NURIA ESPERT (Entrevista), por Yolanda Aguas

La primera representación teatral que vi en directo fue la obra “Juana del amor hermoso” protagonizada por Lola Herrera.  Una vez le dije a ella “creo que usted es la responsable de que me guste tanto el teatro”.  Pero si Lola Herrera fue el “origen”, la verdad es que Nuria Espert me “atrapó” para siempre y asentó mi amor al teatro. 

La segunda vez que fui al Teatro Principal fue para ver a Nuria Espert en “La Tempestad”.

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Durante muchos años, en la década de los 80’s, la Sra. Espert venía a Zaragoza con sus montajes teatrales (siempre al Teatro Principal): “Las criadas”, “Maquillaje”…  y una vez actuó – en una inolvidable noche de verano – en el Anfiteatro del Rincón de Goya (ubicado en el actual Parque Grande José Antonio Labordeta) con “Salomé” (texto de Óscar Wilde con versión libre de su entrañable amigo Terenci Moix).

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Regresó con “El cerco de Leningrado”, junto a Maria Jesús Valdés (yo vi la obra en el María Guerrero de Madrid) pero no a Zaragoza capital, sino al Teatro Municipal Miguel Fleta del Centro Social de Utebo.

Luego pasaron muchos años sin visitar nuestra ciudad, años en los que realicé numerosos viajes a Madrid y Barcelona para ver sus trabajos.  Regresó con “La Loba”, de nuevo al Principal, y por último estuvo en el Teatro de las Esquinas con “La violación de Lucrecia”.

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Entrevistar a Nuria Espert era un deseo personal que, por diferentes razones, nunca había logrado.  Hoy, por fin, logré ese anhelado encuentro con ella. 

Cuando tuve delante a esta actriz mítica, contemplé a una mujer cercana, cariñosa,  acogedora…  Al concluir nuestra conversación, me quedó algo parecido a esa agradable sensación que sentimos cuando ha dejado de llover: el olor de la tierra mojada.

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Hace un tiempo, usted escribió el prólogo para el libro de memorias de Esteve Polls, “Cinco minutos antes que caiga el telón”:

“Todo lo que explica Esteve sobre nuestros primeros encuentros es rigurosamente cierto.  No explica, es lógico, que yo estaba totalmente deslumbrada por su talento y convencida que su ayuda y confianza en mí, me convertirían en una auténtica actriz.  Trabajé con él, una sola temporada (1953-1954) en el Orfeó Gracienc.  Inolvidable.  Fue una inmersión total, un curso acelerado, pasar de la nada a ser alguien”.

Cuando usted recibió el Premio Princesa de Asturias y emocionó a toda España con su discurso, imagino que tenía en su pensamiento al Sr. Polls y a otras personas que han sido determinantes en su vida profesional y personal.

Si le pido que nombre a tres, ¿quiénes serían?

Tienen que ser cuatro.  Esteve es uno, mi marido es otro, mi madre es otra y Víctor García es otro.  De verdad.

No en ese momento cuando yo estaba hablando en la ceremonia de los premios Princesa de Asturias, pero cuando me estaba preparando para hablar, las presencias que sentía a mi alrededor eran éstas.

Luego hay muchas más personas que me han influenciado, que me han dirigido o que me han ofrecido una oportunidad.  Muchísimas… pero el agradecimiento profundo, ése que dura toda la vida hasta que mueres, son estas cuatro personas.

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Decía Diderot en su “Paradoja del comediante”: “… los gestos, los tempos, el manejo de la voz y los sonidos, el furor…Todo forma parte de una imitación con la realidad configurada a partir de la memoria.  Al acabar la representación, el actor no padece dolor alguno ni melancolía, no está turbado, simplemente se despoja momentáneamente de todos esos recuerdos, hasta que llega un nuevo ensayo”.  Esa es, según Diderot, la paradoja del comediante: un actor no debe sentir nada, son los espectadores los que deben sentir. 

