Florence quiere presentar a David, el hombre del que está locamente enamorada, a su padre Guillaume. Pero David no se siente atraído por Florence y quiere arrojarla a los brazos de su amigo Willy. Los cuatro se reúnen en un restaurante en medio de la nada.

Lo nuevo de Dupieux es, al mismo tiempo, un metacomentario sobre el mundo de los actores, una parodia del estado del cine actual y una broma de varias capas. De hecho, comienza como una comedia romántica de equívocos pero enseguida muestra sus verdaderas cartas entre copas de vino que se llenan con temblor, disparos inesperados.
Este filme tiene un problema principal: una vez que el ingenioso inicio está planteado y ha prendido la mecha, no sabe cómo desarrollarlo, convirtiendo el grueso de la película en un continuo círculo que celebra su propia originalidad hasta llegar a una hora y cuarto de metraje que, en su gran mayoría, se siente de puro relleno.
Sí, hay momentos fascinantes, pero esta vez no consigue que los espectadores quieran jugar con él tras escuchar minutos y minutos de conversaciones que parecen semi-improvisadas y no terminan de encontrar su propio lugar y estilo. Está claro lo que intenta hacer, pero su doble apuesta no le sale bien del todo.
Dupieux ha juntado a un reparto de élite con lo mejor del cine francés: Léa Seydoux, Vincent Lindon, Louis Garrel y Raphaël Quenard están todos fastásticos en sus papeles, interpretando al mismo personaje hasta con tres tonos completamente diferentes entre sí.
Lindon, en particular, ofrece unos matices soberbios, ofreciendo una actuación caradura, pero al mismo tiempo repleta de sensibilidad que eleva el peso de un cuarteto que, ante todo, ha entrado en la película para pasárselo bien.
Lástima que ese entusiasmo actoral no cale en el público.
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