Rick, un cantante de bodas venido a menos, y Danny, una estrella de una ‘boy band’ en decadencia, forjan una amistad gracias a la música y a una improvisada sesión nocturna. Cuando Danny convierte la canción de Rick en un éxito, Rick se propone recuperar el reconocimiento que cree merecer.
En “Letras robadas”, el director exprime las posibilidades y acomete una verdadera anatomía de ese “How to write a song”, desde su composición hasta su publicación, desde las intenciones ocultas a las aparentes, desde cómo la interpreta uno hasta cómo la canta el otro. La cinta contrasta el destino de dos cantantes –el líder anónimo y maduro de una banda de bodas (Paul Rudd, atinado como ese Power tan al borde del éxito como de la desesperación) y un popular exmiembro de una boy band en busca de un gran éxito en solitario (Nick Jonas, en una amable variación de sí mismo)– y teje un sentido relato sobre la medida del éxito y del fracaso y cómo la industria discográfica pervierte la naturaleza de los artistas. Ahí el filme hace un retrato comprensivo de las debilidades del personaje de Jonas y se permite el trazo grueso, sin matices, en el del representante de la discográfica, encarnación del mal.
Como si fuera un éxito pop pegadizo, la película abusa de sus buenas y fáciles intenciones de agradar al espectador.
Un escritor de terror viaja a una posada irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres y cerrar un capítulo triste de su vida. Lo que empieza como una escapada íntima pronto se transforma en una experiencia inquietante cuando descubre que el lugar en el que se aloja esconde una oscura leyenda: la presencia de una bruja que aún reclama su propiedad. Entre noches con susurros, visiones horribles y recuerdos que se mezclan con la realidad, el autor se enfrenta a una pesadilla que va más allá de su imaginación y lo obliga a cuestionar si algunas historias no solo se escriben, sino que despiertan.
El cine de terror está cambiando su lenguaje. Desde hace unos años —impulsado en gran parte por las producciones de A24—, el género ha encontrado nuevas formas de perturbar al espectador. Midsommar (2019) ya nos mostró una inquietud distinta, más incómoda y persistente, algo que quizá solo habíamos visto antes en Hereditary (2018), también de Ari Aster. El año pasado, Devuélvemela llevó aún más lejos los límites del horror.
Y Backrooms, dirigida por Kane Parsons, recientemente estrenada en cines para seguir abriendo puertas a pesadillas que hasta ahora parecían desconocidas.
En plena ola del llamado “terror elevado” —como se ha bautizado a este tipo de propuestas— llega un título que juega precisamente en la dirección contraria. Hokum, dirigida por Damian McCarthy, funciona como el reverso de ese nuevo lenguaje. Mientras muchas de las películas mencionadas rehúyen el jump scare y prefieren instalar al espectador en una angustia sostenida, McCarthy apuesta por los mecanismos más clásicos del género y demuestra que sabe manejarlos con precisión.
En definitiva, Hokum mira hacia los códigos más clásicos del terror, pero los utiliza con la suficiente inteligencia y personalidad como para que se sientan frescos.
La película, hablada en alemán y dirigida por el cineasta italiano Silvio Soldini, está basada en la novela «Le assaggiatrici«, de Rosella Postorino, traducida a más de 30 idiomas.
La novela se inspiró en el testimonio de Margot Wölk, quien rompió su silencio en 2012, a los 95 años. Recordó que desde 1942, durante unos dos años y medio, fue una de las 15 mujeres obligadas a probar la comida destinada a Hitler en la Guarida del Lobo.
El film refleja fielmente el proceso de reclutamiento y la rutina diaria, como ella lo describió. Según Wölk, sobrevivió gracias a un teniente que la envió en tren a Berlín en 1944, al saber que el Ejército Rojo estaba cerca. Más tarde, él le reveló que las demás catadoras fueron ejecutadas por soldados soviéticos.
Las catadoras de Hitler comienza con la llegada de Rosa (Elisa Schlott) a la casa de sus suegros en el pueblo de Gross-Partsch, en Prusia Oriental, actualmente Parcz, en Polonia. Estamos en noviembre de 1943, el Ejército Rojo avanza y la aviación británica ha lanzado las primeras bombas sobre Berlín. Rosa ha escapado de la capital en busca de un lugar más seguro, mientras que su marido Gregor se encuentra en el frente ruso. En el pueblo, todo el mundo sabe que a menos de tres kilómetros, en el espeso bosque rodeado de alambre de espino, está la Wolfsschanze (la Guarida del Lobo), el cuartel general de Hitler en el frente oriental.
