

Tras la trágica muerte de su esposo, Alice viaja a una casa aislada para reunirse con su familia política en una comida en su memoria. Lo que debía ser un encuentro de duelo se transforma en una pesadilla claustrofóbica cuando tensiones no resueltas desatan una fuerza demoníaca que posee a los presentes, convirtiendo la vivienda en una trampa sin salida.
La situación parece la típica dinámica que el cine de posesiones ha repetido durante décadas. Un grupo de personas atrapadas en una localización aislada defendiéndose de una infección sobrenatural. Sin embargo, Vaniček utiliza precisamente esa estructura de reencuentro fallido para darle la vuelta poco a poco.
Todo cambia cuando nos damos cuenta de que el verdadero peligro no son solo las entidades que gritan desde las sombras, sino los propios lazos de sangre corrompidos.
La película utiliza el elemento sobrenatural y la mitología de la saga para acercarse a algo bastante más incómodo. Poco a poco queda claro que el centro de la historia no es la magia negra ni la aparición de reliquias antiguas. Es el miedo al dolor familiar y a la toxicidad heredada. Cuando las puertas de la casa se cierran y la locura se contagia entre los comensales, la vivienda deja de sentirse como un espacio de recogimiento para convertirse en una ratonera emocional.
Al final, la película funciona como una mirada bastante clara a nuestra propia fragilidad ante la pérdida. Sugiere de forma muy inteligente que los peores monstruos a menudo se alimentan de los secretos que intentamos esconder a quienes se supone que más nos quieren.
A medida que la posesión avanza y las mutaciones se extienden, las decisiones desesperadas que toman para intentar sobrevivir los unos a los otros terminan convirtiéndose en uno de los motores principales y más dramáticos de la cinta.
Aunque estemos ante una maldición demoníaca, el verdadero terror aparece en algo mucho más cercano. La idea de que la familia que debería protegerte tras una tragedia pueda convertirse en tu peor pesadilla. Ahí es donde la película encuentra gran parte de su fuerza. Porque detrás del festival de sangre y de los elementos clásicos de la franquicia, Sébastien Vaniček construye algo que funciona sorprendentemente bien.
Una película APTA para los amantes del género.
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