The amateur es un filme de acción sobre la misma versión de los operativos oscuros o secretos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), los cuales de vez en cuando se van fuera de control y muere gente “buena”. Ese fue el caso de esta película y su trama.
Charlie Heller (Rami Malek) es un agente especializado de la CIA. Se dedica a descifrar mensajes. Así las cosas tiene una esposa, Sarah (Rachel Brosnahan) quien fue asesinada a manos de unos sicarios terroristas en Londres. Su marido sufre, y se queda tranquilo, hasta que descubre que los sicarios tenían nombres y apellidos, y estaban vinculados de una forma u otra a la propia CIA.
Charles usa esa información para chantajearles y que le dejen vengar la muerte de su esposa. Sin habilidades en el combate cuerpo a cuerpo y con las armas, el protagonista deberá usar su ingenio para dar caza a los que mataron a su mujer.
La parte más interesante de la película es cuando aparece el personaje de Laurence Fishburne. El actor da vida a Henderson, un entrenador de agentes de campo de la CIA al que se le encomienda, primero, instruir a Charles y, luego, darle caza. La relación entre ambos personajes es interesante. Henderson respeta a Charlie porque sabe que es un tipo inteligente y resolutivo, aunque de primeras juzgó mal. También hay algo de comicidad entre los dos que funciona como bálsamo. Sin embargo, hay tantos frentes abiertos en el filme, que no hay tiempo para centrar la acción en los aspectos más básicos de los personajes y el relato.
Jérémie regresa a su pueblo natal para asistir al funeral de Jean-Pierre, antiguo jefe suyo. Ha decidido quedarse unos días en casa de Martine, su viuda. Pero una misteriosa desaparición, un vecino amenazante y un extraño sacerdote van a hacer que su breve y tranquila estancia tome un giro inesperado.
Tras este envoltorio de agradable cine rural se esconde una juguetona historia de acusaciones, violencia, muertes y sexo prohibido. Jerémie no quiere hacer ningún mal en ese pueblo, en realidad quiere ser una fuerza del bienestar que viene desde fuera, pero acaba descubriendo que cada una de sus acciones, de manera concatenada y como si fueran fichas de dominó, aumentan la desesperación y el dolor de todos los que le rodean, hasta que todo explota y la onda expansiva se hace imposible de controlar.
El filme francés empieza de una manera sorprendentemente arquetípica: un joven va en coche al pueblo donde pasó su niñez y su adolescencia porque el dueño de la boulangerie donde trabajó durante un tiempo acaba de fallecer. Para ayudar a pasar el mal trago a la viuda, decide quedarse unos días más mientras decide qué va a hacer con su vida.
Hasta aquí sería un melodrama normal y corriente, pero Alain Guiraudie solo quiere que te acomodes y te relajes mientras, poco a poco, te va inoculando su veneno.
Es una película sexual y profundamente queer, en la que Jerémie acaba queriendo tener relaciones con todo el mundo. Y aunque para él, que viene de la ciudad -un mundo totalmente externo al fin y al cabo- es un simple juego, para los habitantes del pueblo es un desgarro en todo su sistema de valores, en el que, dentro de sus rutinas y su brutalidad mal entendida, se cuela un poso de ternura y pasión que nunca se habían siquiera planteado.
Gwen, una joven estudiante de secundaria marcada por la reciente muerte de su madre, pasa su tiempo con su grupo de amigos, incluido su novio Thomas, un aprendiz de panadero. Cuando Jean-Luc, un estudiante parisino con vocación artística, se instala en la zona, Gwen no le oculta su problema, como si tuviera ante sí una decisión decisiva en su vida. Un día, descubre en el cine una película que parece inexplicablemente inspirada en su propia vida.
Jaime Rosales es un director singular, podría ser de los pocos autores del cine español que se puede permitir una total e inquebrantable libertad creativa y puede hacer lo que quiera con sus películas, en parte gracias a la producción independiente de sus obras.
Su trayectoria se define mejor por épocas: desde triunfos experimentales con sus dos primeras obras Las horas del día (2003) y sobre todo La soledad (2007) la cuales le valieron dos premios Goya y hasta un FIPRESCI en Cannes por la primera.
Más tarde luego sufrió con algunos fracasos, también experimentales e íntimas con Tiro en la cabeza (2008) y Sueño y silencio (2011) para luego volver a ganarse el reconocimiento de la crítica con Hermosa juventud (2014), Petra (2018) y Girasoles ciegos (2022).
A pesar de los diversos contratiempos, nunca ha perdido personalidad, ha sido consistente con sus inquietudes artísticas y no ha cedido al comercialismo en parte porque en sí no lo necesita.
