
Divorciado, con un hijo, el director de orquesta Denis Dumar gana el Premio de las Victoires de la Musique. Al recoger el galardón da las gracias a su progenitor, François Dumar, con el que comparte la misma profesión, pero que no ha acudido a la ceremonia de entrega. Este último recibe una llamada telefónica durante un ensayo en la que le comunican que le han escogido como director artístico de la Scala de Milán, un puesto con el que siempre había soñado. Por desgracia, ha habido un malentendido…
Quizás el malentendido que da pie a la trama no resulta del todo creíble, pero da igual, pues se desarrolla bastante bien la relación paternofilial, con la eterna búsqueda de aceptación del vástago, que pese a haber logrado un inmenso prestigio, siente que su padre todavía no está orgulloso de él. Además, abundan las secuencias de logrado dramatismo, como la conversación entre los dos protagonistas, otra de Denis con su propio hijo, que no va a seguir los pasos profesionales de su padre y su abuelo, y sobre todo una optimista actuación sobre los escenarios en el tramo final.
Bruno Chiche, director y guionista de 57 años, ofrece una película pulcra y blanca, elemental en la trama y en la definición de personajes que no tienen excesiva fuerza ni en la parcela cómica ni en el melodrama.
Es toda una delicia asistir al recital interpretativo de Yvan Attal y Pierre Arditi, los dos protagonistas. Ya que en este film resulta igual de interesante el conflicto personal entre padre e hijo como la parte musical de la película. En el primer caso porque describe con bastante acierto la sombra alargada y la responsabilidad que se cierne sobre muchos hijos cuando quieren ser como sus padres, fantásticos artistas.
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