Jugada maestra (How to Make a Killing) está escrita y dirigida por John Patton Ford. En el reparto encontramos a Glen Powell, Margaret Qualley, Ed Harris, Jessica Henwick, Topher Grace y Bill Camp, entre otros.


Jugada maestra recupera una narración clásica sobre personajes dispuestos a todo con tal de alcanzar la vida que creen merecer. La obra es una reinterpretación de la película Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets)(Robert Hamer, 1949), la célebre comedia negra británica basada en la novela Israel Rank: «The Autobiography of a Criminal». Y aunque esta nueva versión cambia bastante el tono y la estética, conserva intacta la idea central, el deseo obsesivo de ascender socialmente cueste lo que cueste.
La historia sigue a Becket Redfellow (Glenn Powell), un hombre que se siente apartado del mundo al que cree pertenecer. Más que el dinero en sí, lo que persigue es una forma de vida, una identidad, la sensación de entrar finalmente en ese universo elegante y privilegiado que siempre ha contemplado desde fuera. La película habla menos de riqueza que de aspiración social, de personas convencidas que la felicidad está escondida detrás de una determinada clase de existencia.
El tono del filme es de comedia negra, aunque a veces parece escapársele de las manos. La trama quiere mantener un equilibrio entre sátira, thriller criminal y humor sofisticado, y no siempre consigue que todas esas piezas encajen del todo. Hay escenas donde el cinismo funciona muy bien y otras donde el artificio cómico resulta algo forzado, es en ese territorio incómodo donde el tono amenaza constantemente con romperse.
Jugada maestra arranca con el protagonista ya en prisión, y desde ahí reconstruye poco a poco cómo ha terminado en esa situación. Ese juego narrativo permite introducir sorpresas y giros sin perder ritmo, y mantiene cierta intriga incluso cuando el espectador entiende rápidamente hacia dónde se dirige la historia.
En el apartado interpretativo, destaca Margaret Qualley que tiene esa elegancia fría y magnética que convierte cada aparición suya en algo hipnótico. La actriz domina esa mezcla entre sofisticación, sensualidad y cierta distancia irónica que define al personaje, con su mirada y presencia escénica.
La película no alcanza la precisión satírica ni la brillantez cruel de la obra original británica, y en ocasiones parece más interesada en el estilo que en profundizar realmente en su crítica social.
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