¿Está de acuerdo con esta filosofía?

No lo sé…  Es demasiada cuadriculada esta afirmación de Diderot.  Hay mucho de verdad en eso que dice, pero “el actor no debe sentir nada, es el espectador el que debe sentir”…  (guarda silencio unos largos segundos)

Parece difícil hacer sentir si no sientes…  Lo que es verdad es que tus sentimientos… (silencio de nuevo)

Es complicada esta pregunta.  La quiero contestar bien.  Vuelve a leerme el texto…

… los gestos, los tempos, el manejo de la voz y los sonidos, el furor…Todo forma parte de una imitación con la realidad configurada a partir de la memoria…”

Sí, de acuerdo.

Al acabar la representación, el actor no padece dolor alguno ni melancolía, no está turbado, simplemente se despoja momentáneamente de todos esos recuerdos, hasta que llega un nuevo ensayo…”

Sí, de acuerdo.

Esa es, según Diderot, la paradoja del comediante: un actor no debe sentir nada, son los espectadores los que deben sentir. 

¡No¡  Eso no puede ser así, es demasiado cuadriculado.  Puede ser de muchas maneras, no hay una sola manera.  Él habla como si hubiera encontrado (sonríe) la piedra Rosetta y no…

Hay grandes actores que llegan de maneras diferentes a eso.  No creo que la frialdad y la lejanía y todo lo demás inventado en la mente sea el único camino.  Es un camino, pero hay más caminos.  No se puede cerrar así.  No, eso es una teoría nada más.

Nuria, gracias por esta respuesta…

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Pienso ahora, al hilo de sus palabras, en un momento muy especial en su vida.  Su marido, Armando Moreno, había fallecido y yo viajé a Madrid para verla en el María Guerrero en “El cerco de Leningrado”.  Fui una semana después de la muerte del Sr. Moreno. 

Me pregunté cómo era posible que usted estuviera trabajando tan pronto, con la devastación interior que debía sentir por esa pérdida tan importante en su vida…

Fui a trabajar al día siguiente de morir Armando.  En ese período tremendo de mi vida, en esa pérdida tremenda…  yo quería estar en el escenario.  En el escenario era el único sitio donde yo podía respirar, en mi casa me ahogaba.  Sin poderlo evitar, me metía yo sola en un pozo y me encontraba mejor en el pozo que en la superficie.  Pero, en cambio, a las seis de la tarde me iba al teatro y empezaba a sentirme mejor, mejor…

Se levantaba el telón y hacía la función y notaba que el aire me llegaba hasta el fondo.  Todo el día y toda la noche me costaba respirar, y sólo allí los pulmones se llenaban de aire.

Mi hija Alicia se ocupaba entonces de ese espectáculo, “El cerco de Leningrado”, y me dijo “¿Quieres que cancele?  Mamá ¿cancelo?”.  Yo le dije “de ninguna manera. Ponme una función por la mañana, otra por la tarde y una por la noche”, porque era el único sitio donde podía soportar la pérdida.  Allí encima no pensaba en Armando, no pensaba en nada.  Realmente no estaba interpretando, ni estaba haciendo nada, estaba tratando de “salvar el pellejo”. (sonríe levemente)

El 14-01-2015, en el ensayo general previo al estreno oficial (15-01-2015) en la Sala Fabià Puigserver del Lliure de Montjuic, tuve la suerte de entrar la primera. No fue por nada excepcional, simplemente los invitados estábamos en una lista por orden alfabético y eso me permitió entrar la primera y estar durante toda la obra a menos de dos metros de usted.  Casi podía tocar al Rei Lear

¡Uy¡ Qué bien… (reímos)

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Cuando leo este libro (“Arte y reto en la escena: La obra de Nuria Espert” de Ana Mª Arias de Cossio, ISBN 9788494371363), recuerdo toda su carrera que ha sabido llevar tan bien. Eso es muy difícil…

¿Qué criterios ha seguido? ¿Qué debe tener un personaje para que le atraiga y quiera interpretarlo?