MORLAIX, su nueva película, no presenta nada nuevo. Hemos visto esa historia en incontables películas. Lo que sucede es que Rosales explora de forma excepcional temas profundos y complejos, como la muerte, el paso del tiempo y, sobre todo, la nostalgia.
El espectador siente que el filme va al servicio de lo que el autor quiere contar y esto es raro para una historia que va sobre las emociones y el recuerdo, pero su excesiva duración puede impacientar, especialmente en el tramo final.
La película narra la vida de Dan, un peón de la construcción de mediana edad afligido por una tragedia familiar. Alejado de su abnegada mujer Sharon y su talentosa pero problemática hija Daisy, Dan encuentra consuelo y comunidad en una compañía amateur de actores inadaptados.
El protagonista se ve obligado a afrontar sus emociones más profundas en una representación de bajo presupuesto de la mayor tragedia de Shakespeare. Junto a esos compañeros descubre a un grupo de personas que le ayuda a enfrentar sus propios conflictos internos.
El protagonista tiene arrebatos de ira, que en un caso llegan casi a la agresión física. Se habla de un personaje que ha muerto por suicidio, y hay muchos momentos en los que los personajes están tristes y enfadados por la pérdida. Pero también hay escenas más ligeras y reconfortantes, y la compasión, la comunicación y la empatía son factores clave en la narración de la película. Los personajes de la película son diversos en cuanto a raza, sexo y edad.
La película está protagonizada por Keith Kupferer, Dolly de León (‘El triángulo de la tristeza’), Katherine Mallen Kupferer, Tara Mallen, Hanna Dworkin y Tommy Rivera-Vega.
La novela negra se preocupa por la realidad social y sirve en ocasiones para denunciar los abusos cometidos por las clases dominantes. Secretos de un crimen, de Sandhya Suri, es un ejemplo perfecto de esto último. Es una película más negra que policiaca, aunque la protagonice una policía.
Cuenta la historia de Santosh (interpretada por Shahana Goswami), una mujer india que se queda viuda y acaba heredando el puesto de su marido… policía. Se trata de un programa gubernamental (que puede parecer descabellado pero que es real) llamado «nombramiento por compasión» con el que tratan de ayudar a esposas de policías que no podrían sobrevivir con la exigua pensión de viudedad.
Nada más recalar en el cuerpo, Santosh se verá empujada a investigar el feminicidio de una chica de 14 años. Nadie quiere hacerlo porque pertenece a una casta inferior. Ni siquiera quieren tocar el cadáver. Sus jefes incluso queman incienso y hacen rituales de purificación en la comisaría después de que el cuerpo haya pasado brevemente por allí.
La directora elige la fórmula realista para exhibir paso a paso el procedimiento policial. Va levantando los velos uno a uno con una cadencia admirable, transformando a esta policía novata, por la inercia de la emulación, en algo que ella misma aborrece. Somete a su protagonista, en definitiva, a un juicio ético implacable. Y con ella al público de cualquier latitud. Porque, evidentemente, la desigualdad, los abusos, la crueldad con los menos favorecidos no son algo que afecte sólo a la India.
Wolfgang, un niño de diez años con un cociente intelectual de 152 y trastorno del espectro autista, se ve obligado a vivir con su padre, Carles, a quien no ha visto nunca, tras la repentina muerte de su madre. Carles afronta el reto con ganas y voluntad, pero Wolfgang no soporta su desorden ni su desorganización y lo considera un “bajocien” por su falta de intelecto. Así que, a escondidas, Wolfgang planea conseguir su sueño: entrar en la academia de música Grimald de París, donde estudió su madre, y convertirse en el mejor pianista del mundo. Cuando Carles lo descubre, debe decidir entre su gran oportunidad como actor o convertirse en el padre que necesita un niño como Wolfgang.
La historia comienza en el funeral de la madre de Wolfgang (Jordi Catalán), un niño de 10 años, diagnosticado con trastorno del espectro autista y superdotado, al que le fascina el mundo del piano. Tras este traumático acontecimiento, debe irse a vivir con su padre, una figura que nunca había estado presente en su vida. A partir de ese momento, la película retrata las complejidades familiares, la evolución de esta forzosa relación paternofilial y los sueños del pequeño Wolfgang. Su vida cotidiana y su posterior viaje a París se conjugan en una trama amable y de sonrisas que cuenta con toques de humor.
Carles también debe enfrentarse a Matilde, la abuela de su hijo interpretada por Àngels Gonyalons, uno de los grandes nombres de la escena teatral catalana que regresa a los cines después de tres décadas. Poco a poco, esta mujer austera va dejando entrever su fragilidad.
La película está basada en la novela homónima de Laia Aguilar que fascinó a Ruiz Caldera desde el primer momento que la leyó.