Pocos días después, las SS llevan a Rosa y a otras seis jóvenes alemanas a Krausendorf (hoy Kruszewiec), donde los cocineros preparan la comida para la Guarida del Lobo. Al principio, Rose “la berlinesa” recibe miradas de recelo, pero luego es aceptada gracias a un destino compartido con las otras chicas, aterrorizadas por la tarea que se les ha asignado. A lo largo de la película, la protagonista se hace amiga de la tímida y distante Elfriede (Alma Hasun).
La imagen recurrente que se graba en la mente del espectador es la de las siete mujeres sentadas alrededor de la mesa, controladas por los soldados de las SS y el cocinero (Boris Aljinović), que presenta los platos y comparte algunos detalles sobre las preferencias del Führer (“le encanta el chocolate”).
El director de fotografía Renato Berta confiere a las imágenes una tonalidad marrón que recuerda a los clásicos bélicos de los años setenta. Cuando llega la noticia de que Gregor está desaparecido en Ucrania, Rosa pierde todo interés por su futuro y, para ahuyentar la idea de la muerte, se entrega a una relación secreta con el teniente de las SS Ziegler (Max Riemelt).
La joven toma conciencia de los horrores de la guerra a través del oficial, atormentado por la brutalidad con la que ha seguido las órdenes de sus superiores. Lamentablemente, apenas se utilizan unas pocas frases para llegar a un cambio de conciencia que merecía más espacio y profundidad.
Una extraña puerta aparece en el sótano de una tienda de muebles. Cuando el paciente de una terapeuta desaparece en una dimensión más allá de la realidad, ella deberá adentrarse en lo desconocido para intentar rescatarlo.
Dirigida por el joven Kane Parsons gracias a ‘Backrooms’: una suerte de versión refinada e hipervitaminada de sus vídeos virales en clave retro-found footageque abraza las bases que los hicieron triunfar en YouTube y las lleva a un nuevo nivel de sofisticación formal para moldear lo que podríamos calificar como ‘El proyecto de la bruja de Blair’ para las nuevas generaciones.
Es bastante complicado pensar en una reacción tibia saliendo de cualquier espectador que se haya enfrentado a lo último de A24. Este parece ser uno de esos casos en los que no existe el término medio y todo se reduce a una reacción de amor u odio, poniendo en un plato de la balanza a quienes esperen un desarrollo dramático y un tratamiento de personajes con una elaboración minuciosa y un peso específico dentro del conjunto.
Las motivaciones de su pareja protagonista son especialmente vagas, la exposición oral está a la orden del día duranteun primer acto demasiado abultado que, eso sí, se complementa con pinceladas algo más inspiradas para conectar con los personajes y sus poco desarrollados conflictos internos…
Y es que ‘Backrooms’ es una película en la que, como dice el meme, todo es cuestión de vibes. Parsons y su equipo técnico y artístico —mención especial para el director de fotografía Jeremy Cox— sorprenden con una experiencia inmersiva en la que la ambientación es la verdadera estrella de la función y que eleva el material original con un despliegue técnico considerable que, eso sí, no renuncia a la esencia que lo definió.
La película es una adaptación de un cortometraje del propio Kane Parsons.
En el apartado interpretativo: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett y Lukita Maxwell.
Película que solo interesará a los amantes del cine de terror.
Los doce miembros de un jurado deben decidir si el periodista británico Ian Bailey es culpable del asesinato de la cineasta francesa Sophie Toscan Du Plantier en 1996. Basada en hechos reales, la película reconstruye, a través de las discusiones entre estas doce personas, un caso que, invita al espectador a sacar sus propias conclusiones.
Película que parte de un caso real, el asesinato de la ciudadana francesa Sophie Toscan Du Plantier en 1996, cuando pasaba unos días sola en una casa de campo en Irlanda. El principal sospechoso fue el periodista británico local y vecino Ian Bailey, que fue el primero en informar de la noticia. En Irlanda la fiscalía adujo que no había pruebas para juzgarlo, en cambio en Francia fue juzgado “en ausencia” por ser la víctima una compatriota, y Bailey fue hallado culpable, veredicto que la justicia irlandesa no aceptó, negando la extradición. Bailey murió en 2024 debido a un infarto.
