BAC Nord (repiten casi todos, Lellouche, François Civil, Adèle Exarchopoulos, Karim Leklou). Pero narrada en dos tiempos: la Francia de los años 80, con The Cure sonando en todas las radiofórmulas, y la de diez años después, tras una elipsis carcelaria, cuando el chico malo se reencuentra con la chica buena.
Un reparto al que se suman Vincent Lacoste, o Alain Chabat, Elodie Bouchez y Benoît Poelvoorde en roles más secundarios. Todo resulta atractivo en la nueva aventura como director de Gilles Lellouche, aupado por el éxito de El gran baño.
Pero el metraje es excesivo. Se nota el entusiasmo por hacer gran cine, pero no traspasa la pantalla. Los protagonistas del filme, Adèle Exarchopoulos, François Civil y Vincent Lacoste, están muy acertados en sus respectivas interpretaciones.
Will es un agente de policía que acaba de llegar a los cuerpos de seguridad de un pequeño y tranquilo pueblo pesquero. Terry es otro policía que tutela y enseña a Will a cómo debe afrontar su nuevo trabajo, centrándose especialmente en que no debe matar a nadie.
Cuando llegan a investigar una casa, Will mata por accidente a la propietaria, ocasionando el enfado de su compañero. Indignado, Terry comienza a golpear objetos de la sala porque ahora van a ser culpables de un delito, pero cuando tira un jarrón, caen de su interior un millón de dólares, haciendo que los dos ideen un plan para intentar quedarse con todo el dinero. Primero, los agentes deben encontrar un supuesto culpable para así librarse del delito que han comento, por lo que empiezan a investigar a habitantes del pueblo de los más extraños y que, por algún casual, también conocen la fortuna que hay en juego. Una de las investigadas no está centrada en conseguir el dinero, sino en averiguar qué esconden los dos nerviosos policías.
La película presenta una serie de personajes pintorescos que aportan momentos de humor y tensión a partes iguales. Sin embargo, a medida que la trama progresa, la acumulación de eventos violentos y decisiones erróneas transforma la comedia inicial en una narrativa más sombría. Esta transición tonal tiene un punto claro de cambio y desbarata por completo las impresiones iniciales.
Es una apuesta tan ambiciosa como indica su propio título original y al contrario que le sucede a sus propios protagonistas Ponciroli y su guionista Mike Vukadinovich (‘Kidding’) salen airosos pues las sensaciones que deja son buenas, a pesar de ser extremadamente discordantes con sus intenciones.
La película se administra bien en cuanto a incorporar personajes o dejar ingredientes y misterios pendientes. Hay momentos durante la proyección que este filme mantiene el interés, el problema radica en que no logra hacerlo con convicción.
Angelina Jolie se ha metido en la piel de María Callas, para interpretarla en la última película biográfica de Pablo Larraín.
La historia está basada en relatos reales y cuenta la tumultuosa, hermosa y trágica historia de vida de la mejor cantante de ópera del mundo, revivida y reimaginada, durante sus últimos días en el París de los años 70.
Este filme del director chileno muestra a una mujer que enfrentó muchas luchas personales y profesionales a lo largo de los años y finalmente murió a los 53 años de un ataque cardíaco. Junto a una extraordinaria Angelina Jolie (en una de sus más brillantes interpretaciones), la película también está protagonizada por Pierfrancesco Favino, Alba Rohrwacher, Haluk Bilginer, Kodi Smit-McPhee y Valeria Golino. El guión, que se completó antes de la huelga de guionistas, está escrito por Steven Knight, colaborador de Larraín en Spencer.
El director, de nuevo asociado con el guionista Steven Knight (Peaky Blinders), aporta una imaginación alucinada y delirante, totalmente compatible con la solemnidad del escenario y el personaje, que ciertamente humaniza a María Callas y aporta un lirismo adicional a una narración plagada de fantasmas y recuerdos, los de una cantante consciente de que afronta sus últimos días y decide recorrer su vida en un viaje mental por el tiempo y el espacio.
La película vale más por lo que calla (lo sucedido en su juventud con el régimen nazi) que por lo que cuenta, un viaje existencial donde los delirios se mezclan con recuerdos, y en el que la angustia del desenlace queda reservada para los criados que todavía rodean a “La Callas”.
La película se apoya en una excelente Angelina Jolie, que consigue eliminar sus gestos habituales al sentido retrato de una mujer con la que, sospechamos, debe identificarse más de lo debido. No obstante, la solemnidad del film y el respeto al personaje opaca los delirios fantasmales del relato, que no se atreve, con sus diálogos literarios sobre la enfermedad, la revelación y el arte, a internarse en territorios verdaderamente arriesgados.
Una película, y una actriz protagonista, muy brillantes.
A different man cuenta la historia de Edward, un actor fracasado que decide ofrecerse como conejillo de Indias para un tratamiento radical que transformaría su rostro deforme en el de un hombre “normal”. Será el propio Edward el que sufra los dolores de este tipo de representación una vez el tratamiento funciona y decida asumir una nueva identidad de hombre guapo normal.
Ficción y realidad se van fundiendo en la mente de Edward y la propia película, que no obstante opta por la claridad expositiva y un soterrado cachondeo a costa del personaje de Sebastian Stan, que está ciertamente arrebatador como un hombre frustrado que sufre la verdadera marginación una vez su rostro se vuelve normal.
Los papeles de víctima y héroe se intercambian, y A different man empieza a dialogar de una manera distinta para cada espectador a medida que reflexiona sobre cómo el papel de héroe y el de víctima son, a su manera, cárceles de oro para cada uno de ellos en el relato de nuestro biopic particular, y cómo todo lo que nos han contado podría ser un hipócrita manual de instrucciones implantado en nuestro subconsciente con destino a la infelicidad más mediocre que uno pueda imaginar.
Adam Pearson, uno de sus protagonistas, no tiene maquillaje alguno sobre su rostro, y que tan solo el citado Stan se pasea media película caracterizado a la manera de John Hurt en El hombre elefante o Eric Stoltz en Máscara.
La película de Aaron Schimberg, sin embargo, se aleja de todas las anteriores y prefiere jugar en términos de comedia negra, con el cine de David Cronenberg, o, sobre todo, la obra de Charlie Kaufman, en ese juego entre ficción y realidad, la extraña retroalimentación de ambas y cómo un individuo puede encontrar su propia cárcel en la tan ansiada normalidad.