Àngels Gonyalons, Anna Castillo (‘El olivo’), Berto Romero (‘El otro lado’) y Nausicaa Bonnín (‘Tres dies amb la familia’) completan el reparto de esta producción de Nostromo Pictures, Lo Vi Films y Telecinco Cinema, en coproducción con 3Cat.
Una familia se muda a una casa nueva y ahora todo son preocupaciones. El divorcio de los padres flota en el aire y la hija adolescente tiene que digerir la muerte de una amiga íntima por sobredosis de droga. Pero no están solos en su propiedad: un fantasma les observa.
Este director es una figura esencial del cine actual que siempre ha buscado nuevas formas de expresión artística fuera de los grandes estudios. Comenzó su carrera en el cine independiente y luego, combinó su estilo independiente con proyectos más comerciales. A medida que la industria se centraba en franquicias y remakes, el realizador se reinventó, distanciándose de los grandes estudios, pero continuó explorando el cine de género con un enfoque único, utilizando incluso smartphones para rodarlas. Su estilo es más sencillo y menos pulido, pero siempre lleno de energía y originalidad.
A través de su trabajo, busca recuperar la esencia del cine, fomentando la experimentación y contando historias auténticas. Es un director que no solo mantiene las raíces del cine de género, sino que también las adapta al contexto contemporáneo. Su última película, Presence, refleja de manera destacada su enfoque único de hacer cine.
En Presence, Soderbergh explora el cine de terror de una manera inusual. La historia, que gira en torno a una presencia fantasmal en una casa, no solo juega con la atmósfera y el suspense, sino que introduce una cámara subjetiva que narra toda la trama desde el punto de vista del espectro. Esto permite que el espectador experimente los eventos a través de los ojos de la entidad, generando una sensación constante de inquietud y una conexión emocional con el protagonista invisible. Este enfoque tiene dos objetivos: sumergir al público en la tensión de los personajes y ofrecer una visión fresca del género de casas encantadas.
Película que puede interesar exclusivamente para los amantes del género.
Esta película se basa en Las vidas de Lee Miller, la única autobiografía autorizada escrita por su hijo, un guion a tres bandas firmado por Liz Hannah (Mindhunter), Marion Hume (The South Bank Show) y John Collee (Monkey Man) y al frente –nunca mejor dicho–, una Kate Winslet (Titanic) encarnando a esta modelo reconvertida en fotoperiodista de guerra, que inmortalizó con su cámara algunos de los momentos más escalofriantes del siglo XX, en plena Segunda Guerra Mundial y bajo el régimen del nazismo.
De su padre recibió las primeras influencias como modelo y como fotógrafa, facetas que desarrolló a lo largo de su vida, y en ambas hizo carrera profesional.
Sin embargo, todo cambió cuando una de sus fotografías fue usada para una campaña publicitaria de higiene femenina, impactando así su carrera en el mundo de la moda de manera negativa.
Es entonces que Lee deja todo lo que tenía en Estados Unidos para mudarse a Europa, donde su vida fa un giro importante. Y es que no solo conoce nuevas maneras de expresión; sino que, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Lee se convierte en una de las corresponsales de guerra más importantes e influyentes de la época.
La estructura que adopta el filme es una de las más manidas del género: un joven periodista entrevista a una Lee Miller mayor (interpretada también por una Winslet envejecida por la magia del maquillaje) mientras observan fotografías y, a partir de ahí, una sucesión de flashbacks que van y vienen constantemente a esta conversación y que relatan capítulos de la vida de Miller encadenados de forma artificial como si de un artículo de Wikipedia se tratara. Primero, una etapa prescindible en 1938 en el sur de Francia, rodeada de amigos. Después, un salto a un Londres en pleno Blitz, donde busca trabajo en VOGUE como fotógrafa: unos primeros pasos en la carrera de Miller que se retratan vagamente y de forma superficial. No es hasta que Miller se convierte en corresponsal de guerra –periodo que se presenta de forma muy reductiva– que la película remonta, con el asedio de Saint-Malo, pero, sobre todo, durante su último acto con la caída del Reich, el horror del campo de concentración de Dachau recién evacuado y la icónica imagen en la bañera de Hitler.
Ellen Kuras, quien ya había trabajado con Winslet en ¡Olvídate de mí! como directora de fotografía, debuta aquí como directora (a propuesta de la misma Winslet) con un biopic que, pese a su figura tan fascinante, carece de alma propia. Es un relato que avanza con el piloto automático puesto, sin riesgo, sin audacia, sin una voz distintiva. Esta película era el trabajo soñado de Winslet, que ha tardado nueve años en materializarse. La actriz británica, además, ha ejercido de productora, ha participado en la elección del casting, ha ayudado a encontrar localizaciones e incluso durante dos semanas puso dinero de su bolsillo para pagar al equipo debido al ajustado presupuesto de la película.
