Ambientada en el histórico alunizaje del Apolo 11, en 1969. Llamados para mejorar la imagen pública de la NASA, las chispas vuelan en todas las direcciones cuando la prodigio del marketing Kelly Jones (Johansson) causa estragos en la ya difícil tarea del director del lanzamiento Cole Davis (Tatum). Cuando la Casa Blanca considera que la misión es demasiado importante para fracasar, Jones recibe la orden de simular un alunizaje falso como respaldo, comenzando la verdadera cuenta atrás…
Scarlett Johansson, que también es la productora ejecutiva y principal impulsora del proyecto, está interesada en el comentario político, de modo que las peleas y reconciliaciones entre su personaje y el de Tatum se sitúan durante la fase crucial de la carrera de la NASA para conquistar la Luna.
Ella es la encargada de que la misión se convierta en un fenómeno sociocultural sin precedentes, después del fallido lanzamiento del Apolo I, que acabó con tres astronautas muertos y la Guerra Fría más caliente que nunca.
Pepe es la mejor persona del mundo, hasta que descubre que tiene una enfermedad terminal y que le quedan meses de vida. Para evitarle el sufrimiento a sus seres queridos, Pepe decide convertirse en la peor persona del mundo y así alejarlos de él para que no le echen de menos cuando muera.
Con esta película llegan ecos de un tipo de cine español que tenía éxito allá por los años 60 y 70. Actores como Alfredo Landa bordaban a los protagonistas.
Pero aquellos años ya han pasado hace muchas décadas y a pesar de eso da la sensación de no avanzar en la calidad.
No sé si escribir lo que pienso realmente de esta película, con todos los adjetivos que he aprendido a lo largo de mi vida o, siemplemente, «dejarlo correr».
Mum… pienso un poco. Creo que lo mejor es dejarlo correr.
Liam Neeson vuelve a protagonizar una película de acción. Reconvertido en protagonista de acción más que maduro, el irlandés se ha lanzado de cabeza a cultivar su imagen de apesadumbrada máquina letal en una serie de películas que oscilan considerablemente en las valoraciones. Entre ellas: Una noche para sobrevivir, Venganza bajo cero o La memoria de un asesino a la cabeza.
A este grupo de películas señaladas, llega ahora «En tierra de santos y pecadores», donde el antes guionista Robert Lorenz, vinculado a Clint Eastwood en Mystic River, El francotirador y Golpe de efecto, dirige una película que retiene parte del toque melancólico y puntualmente malicioso de aquel.
Ambientada en la Irlanda rural de 1974, Neeson es un sicario que vive apartado del mundanal ruido hasta que unos terroristas del IRA se refugian en su pequeño pueblo. Lorenz potencia la ambientación y atmósfera irlandesa de esa limitada acción para reforzar los tipos pintorescos y recios del lugar e incluir muchos paisajes que, como en Almas en pena de Inisherin, ofrezcan al público algo interesante que mirar. Los dos aspectos, por cierto, funcionan, como también lo hace su reparto.
La gran virtud de En tierra de santos y pecadores es, sin embargo, que por muy convencional que sea el guion también resulta sensible en lo emocional y económico en lo narrativo, con un logrado equilibrio entre moralidad, levedad y sí, un indisimulado aire de western que Lorenz cultiva incluso antes de que Neeson desenvaine la escopeta.
Los bandidos que vienen a perturbar la paz del pueblo no sirven a Lorenz para realizar una parábola nacional irlandesa en calidad de terroristas, tampoco la excusa para elaboradas escenas de acción (aunque el clímax en la cantina funciona muy bien) sino para reflexionar de manera sombría pero emotiva sobre la nobleza del sicario, las complicaciones de trazar ciertas líneas y a la vez la incuestionable necesidad de hacerlo con ciertos especímenes humanos.
España, 1982. Marisa (María Vázquez) decide llevar a su hija a Madrid con el fin de dar solución a un embarazo no deseado. Lucía (Sofía Milán) termina ingresando en Peñagrande, un reformatorio para adolescentes embarazadas. Allí forjará una fuerte amistad con sus compañeras y descubrirá que se le quiere arrebatar aquello que todavía no tiene: su propio hijo.
Protagonizada por una de las mejores actrices de nuestro país, María Vázquez, llega a los cines la última película de Pau Teixidor.