El film que produce una sensación extraña, jugando con las recreaciones del asesinato y de las declaraciones de los testigos, y no es fácil concluir a dónde quiere ir a parar; además parece exigir algún conocimiento del caso, por la cantidad de información que se maneja. Es como si se juzgara no sólo a Bailey sino a la sociedad irlandesa, pues en las deliberaciones se apunta sutilmente algunas cuestiones como el machismo y el sexismo, la violencia doméstica, los abusos del clero en la Iglesia, el terrorismo del IRA, fantasmas del pasado del país, que han cambiado el paisaje de antaño. La decisión de que el propio director, Sheridan, haya decidido interpretar a un personaje, el presidente del jurado, apunta en esa dirección de que, con 77 años, desea analizar el contexto social en el que le ha tocado vivir, con sus elementos cambiantes.
A destacar, por supuesto, la presencia siempre magnética de la gran actriz Vicky Krieps.
Durante una protesta en Cisjordania, un adolescente palestino se ve implicado en un conflicto que sacude la vida de toda su familia. Conmocionada, su madre Hanan narra la historia familiar que abarca tres generaciones durante 70 años, a través de las tensiones políticas y emocionales que les condujeron a tan fatídico momento.
La directora narra con buen pulso la creciente tensión, el clima de peligro inminente –esas explosiones que suenan cada vez más cerca del hogar–, y el drama de una familia que quedará, temporalmente, separada, cuando Sharif acabe prisionero en un campo de concentración, mientras que la esposa y los hijos encuentran asilo en un campo de refugiados.
Un nuevo salto temporal nos llevará hasta 1978, con un Sharif ya anciano, afectado de una incipiente demencia, que, no obstante, no olvida todo lo que los sionistas le arrebataron, mientras que el peso como patriarca ahora recaerá en su hijo Salim, un pacífico profesor que, junto a su mujer, Hanan, trata de inculcar los mejores valores a sus hijos, entre ellos a ese Noor que conocimos en los primeros compases del filme.
Todo lo que fuimos emerge como una obra muy madura, que triunfa, de igual manera, como relato íntimo y costumbrista, centrándose en cómo evolucionan los distintos personajes a lo largo de los años, y como cronología de uno de los conflictos geopolíticos que más en jaque tienen al planeta.
Independientemente de cualquier tipo de posicionamiento que sobre el mismo pueda tener cada espectador, lo cierto es que todos podemos sentirnos identificados, hasta el punto de empatizar con la familia protagonista.
Dirigida y escrita por Rémi Bezançon, Asesinato en la 3ª planta es un grácil y nostálgico tributo al cine de Alfred Hitchcock, donde la técnica narrativa del director británico es sometida a una relectura metalingüística, y puesta a prueba a modo de desafío intelectual.
François (Gilles Lellouche) es un quisquilloso autor de novelas de época que pasa el día ensimismado en sus relatos, huraño y empijamado en su covacha. Su esposa Colette (interpretada por una siempre bellísima Laetitia Casta) es profesora de cine en la Sorbona y una entusiasta especialista en la obra de Alfred Hitchcock.
La propuesta cinematográfica del director es justo jugar, la creación de un laberinto de espejos distorsionantes que refleja el cine de Hitchcock, montando un lúdico trampantojo que no solo no esconde esta intención, sino que la subraya de continuo como su principal percha y motivo.
La intriga, el recelo y las pesquisas amateurs se suceden al servicio de una comicidad ligera cargada de suspense y diálogos ácidos. La ruptura de la monotonía y la excitación dramática que el acontecimiento ejerce sobre François y Colette detona áreas de su relación que parecían dormidas.
Nueva versión del clásico ‘La momia’. La joven hija de un periodista desaparece en el desierto sin dejar rastro. Ocho años más tarde, la familia rota se conmociona cuando ella es devuelta a ellos, y lo que debiera haber sido una reunión jubilosa se convierte en una auténtica pesadilla.
Una maldición ancestral, rituales nigrománticos, posesiones diabólicas y una víctima inocente disponen un coctel intencionadamente desmedido que actualiza, con una visión libre, el modo plástico de mostrar el subgénero de momias sin traicionar los cánones.
La sensación de claustrofobia y desprotección proyecta en el espectador la angustia continua que los protagonistas padecen, acercando en agresivos primeros planos -que parecen salirse de la pantalla- un combinado de texturas rugosas, viscosidad y piel sanguinolenta envuelta en vendas.
La joven actriz Natalie Grace, maquillada y caracterizada, compone un personaje acertadamente capaz de generar el rechazo físico y moral que tensa los nervios y la paciencia de los padres y del público.
Destaca también la presencia en el reparto de la gran actriz catalana Laia Costa.
