LOS COLORES DEL TIEMPO (Dir. Cédric Klapisch)

Cuatro primos lejanos, miembros de una amplia estirpe que va a heredar una casa abandonada durante décadas, hacen inventario de la propiedad cuando descubren la figura de una misteriosa antepasada en el París de la belle époque. Entre ambos mundos se mueve este encantador periplo de reconstrucción genealógica a través de las imágenes, en el momento en que nacían la fotografía, el impresionismo y el cine.

Con su habitual talento para captar el alma de sus personajes, Cédric Klapisch entreteje los hilos de la historia familiar y la del arte en una ambiciosa trama en torno a la la memoria y la representación de la realidad: formas equiparables de dejar impronta. Nutrida de ingenio y optimismo, esta película coral con excelente reparto (Suzanne Lindon, Vincent Macaigne, Julia Piaton…) es una oda a la mejor juventud y una invitación a mirar el pasado con sus tonos originales para iluminar el porvenir.

La película se divide en sus dos líneas argumentales. En la primera, como acabamos de explicar, situada en el presente, una extensa familia —más de treinta miembros— hereda una casa antigua en Normandía, abandonada durante décadas. El alcalde del pueblo planea demolerla para construir un hipermercado, por lo que cuatro de los herederos son designados para inventariar todo lo que pueda conservarse antes de que la propiedad desaparezca. Es en esa casa, entre muebles cubiertos de polvo, cartas olvidadas y objetos que el tiempo ha vuelto misteriosos, donde los protagonistas empiezan a reconstruir la historia de Adèle Meunier, la joven antepasada que une a toda la familia.

En la segunda línea argumental, ambientada en el París del siglo XIX, sigue precisamente a esa Adèle, interpretada con exquisito gusto por Suzanne Lindon. A sus 21 años, la joven deja la campiña normanda para viajar a la capital en busca de su madre, quien la abandonó siendo niña. La ciudad que encuentra es un París vibrante, en plena transformación industrial, donde el Impresionismo marca una revolución estética y la fotografía comienza a consolidarse como un arte en sí mismo.

Klapisch retrata este período con un cuidado visual notable: calles cubiertas de neblina, talleres de artistas, cafés donde se mezclan intelectuales y obreros, y una atmósfera de descubrimiento que acompaña el despertar emocional y vital de Adèle. La combinación de las dos épocas subraya los dilemas existenciales y demuestra que trascienden con el paso del tiempo. 

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Nota: Las fotografías publicadas en este artículo son propiedad de sus autores.

DIE MY LOVE (Dir. Lynne Ramsay)

Una pareja joven y enamorada, cargada de ilusiones (Grace y Jackson), se muda de Nueva York a una casa heredada en el campo. Grace intenta encontrar su identidad con un nuevo bebé en ese entorno aislado. Pero al redescubrirse a sí misma tras un periodo de desmoronamiento, no lo hace en la debilidad, sino en la imaginación, en la fortaleza y en una impresionante e indómita vitalidad.

Jennifer Lawrence protagoniza junto a Robert Pattinson como Grace y Jackson, una pareja que hace un gran cambio de Nueva York a un lugar sin nombre ubicado entre árboles altos y praderas.

La familia de Jackson es de la zona y su madre, Pam (Sissy Spacek), y su padre, Henry (Nick Nolte), aún viven cerca. Jackson heredó una casa espaciosa y deteriorada por el clima de parte de su tío, quien se suicidó de una forma inusual que no tiene sentido y no tiene ninguna relación con la historia.

Lynne Ramsay nunca ha mostrado mucho interés en hacer películas fáciles de digerir; sus duros dramas psicológicos se niegan a ofrecer consuelo o a proporcionar respuestas claras a las confusas preguntas que surgen de las vidas trastocadas de sus personajes.

La directora escocesa no se ha ablandado en su irregular quinto largometraje, Mátate, amor. Con una actuación sin restricciones que oscila entre la realidad perturbada y la fantasía retorcida, difuminando cualquier línea divisoria que las separa, Jennifer Lawrence interpreta a una mujer trasplantada a los espacios abiertos del Estados Unidos rural, donde el matrimonio, la maternidad y la vida doméstica la rodean, minando su cordura.

Aunque los guionistas Enda Walsh, Ramsay y Alice Burch trasladan la novela debut lynchiana de 2012 de la escritora argentina Ariana Harwicz desde la campiña francesa, se mantienen fieles a su enfoque penetrante en una mujer que lucha contra sus demonios en un estado de aislamiento cada vez más febril, ya sea sola o en una habitación llena de gente.

No es una película fácil de ver.

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NOTA: Las fotografías publicadas en este artículo son propiedad de sus autores.

LA LARGA MARCHA (Dir. Francis Lawrence)

Esta versión cinematográfica -adaptada por el guionista J.T. Mollner, amplía el enfoque hacia la amistad que surge entre Ray Garraty (Cooper Hoffman) y Peter McVries (David Jonsson), que se convierte en el corazón humano de la historia, en el espejo ético que la violencia dictatorial intenta destruir.

