LA LARGA MARCHA (Dir. Francis Lawrence)

Esta versión cinematográfica -adaptada por el guionista J.T. Mollner, amplía el enfoque hacia la amistad que surge entre Ray Garraty (Cooper Hoffman) y Peter McVries (David Jonsson), que se convierte en el corazón humano de la historia, en el espejo ético que la violencia dictatorial intenta destruir.

La obra original de STEPHEN KING que publicó bajo el seudónimo de Richard Bachman- ya tenía brochazos de esa tensión existencial, pero esta versión eleva el material al llevarlo a la pantalla sin edulcorantes y con total crudeza y dramatismo.

La trama cambia en algunos detalles, ajusta personajes y ritmo, pero mantiene lo esencial: la competición absurda y el sacrificio como ritual.

Lo crudo de las imágenes no se queda en la idea de que los personajes mueran si paran de caminar, sino en el desgaste físico y psicológico: piernas que flaquean, miradas que se pierden, cuerpos que resisten cuando ya no deberían poder.

Los planos muestran la ruta interminable, la carretera vacía, el cuerpo humano convertido en máquina de caminar.

El diseño visual -algún plumón seco, el calor que parece absorberse en el asfalto, la soledad de los protagonistas- amplifica el drama. 

La película no rehúye la violencia gráfica: cuando llega, duele porque hemos caminado junto a los personajes y respirado su cansancio.

En cuanto a su fidelidad al libro, hay diferencias apreciables: el número de participantes se reduce, algunos personajes se condensan, se omiten ramificaciones, y el final sigue otro camino para adaptarse al lenguaje cinematográfico. Pero la esencia está ahí: el sistema opresivo, la caminata interminable, el sacrificio y el deseo de algo que va más allá de unos pies doloridos. 

Cuando el final llega, la película deja una huella profunda. No se trata de quién gana, sino de quién consigue seguir siendo humano en medio de un sistema que despoja de toda compasión.

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Nota: Las fotografías publicadas en este artículo son propiedad de sus autores.

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