El reparto coral está compuesto por actrices debutantes, logra transmitir la vulnerabilidad y resiliencia de estas jóvenes en circunstancias extremas. Sofía Milán, ofrece una interpretación contenida pero emotiva como Lucía.
«Alumbramiento» aborda temas como la autonomía corporal, los derechos reproductivos y las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad de género. También toca el controvertido asunto de los niños robados, aunque sin profundizar en sus implicaciones legales o éticas.
Pau Teixidor evita caricaturizar a las monjas y al personal del centro, presentándolos como parte de un engranaje institucional más amplio. Sin embargo, no rehúye mostrar los abusos y la deshumanización que sufren las jóvenes bajo su custodia.
Para crear esa atmósfera se apoya en la banda sonora de Petre Bog. La película destaca en su capacidad para crear un sentido de comunidad entre las protagonistas. Interesante.
Un escritor en crisis (Thomas Schubert) y un amigo se instalan un verano en una casa de vacaciones del mar Báltico. El primero, ensimismado y engreído, pretende concentrarse en la escritura de su nuevo libro. Los planes del segundo son más lúdicos. Al llegar descubren que no están solos, que una misteriosa chica (Paula Beer) pasa unos días en esa misma casa.
Petzold de nuevo sitúa la catástrofe en el espacio íntimo y en el histórico, hilvanándolos desde otros resortes narrativos.
La película tiene una puesta en escena elegante, es muy brillante en su escritura e inesperadamente divertida, ‘El cielo rojo’ deja de ser solo una comedia de personajes y situaciones para abrirse a espacios más sofisticados sin perder cierto halo de complejidad.
Con la amenaza de ese cielo rojo que alerta de la cercanía del incendio, Petzold juguetea con la personalidad y las conductas imprevisibles de los personajes, también con cómo se relacionan con la palabra.
Se trata de una clara tragicomedia sobre un hombre enfadado con el mundo incapaz de entregar algo de simpatía hacia los demás poco o nada tiene que ver con las ficciones histórico-míticas que ha realizado el alemán hasta el momento; de Phoenix (2014) a En tránsito (2018) u Ondina (2020).
Su final es de los más devastadores y cautivadores de la temporada, y nos recuerda lo importante que es dejar de mirarnos el ombligo para sobrevivir a lo peor de nosotros mismos.
El film es dirigido por Benoît Delhomme y producido por estas dos actrices junto con Kelly Carmichael y Jacques-Henri Bronckart. El guion es de Sarah Conradt y está basada en la novela de Barbara Abel.
Alice y Celine disfrutan de sus vidas idílicas junto a sus familias. Son amigas y vecinas. Sin embargo, la armonía de sus rutinas se rompe después de un trágico accidente. La culpa, la sospecha y la paranoia rompe la amistad entre Alice y Celine dando lugar a una dura batalla psicológica cuando los instintos maternales les empujan a defender a los suyos.
Hay varios motivos para ver esta película. La primera es que en ‘Mothers’ instinct’ por primera vez Anne Hathaway y Jessica Chastain trabajan juntas en el cine. En otras ocasiones compartieron películas pero nunca escenas. Lo harán en este filme que narra la historia de dos madres, vecinas e íntimas amigas cuya relación cambiará completamente a raíz de un traumático accidente.
Otro de los motivos es justamente que ‘Vidas perfectas’ parece un thriller pero la trama va más allá y muestra cómo un trauma te desordena y cómo las relaciones humanas pueden cambiar abismalmente. En ese marco narrativo, el personaje de Anne Hathaway se encuentra en un constante conflicto entre quién es ella y en quién la convierte ese trauma que le tocó vivir. Para muchos la actriz tuvo uno de sus mejores trabajos ya que le añadió muchísimas capas al personaje.
Es posible que Vidas perfectas no sea una gran película, pero creo que es necesario verla, ya que apenas se hacen películas así en el cine americano: entretenimientos elegantes comandados por el carisma de dos estrellas como Anne Hathaway y Jessica Chastain.