La momia de Lee Cronin es una ficción de buenos logros técnicos, con músculo firme, consciente de su imperfección, y sin más pretensión que ofrecer un pasatiempo de ingredientes clásicos con un talante hedonista.
Película para quienes gustan del cine de terror tradicional.
Jugada maestra (How to Make a Killing) está escrita y dirigida por John Patton Ford. En el reparto encontramos a Glen Powell, Margaret Qualley, Ed Harris, Jessica Henwick, Topher Grace y Bill Camp, entre otros.
Jugada maestra recupera una narración clásica sobre personajes dispuestos a todo con tal de alcanzar la vida que creen merecer. La obra es una reinterpretación de la película Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets)(Robert Hamer, 1949), la célebre comedia negra británica basada en la novela Israel Rank: «The Autobiography of a Criminal». Y aunque esta nueva versión cambia bastante el tono y la estética, conserva intacta la idea central, el deseo obsesivo de ascender socialmente cueste lo que cueste.
La historia sigue a Becket Redfellow (Glenn Powell), un hombre que se siente apartado del mundo al que cree pertenecer. Más que el dinero en sí, lo que persigue es una forma de vida, una identidad, la sensación de entrar finalmente en ese universo elegante y privilegiado que siempre ha contemplado desde fuera. La película habla menos de riqueza que de aspiración social, de personas convencidas que la felicidad está escondida detrás de una determinada clase de existencia.
El tono del filme es de comedia negra, aunque a veces parece escapársele de las manos. La trama quiere mantener un equilibrio entre sátira, thriller criminal y humor sofisticado, y no siempre consigue que todas esas piezas encajen del todo. Hay escenas donde el cinismo funciona muy bien y otras donde el artificio cómico resulta algo forzado, es en ese territorio incómodo donde el tono amenaza constantemente con romperse.
Jugada maestra arranca con el protagonista ya en prisión, y desde ahí reconstruye poco a poco cómo ha terminado en esa situación. Ese juego narrativo permite introducir sorpresas y giros sin perder ritmo, y mantiene cierta intriga incluso cuando el espectador entiende rápidamente hacia dónde se dirige la historia.
En el apartado interpretativo, destaca Margaret Qualley que tiene esa elegancia fría y magnética que convierte cada aparición suya en algo hipnótico. La actriz domina esa mezcla entre sofisticación, sensualidad y cierta distancia irónica que define al personaje, con su mirada y presencia escénica.
La película no alcanza la precisión satírica ni la brillantez cruel de la obra original británica, y en ocasiones parece más interesada en el estilo que en profundizar realmente en su crítica social.
Andrea Spezzacatena tiene 15 años y necesita encajar en su nueva escuela. Unos pantalones rojos que se vuelven rosas tras un error de lavado son el detonante de una espiral de acoso que lo condena a un aislamiento silencioso.
Reconstrucción de la historia real de un joven, víctima del acoso escolar, que parte del libro escrito por su madre, Teresa Manes. A sus quince años, el chico inicia una nueva etapa escolar con la esperanza de integrarse pronto en el instituto. Vive una relación muy estrecha con su madre, Teresa, que aparece como figura de cuidado constante, y con un padre más distante y crítico. El protagonista inicia una amistad sincera con Sara y ambos acuden todas las semanas al cine.
Los dos se sienten fascinados con Christian, compañero repetidor y carismático, con liderazgo social y aparente seguridad. Andrea empieza a hacerse amigo suyo cuando el otro le pide ayuda con los deberes, aunque Sara le advierte que no se fíe de él.
El punto de inflexión llega cuando su madre mete en la lavadora unos pantalones rojos que adquieren un tono rosa que sin embargo gusta al muchacho, así que decide ponérselos para ir al centro escolar con naturalidad, como expresión de identidad propia. El gesto se convertirá en detonante de una humillación colectiva…
El filme describe una espiral de aislamiento en la que Andrea intenta resistir manteniendo su forma de vestir y su identidad, incluso pintándose las uñas del mismo color, pero esa afirmación personal es reinterpretada por el entorno como motivo para castigarle con injustificables insinuaciones homófobas. A la par, describe el bullying en toda su complejidad, mostrando la banalidad del mal, pues afirma que los agresores a menudo no son «monstruos», sino jóvenes comunes cuya falta de empatía y búsqueda de validación grupal los lleva a actos de crueldad extrema.
También resulta sobrecogedora su constatación de que la situación ha empeorado en tiempos de redes sociales, pues el acoso ya no termina al salir de clase; persigue a la víctima hasta su habitación a través de la pantalla.