Tras una tragedia familiar, los hermanos Ella y Charlie parten junto a su padre en un viaje que los lleva a descubrir paisajes desconocidos y nuevas experiencias. A medida que avanzan, enfrentan desafíos que ponen a prueba su vínculo familiar y su capacidad de adaptación.

Ella empieza a percibir que la realidad no siempre coincide con las apariencias y que detrás de cada encuentro y cada lugar se esconden secretos y lecciones inesperadas. La aventura se convierte así en un camino de crecimiento, comprensión y descubrimiento personal para toda la familia.
Sorprende la fuerza de este duro film en que apenas pasa nada, pero pasa todo. Webley, director de cortos y reportajes publicitarios, exhibe una gran sensibilidad al sugerir los sentimientos de los tres personajes principales, el padre con su cruz a cuestas, la niña, más madura, que intuye algo, y el niño despreocupado, para el que ese viaje es nada más ni nada menos que una aventura.
La película tiene trazos impresionistas, se compone el viaje de pequeñas experiencias gozosas pasadas juntos en familia, donde los tristes ojos de Martin lo dicen todo, está tratando de arrebatar al tiempo ratos de dicha que pronto serán, quizá, sólo un recuerdo.
El cineasta atrapa sensaciones inefables con el modo en que une los planos o según transcurren las conversaciones, unos fuegos artificiales en el cielo o la devolución de un artículo en el supermercado, los tickets de beneficencia se están agotando, dicen mucho, aunque no lo parezca. No se puede hablar mejor del desgarro interior con tanta sobriedad.
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