El dramaturgo estadounidense Mark St. Germain escribió una obra imaginando que el profesor era C.S. Lewis, el famoso erudito, filósofo, apologista cristiano y autor de «Las crónicas de Narnia». El guión se ha adaptado al nuevo largometraje «La última sesión de Freud». El tema más acuciante de esta charla ficticia es, por supuesto, la existencia de Dios. En la película, Lewis ha vuelto recientemente al cristianismo bajo la influencia de su amigo J.R.R. Tolkien, mientras que Freud se ha convertido en uno de los ateos más acérrimos de la sociedad, afirmando que la religión es producto de la imaginación de las personas, una proyección de su deseo de protección y guía, y un reflejo de su relación con sus padres. La conversación tiene un trasfondo dramático: Londres se prepara para los ataques aéreos, los trenes llenos de niños están siendo evacuados. Mientras tanto, Freud padece un cáncer terminal y ya ha dado instrucciones a su médico para que le practique la eutanasia.
En manos de un talento menor, este proyecto podría haber sido fácilmente un desastre. Pero, afortunadamente para nosotros, el gran Anthony Hopkins no intenta darnos una impresión de Freud: su Freud es un hombre, no una máscara. La elegante y aguda interpretación de Matthew Goode de Lewis es igual de eficaz a la hora de sacar a relucir la humanidad de su personaje (irónicamente, Hopkins interpretó a Lewis hace 30 años en la clásica película «Shadowlands»). La premisa de la película es atractiva pero también peligrosa, e invita al menos a tres riesgos significativos. El primero habría sido reducir un debate intelectual excepcionalmente complejo a una especie de enfrentamiento retórico; el segundo, tomar partido entre los dos hombres, convirtiendo la película en una apología de uno u otro bando. La tercera habría sido hacer una película imposiblemente aburrida: los debates filosóficos dan para grandes clases universitarias, pero para una película se necesita acción, trama y personajes. De alguna manera, «Última sesión» consigue evitar las tres cosas. Es una película que no te dice qué pensar sobre Dios, sino cómo pensar sobre él. En otras palabras, muestra qué elementos deben ponerse en la ecuación necesaria para resolver el «problema de Dios».
La discusión de los personajes sobre Dios (y sobre muchos otros temas) no es un mero intercambio de opiniones eruditas, sino que incluye flashbacks y referencias a sus propias vidas. Freud, por ejemplo, aborda el problema del sufrimiento (un tema al que Lewis dedicó libros enteros) recordando la muerte prematura de su hija y su nieto. El tema de la paternidad y la relación padre-hijo se discute con referencia a los padres de los dos personajes, y a la propia relación de Freud con su hija, Anna. El resultado demuestra una verdad importante: que la cuestión de Dios está inextricablemente ligada a cómo interpretamos los hechos, los acontecimientos de nuestras vidas. Como sugiere Lewis al final de la película, Dios está en todas partes, el mundo está abarrotado de él, y sin embargo está de incógnito. Podemos reconocer su presencia o ser completamente ciegos a ella, dependiendo de nuestra disposición. En esta «Última sesión», ambos personajes desempeñan el papel del analista, y ambos se reclinan en el famoso diván de Freud como pacientes. Ambos se enfrentan a las discrepancias entre lo que predican y cómo viven, y la película no rehúye los aspectos más controvertidos de sus vidas.
Película dramática que sigue la vida de Sylvia (Jessica Chastain), una trabajadora social que lleva una vida sencilla y estructurada. Ella se dedica a su hija, a su empleo, a sus reuniones de Alcohólicos Anónimos. Su vida dará un vuelco cuando, tras una reunión de antiguos alumnos del instituto, Saul (Peter Sarsgaard) la siga a casa. Este inesperado reencuentro tendrá profundos efectos en la vida de ambos y abrirá la puerta a su pasado. En Memory, los dos protagonistas están profundamente rotos. Sylvia, una trabajadora social y madre soltera, ha superado su adicción y es una superviviente de los abusos sexuales que sufrió de niña. Por otro lado, Saul, es un hombre que sufre de demencia y vive en un constante olvido.
El primer encuentro entre ambos ocurre en una fiesta, y aunque podría haber sido una simple anécdota, algo inusual sucede: Saul sigue a Sylvia hasta su casa, creando así un inesperado vínculo que transforma totalmente sus vidas. Michel Franco, director de Memory, construye este drama en torno a los protagonistas, interpretados por Jessica Chastain y Peter Sarsgaard. Ambos actores se sumergen en sus papeles, cuidando cada detalle, expresión y movimiento. No hay nada al azar.