La obra original de STEPHEN KING que publicó bajo el seudónimo de Richard Bachman- ya tenía brochazos de esa tensión existencial, pero esta versión eleva el material al llevarlo a la pantalla sin edulcorantes y con total crudeza y dramatismo.

La trama cambia en algunos detalles, ajusta personajes y ritmo, pero mantiene lo esencial: la competición absurda y el sacrificio como ritual.

Lo crudo de las imágenes no se queda en la idea de que los personajes mueran si paran de caminar, sino en el desgaste físico y psicológico: piernas que flaquean, miradas que se pierden, cuerpos que resisten cuando ya no deberían poder.

Los planos muestran la ruta interminable, la carretera vacía, el cuerpo humano convertido en máquina de caminar.

El diseño visual -algún plumón seco, el calor que parece absorberse en el asfalto, la soledad de los protagonistas- amplifica el drama. 

La película no rehúye la violencia gráfica: cuando llega, duele porque hemos caminado junto a los personajes y respirado su cansancio.

En cuanto a su fidelidad al libro, hay diferencias apreciables: el número de participantes se reduce, algunos personajes se condensan, se omiten ramificaciones, y el final sigue otro camino para adaptarse al lenguaje cinematográfico. Pero la esencia está ahí: el sistema opresivo, la caminata interminable, el sacrificio y el deseo de algo que va más allá de unos pies doloridos. 

Cuando el final llega, la película deja una huella profunda. No se trata de quién gana, sino de quién consigue seguir siendo humano en medio de un sistema que despoja de toda compasión.

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Nota: Las fotografías publicadas en este artículo son propiedad de sus autores.

VALOR SENTIMENTAL (Dir. Joachim Trier)

Las hermanas Nora y Agnes se reencuentran con su padre ausente, un director de cine muy reconocido en el pasado que ha vuelto para ofrecer a Nora el papel principal de su próxima película. Aunque ella lo rechaza, Gustav decide seguir adelante y utilizar la casa familiar como escenario de su nuevo rodaje, lo que reaviva las tensiones entre ellos, especialmente tras la llegada de una joven actriz de Hollywood que acepta el papel en su lugar. El vínculo entre las hermanas se convertirá en su mayor refugio frente a las heridas del pasado.

Tras su inolvidable colaboración en La peor persona del mundo, Joachim Trier y Renate Reinsve lo han vuelto a hacer. Gran Premio del Jurado en Cannes, Valor sentimental nos adentra en las intimidades de una centenaria, fría y agrietada casa: dos hermanas, una reputada actriz de teatro y una devota terapeuta, distanciadas tras el suicidio de su madre, vuelven a hallarse frente a su padre, un cineasta olvidado por el cine y por ellas, a las que abandonó siendo niñas.

Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas y Elle Fanning completan el magnífico elenco de este tenso y conmovedor relato, también dotado de un fino humor, sobre la fractura de los vínculos y dos imposibilidades: la de expresar afecto y la de reconciliarse, siquiera a través del arte como legado.

Una obra de imponente madurez, gran heredera del rigor formal de Bergman y la hondura dramática de Chéjov.

UNA MARAVILLA…

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LA VOZ DE HIND (Dir. Kaouther Ben Hania)

29 de enero de 2024. Los voluntarios de la Media Luna Roja reciben una llamada de emergencia. Una niña de 6 años está atrapada en un coche bajo fuego en Gaza, suplicando ser rescatada. Mientras intentan mantenerla en la línea, hacen todo lo posible por enviarle una ambulancia. Su nombre, Hind Rajab.

La doblemente nominada al Oscar Kaouther Ben Hania dirige La voz de Hind, Gran Premio del Jurado en Venecia, donde recibió una ovación histórica de 23 minutos, un aplauso sostenido que parecía resistirse a concluir.

Producida por Nadim Cheikhrouha (Four Daughters), James Wilson (La zona de interés) y Odessa Rae (Navalny), con los productores ejecutivos Brad Pitt, Joaquin Phoenix, Rooney Mara, Jonathan Glazer y Alfonso Cuarón.

Ben Hania construye toda la película alrededor de esos audios reales. Lejos de cualquier morbo, decide no mostrar la violencia directamente, sino enfocarse en el espacio donde se recibe la llamada, un centro de operaciones de la Media Luna Roja que se convierte, por necesidad, en el escenario de una tragedia que se desarrolla sin que nadie pueda intervenir.

El espectador escucha lo mismo que escucharon los operadores aquel día: la respiración temblorosa de una niña que intenta mantenerse despierta, el sonido lejano de la artillería, las instrucciones desesperadas de quienes intentan mantenerla en línea.

La directora filma el interior del centro de emergencias con una precisión casi quirúrgica, sin dramatización, sin sentimentalismo, con la sobriedad de un cine que entiende que el impacto no necesita adorno.

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Nota: La fotografía publicada en este artículo es propiedad de su autor.