¡Que me de miedo¡  (ríe). Ése es un factor infalible ¿no?  Si me da miedo hay el 90% de probabilidades de que lo haga.  Si digo “¡qué buen personaje y tal…” y me deja como “eso ya lo he hecho o esto se parece a aquello que hice o no sé qué…” hay muchas posibilidades de que nunca lo interprete.

(Nuria pone su mano derecha encima del libro dedicado a su obra y lo mira en silencio unos segundos…)

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Este libro me causó una impresión extraña.  Daba la impresión de que todo había sido muy meditado, como que en mi carrera había un hilo muy claro y que yo soy una persona que ha seguido firme… así su camino.  Y yo no soy así.

Muchas de las cosas han llegado desde fuera, muchas de las cosas me han sido regaladas.  El “Rei Lear” fue una idea de Pasqual, no mía.  Nunca había pensado en eso…

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” no quería hacerla de ninguna manera, pero al hacerla Adolfo y estar tan enfermo la acepté.

Muchas cosas que no…  Y aquí, en este libro, parezco más entera y más sabia de lo que soy.

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El trabajo que está interpretando actualmente es “Incendios” del dramaturgo canadiense de orígen libanés Wajdi MouawadUn texto universal…

Sí, parte del éxito está en que cuando se entra al teatro a ver Incendios, interpretamos un texto contemporáneo y excepcional. Hay mucha entrega y emoción por parte de los actores hacia los espectadores en el escenario y se vive un gran espectáculo.  Wajdi Mouaward es un incendiario y con la tragedia que escribe busca inflamación.  De ahí que cuando entren los espectadores, saldrán de otra manera.

Es un espectáculo maravilloso y un texto único. Enlaza con todo el gran teatro del mundo pero con un sello personal del autor, que se ha convertido en el gran autor de principios del siglo XXI. Es una obra coral y en la que todo el mundo encuentra su momento y su oportunidad, una oportunidad que no todos los textos dan de mirar hacia adentro, de buscarte y, la mayor parte de las veces, de encontrarte.

Los espectadores que me han saludado al finalizar la obra me han dado las gracias por hacerles sentir lo que habían sentido y se llevan la emoción como si se hubieran llevado del teatro un regalo.

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Cuando en 1999 usted le entregó el Premio Donostia a Vanessa Redgrave, en aquella inolvidable noche para todos, en su precioso discurso afirmó que “Vanessa Redgrave es la mejor actriz de Europa”.  ¿Sigue pensando lo mismo? ¿Han vuelto a verse alguna vez?

No, no he vuelto a verla.

Yo soy una grandísima, una loca admiradora de Vanessa.  Pero está Irene Papas, Jeanne Moreau, Glenda Jackson… pero son poquísimas ¿eh? (sonríe ampliamente)  Son siete u ocho… no más.

Y Vanessa había estado viendo “La casa de Bernarda Alba” en Londres, el montaje que hice con Glenda.  Me había halagado muchísimo.  Vanessa estaba maravillosa y contenta de que yo le entregara el Premio Donostia.

Fue una noche feliz para las dos.

Fue una noche feliz para ustedes y para todos los que vivimos en directo aquel momento…

Nuria, muchas gracias por este tiempo que me ha concedido…

Gracias a ti querida…

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NOTAS:

Las fotografías de la Sra. Espert durante su presencia en el Teatro Principal de Zaragoza, son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

Las fotografías de la Sra. Espert entregando el Premio Donostia a Vanessa Redgrave, son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

Las fotografías de la Sra. Espert saludando al finalizar la representación de “Rei Lear”, son propiedad y autoría de Yolanda Aguas para CINET FARÖ.

El resto de fotografías insertadas en este artículo son propiedad de sus autores.

 

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