Chastain y Sarsgaard, este último galardonado con la Copa Volpi a la Mejor Interpretación en el Festival de Venecia, representan polos opuestos. Mientras Sylvia lucha por olvidar un trauma que marcó su vida, Saul lo hace por recordar lo más reciente. Juntos se complementan en su dualidad. Memory es una película que, a pesar de su tono melancólico, también ofrece un atisbo de esperanza. Pero lo que realmente la hace memorable son las actuaciones de Chastain y Sarsgaard. Ambos están deslumbrantes.
Albert y Bruno son compradores compulsivos, profundamente endeudados y en números rojos. Conocen a un grupo de jóvenes activistas medioambientales y, más atraídos por la cerveza y las patatas fritas gratis que por sus ideales, se integran gradualmente en el movimiento sin convicción, buscando aprovecharse de la situación. Los directores galos, Eric Toledano y Olivier Nakache, artífices de ese taquillazo europeo que fue Intocable, que narraba la divertida relación que se establece entre un parapléjico y su extrovertido cuidador, vuelven a la carga con el cine que les interesa, el social, en este caso dentro del género de la comedia. Para ello han contado con un plantel de actores de campanillas como son Pio Marmaï, Jonathan Cohen, Noémie Merlant y Mathieu Amalric
Comedia más de sonrisa que de carcajada, la película aún siendo francesa sigue la senda de la comedia costumbrista italiana de los años 70, de Luigi Comencini o de Ettore Scola, que utilizaba el humor para reírse de las penurias cotidianas. El film mezcla dos tramas que se articulan juntas. Por un lado la de los dos buscavidas que intentan sobrevivir a su situación lidiando con todo tipo de argucias, unos caraduras por los que se llega a sentir empatía a pesar de lo sinvergüenzas que son. Por el contrario, la de sus amigos activistas, que realizan todo tipo movilizaciones duras, quedan en una zona gris porque, como ocurre en la realidad, con sus reivindicaciones llegan a molestar al resto de los ciudadanos, eso sí, de cara a los realizadores las secuencias de estas acciones son muy vistosas, llegando en algunas escenas a la caricatura.
Dentro de ese escenario de crítica al capitalismo resulta interesante esa práctica que el Banco de Francia emplea para cancelar o no la deuda de morosos que no pueden afrontar los créditos en los que se han visto inmersos, bien por desconocimiento o malas prácticas. Ahí el personaje que interpreta Mathieu Almaric queda desdibujado a pesar del recorrido que quieren darle por su afición al juego.
Mathieu le debe todo a su amigo Vincent: su casa, su trabajo, y hasta el haberle salvado la vida hace diez años. Juntos, con sus parejas, forman un equipo inseparable y viven una vida sin preocupaciones en la costa azul. Pero, la lealtad de Mathieu se pone a prueba cuando descubre que Vincent le es infiel a su mujer. Cuando la amante de Vincent aparece asesinada, la sospecha se instala en el corazón de las dos parejas, acompañada de un cortejo de cobardías, mentiras y culpabilidad.
Al habitualmente actor Yvan Attal, se le dio mucho mejor su anterior incursión en la fusión de drama en intriga en El acusado, estrenada en 2021, y mucho más sólida e interesante que Jugando con fuego, quizá porque se decantaba hacia el abordaje de cuestiones sociales en lugar de apegarse a un ejercicio de género más clásico como el de la película que aquí nos ocupa, intentando buscar una originalidad que no encuentra a lo largo de todo su metraje.
Dicho sea de paso, Attal parece estar más cómodo como director en el terreno de la fusión de comedia y drama, como demuestran Mi mujer es una actriz (2001), Una razón brillante (2017) o Mi perro tonto (2019), más centradas. Pero tropieza en este enredo dubitativo, que inicia en clave de flashback e intriga y se desarrolla luego con dudas y lentamente en su primera parte, derivando por un drama sin agarre basado en el asalto con el que comienza el viaje de los personajes, menos intenso y presentado visualmente de forma torpe y plana que contradice otros trabajos de su director más vigorosos.
Jugando con fuego recuerda productos muchos mejores creados en el cine español de la misma índole, como por ejemplo La cara oculta (Andrés Baiz, 2011), El cuerpo (Oriol Paulo, 2012), Secuestro (Mar Targarona, 2016), Contratiempo (Oriol Paulo, 2016).