Winslet entrega una actuación solvente. A su lado, un elenco de lujo donde destaca un sorprendente Andy Samberg (Brooklyn Nine-Nine) en un registro más dramático de lo habitual, junto a nombres desaprovechados como Alexander Skarsgård (Succession), Josh O’Connor (Rivales), Marion Cotillard (Origen), Andrea Riseborough (To Leslie) y Noémie Merlant (Emmanuelle), cuyos personajes poco aportan a la historia.
Drama histórico de terror psicológico ambientado en la sangrienta corte de la dinastía Tudor, basado en la novela histórica The Queen’s Gambit de Elizabeth Fremantle. Catalina Parr (Alicia Vikander) es la reina consorte de Inglaterra e Irlanda, además de la sexta y última esposa de Enrique VIII (Jude Law), un rey conocido por la crueldad con que trataba a sus esposas. Desde el punto de vista de Catalina y su joven doncella, conoceremos la historia y vivencias de dos mujeres muy diferentes, en una época aterradora y turbulenta. Catalina Parr, personaje poco conocido de la historia de Inglaterra, sería la única esposa de Enrique VIII que iba a evitar el destierro o la muerte.
Basada en la novela Queen’s Gambit de Elizabeth Fremantle y ambientada en el siglo XVI, La última reina (Firebrand) se sitúa en los últimos días de vida de Enrique VIII, cuando regresó de una guerra incapaz de caminar debido a una herida infectada en la pierna. Durante su ausencia, Catalina Parr, asumió el rol de regente. La monarca fue una mujer inteligente, culta, y una madre para los hijos que Enrique tuvo con sus anteriores esposas. También fue la que logró que María I – hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, quien más tarde sería reina de Inglaterra por derecho propio – fuera aceptada nuevamente en la corte.
La última reina (Firebrand) crea una atmósfera de paranoia, desconfianza y miedo entre Catalina Parr y Enrique VIII. Aunque es una película histórica, también se presenta como un interesante y medido ‘thriller’ con una magnética Alicia Vikander. Su interpretación de Catalina Parr es hipnótica, elegante y está llena de carisma.
Jude Law, por su parte, da vida a un monarca violento y consumido por el temor a la traición. Parecía imposible en alguien como Law, pero el actor da mucho asco como Enrique VIII. No es solo por su pierna en descomposición, también por su actitud, lo ridículo que es en el sexo, sus deseos de niñato y cómo trata a los demás. Es como un niño rollizo y malcriado al que todos deben complacer.
Para Pansy la vida es una lucha constante. Llena de dolor físico y mental, su manera de relacionarse con el mundo es a través del enfado y la confrontación: discute con su familia, con su dentista, con su médico, con la cajera del supermercado… Su marido Curtley hace tiempo que no sabe cómo tratarla, mientras Moses, su hijo, vive inmerso en su mundo, apenas dice una palabra y lo único que hace durante todo el día es caminar sin rumbo por la ciudad. Sólo su cariñosa hermana Chantelle la comprende y puede ayudarla.
Mike Leigh retorna al presente en el Londres actual y a la familia como centro de una historia no exenta de dolor, pero por la que transitan momentos de comedia y de afecto, que sirven al director para explorar temas como las relaciones familiares, el duelo y la salud mental. La película gira en torno a Pansy, encarnada por una descomunal Marianne Jean-Baptiste, una mujer para la que la vida es una lucha constante, que se relaciona con el mundo a través del enfado y la confrontación: discute con su familia, con su dentista, con su médico, con la cajera del supermercado… Su marido Curtley hace tiempo que no sabe cómo tratarla; Moses, su hijo, vive inmerso en su mundo, y sólo su hermana Chantelle parece comprenderla.
Mi única familia propicia el reencuentro entre el cineasta británico y Marianne Jean-Baptiste, tras su aparición como protagonista en ‘Secretos y Mentiras’, una de las películas más reconocidas de la filmografía de Mike Leigh, de la que se cumplen ahora treinta años y por la que Marianne Jean Baptiste recibió la nominación al Oscar.
También regresa al universo de Leigh la intérprete Michele Austin, que da vida a Chantelle, tras una aparición secundaria en ‘Secretos y mentiras’. Mi única familia (Hard Truths) completa su reparto con las actuaciones de David Webber, Tuwaine Barret, Elliot Edusah, Tiwa Lade, Jonathan Livingstone, Bryony Miller, Llewella Gideon y Hiral Varsani.
Estamos ante una película para reflexionar.
El título original es Hard truths que al español sería “Duras verdades” el cual, me parece más adecuado para definir esta película.